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El arduo camino de la ciencia, el poder igualador de la tecnología

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La ciencia avanza con dificultad, pero una vez que emprende el camino, cambia el destino de todos.

David Hume escribió en 1742: “Es fácil explicar el auge del comercio, pero es muy difícil explicar el desarrollo de la ciencia”. Esta frase, pronunciada hace casi tres siglos, sigue vigente hoy en día. Porque el comercio es el ámbito de la ambición, la competencia y el lucro. Se alimenta de los impulsos más fuertes de la naturaleza humana. Sin embargo, la ciencia es, en palabras de Hume, una pasión frágil que puede influir en muy pocas personas. La ciencia requiere curiosidad, paciencia e incluso, a menudo, soledad. Y como recordaba Hume, “la curiosidad, es decir, el amor por el conocimiento, tiene un efecto muy limitado; para que pueda guiar a alguien, requiere juventud, tiempo libre, educación, talento y ejemplo”.

Hacer ciencia es difícil porque vive en la incertidumbre. El científico no persigue el lucro, sino el significado. Su labor es un esfuerzo que no siempre encuentra recompensa inmediata, y que a veces permanece en silencio durante toda una vida. Como decía Hume, el gran efecto del azar o de causas ocultas es inherente a la esencia de la ciencia. La mayoría de los descubrimientos no se planifican, nacen. La ciencia, a menudo, no crece dentro del orden, sino al borde del caos.

Sin embargo, es curioso que los esfuerzos más frágiles de la ciencia terminen creando las transformaciones más duraderas para la humanidad. Encontramos el ejemplo más concreto de esto en las palabras de Joel Mokyr, ganador del Premio Nobel de Economía 2025. Mokyr define la tecnología, el producto "concreto" de los estudios científicos, como un "gran poder igualador". Describe cómo el teléfono móvil conecta África, el sur de Asia y los rincones más remotos del mundo sin necesidad de una infraestructura de telefonía fija: ahora la gente realiza operaciones bancarias, encuentra trabajo, recibe educación e incluso establece sus formas de organización social a través de los teléfonos móviles.

La ciencia, que alguna vez nació con la paciencia de un puñado de personas en unas pocas universidades y laboratorios de Europa, ahora funciona como una fuerza igualadora incluso en las regiones más pobres del mundo. La ciencia comienza con la curiosidad de unos pocos, pero llega a todos a través de la mano de la tecnología.

Esta situación es una de las paradojas más interesantes del mundo moderno. La ciencia es una ocupación selecta, pero los resultados de la tecnología son masivos. La ciencia pide silencio, mientras que la tecnología hace ruido. La ciencia nace de la soledad, la tecnología establece conexiones. Aun así, el vínculo entre ambas es inquebrantable. Porque detrás de cada línea telefónica, cada dispositivo digital y cada satélite, existe la curiosidad, la paciencia y la voluntad de ese pequeño grupo de personas de dedicar su tiempo libre a la ciencia. Mientras la ciencia investiga lo invisible, la tecnología transforma lo visible.

Hoy en día, el esfuerzo de la ciencia es cuestionado más que nunca. Junto a quienes desprecian la ciencia, desde los terraplanistas hasta los antivacunas y los creacionistas, crecen las preguntas éticas en todos los campos, desde la inteligencia artificial hasta la edición genética y la ciencia de datos. Pero la advertencia centenaria de Hume sigue siendo válida. En el progreso de la ciencia, el azar, el ejemplo y el tiempo juegan un papel importante. Son pocos los que sienten curiosidad, pero esos pocos cambian el rumbo de la humanidad.

Y quizás por eso el optimismo de Mokyr es valioso. Sí, la ciencia es una ocupación lenta, frágil y difícil. Pero una vez que avanza, se convierte en una fuerza capaz de sacudir incluso las desigualdades más profundas de la humanidad. Que un repartidor que entrega pedidos de comida en un restaurante y un multimillonario posean el mismo teléfono inteligente puede parecer un detalle históricamente pequeño. Pero, en realidad, es el triunfo de cientos de años de amor por el conocimiento, de esa curiosidad limitada pero resistente.

Quizás el nuevo aforismo de esta era sea: El comercio comienza con la ambición, la ciencia con la curiosidad; pero lo que siempre cambia el mundo es la curiosidad.