A nuestro alrededor, los individuos egoístas e indiferentes aumentan cada día un poco más. Hubo un tiempo en que existían personas que discutían durante horas sobre los problemas sociales, que reflexionaban sobre cómo resolver las dificultades del pueblo y que, con ese propósito, leían miles de libros.
Ahora, vemos con el corazón encogido cómo han sido reemplazados por individuos que, cada vez más, solo piensan en su propio beneficio y permanecen indiferentes ante el sufrimiento del prójimo o de la sociedad.
Más allá de permanecer indiferentes ante las adversidades que vive la sociedad, aumenta cada día el número de personas que ignoran incluso los gritos de dolor de sus amigos más cercanos.
La consecuencia de tal insensibilidad es que, cuando uno se enfrenta a problemas y dolores similares, debido a esta atmósfera creada, no encontramos a nadie a nuestro lado que nos apoye.
Por supuesto, al ver este panorama, el vacío dentro de uno crece. El corazón se enfría. Sin embargo, nuestra vida, herida por la injusticia, el dolor, la soledad y la falta de compasión, solo puede sanar mediante la solidaridad, el amor y la ternura de las personas.
Quien sabe, sabe; nada puede reemplazar la felicidad provocada por el entusiasmo que genera en el alma del individuo luchar junto a otros por un ideal universal, como la paz, la libertad o la protección de la naturaleza.
Aunque nosotros, diciendo “que la serpiente que no me muerde viva mil años”, permanezcamos indiferentes ante las crueldades a las que están expuestos la naturaleza y los seres vivos, o ante los problemas de otras personas, estos problemas y dificultades, queramos o no, algún día nos encontrarán y convertirán nuestra vida en un infierno.
La guerra y la contaminación ambiental son los mejores ejemplos de esta situación.
Es necesario recordar que querer siempre recibir, sin compartir ni siquiera un trozo de pan seco con el amigo “desafortunado” que se sienta en la última fila, aislará y corromperá al ser humano, y que esta soledad producirá algún día tanta infelicidad que terminará por asfixiarlo.
Además, vivir dejando huella en la tierra brinda felicidad al ser humano. El florecimiento de esa flor mágica llamada alegría de vivir es posible siendo, cuando es necesario, un bálsamo para la herida del otro. Una vida así también deja huellas imborrables en la mente de la historia.
Si no mostramos solidaridad ante el dolor, la injusticia, la falta de conciencia y la iniquidad, llegará un día en que la sociedad se consumirá a sí misma y esos “sublimes” intereses individuales nuestros tampoco tendrán sentido en la vida concreta.
Las personas sin ideales ni objetivos sociales se ahogan pensando constantemente en sí mismas y la vida se convierte en una pesadilla. La única forma de superar esto es tocar la vida de otros seres vivos que lo necesitan y contribuir a la solución de los problemas de la sociedad.
Ser indiferente a los demás seres vivos y a los problemas de la naturaleza, y no contribuir a su bienestar, es desolación, es la nada.
En resumen, la felicidad de una sola persona es, a lo sumo, un escándalo.
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