El paquete de regulación digital de cinco puntos anunciado recientemente por el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, puede parecer a simple vista una serie de cuestiones técnicas como prohibiciones en redes sociales y supervisión de plataformas. Sin embargo, este texto señala un momento de ruptura mucho más profundo. En mi opinión, esta declaración es el anuncio explícito de un intento de los Estados por recuperar el control sobre los datos de los ciudadanos, el espacio público y las orientaciones sociales frente a las grandes empresas tecnológicas. Además, hizo este anuncio desde la plataforma Twitter/X (ver https://h7.cl/1jfIp).
En realidad, estamos hablando de un ámbito que, en la práctica, ha estado gestionado por las plataformas durante mucho tiempo. Los debates públicos, la polarización política, los procesos de establecimiento de la agenda e incluso la construcción de la identidad de los niños están siendo moldeados ahora a través de algoritmos. A pesar de esto, las empresas que diseñan y operan estos algoritmos han podido evitar la responsabilidad legal y política definiéndose persistentemente como "intermediarios neutrales". El primer punto de Sánchez interviene precisamente en este punto: que los administradores de las plataformas sean legalmente responsables de las infracciones que ocurren en sus sitios.
Este es un umbral crítico para los estudios de comunicación. Porque las decisiones sobre clasificación algorítmica, recomendaciones y visibilidad son ahora claramente actividades editoriales. Un sistema que decide qué contenido se destaca también determina la arquitectura del espacio público. El Estado, aunque tarde, dice aquí lo siguiente: "Si haces edición, también asumirás la responsabilidad".
El segundo punto lleva este enfoque aún más lejos al tipificar como delito la manipulación algorítmica. No solo el alojamiento de contenido ilegal, sino su difusión algorítmica se define ahora como una cuestión penal. Esto rompe por completo el dogma de que la tecnología es apolítica. Los algoritmos no son solo líneas de código; son el motor principal de la economía de la atención, los ciclos de ira y la polarización. El hecho de que las plataformas utilicen estos mecanismos por intereses comerciales ha llevado a que ignoren los costes sociales.
El tercer punto prevé el establecimiento de un sistema para monitorear el odio y la polarización. Esta es, en mi opinión, la parte más "científico-social" del paquete. Está claro que lo que no se mide no se puede gestionar. Sin embargo, hay una línea delgada aquí. Si este mecanismo de monitoreo funciona solo con el reflejo de seguridad del Estado, puede convertirse fácilmente en una herramienta de vigilancia. Pero si se diseña junto con la academia, la sociedad civil y expertos independientes, puede ser una importante herramienta de compensación que haga visible el coste social del capitalismo de plataformas.
El cuarto punto es el más controvertido: la prohibición de las redes sociales para menores de 16 años y los sistemas de verificación de edad real. En este punto, el Estado asume efectivamente el papel de padre digital. Pero no podemos evitar hacer la siguiente pregunta: ¿Es realmente más libertario "no hacer nada" frente a las plataformas que moldean sistemáticamente la atención, las emociones y la autopercepción de los niños? La razón por la que las plataformas han dejado la verificación de edad como algo meramente simbólico hasta hoy era que los usuarios infantiles representan tanto datos como un potencial de consumidores leales en el futuro.
El último punto es el más fuerte desde el punto de vista simbólico. El Estado ya no habla de principios abstractos, sino directamente de nombres de empresas. El anuncio de que se iniciarán investigaciones sobre Grok, TikTok e Instagram demuestra que el periodo de "regulación tímida" ha terminado. La reacción de Elon Musk a este anuncio, "Dirty Sánchez is a tyrant and traitor (El sucio Sánchez es un tirano y un traidor al pueblo)", revela otra realidad: las grandes empresas tecnológicas ya no se posicionan solo como actores económicos, sino también como actores políticos.
Sin embargo, existe un riesgo crítico aquí. Sí, los intereses comerciales y las ambiciones de poder de las empresas tecnológicas deben ser equilibrados. Pero, al mismo tiempo, el Estado mismo debe ser supervisado. Si al frente del Estado hay actores que han abandonado la razón institucional y gobiernan el país como si fuera su espacio de poder personal, esta lucha puede derivar en algo completamente distinto. Las alianzas y conflictos que se ven de vez en cuando entre Musk y Trump nos muestran claramente cómo este desequilibrio puede personalizarse. En tales casos, el ganador no es ni el Estado ni la plataforma, pero el que pierde es siempre el ciudadano.
Por eso, en mi opinión, lo que realmente se necesita es la intervención de una tercera parte, es decir, mecanismos de compensación y equilibrio. Sin instituciones reguladoras independientes, acceso a los datos para la academia, el papel supervisor de la sociedad civil y transparencia algorítmica, esta lucha de poder no puede gestionarse de manera saludable. De lo contrario, nos espera inevitablemente el feudalismo de plataformas en un extremo y el autoritarismo digital en el otro.
Por esta razón, el anuncio de Sánchez debe leerse no como un manifiesto de censura, sino como un documento de crisis abierto sobre quién ostentará la soberanía en la era posdigital. Pero la pregunta principal sigue en el aire: ¿Participará el ciudadano como sujeto en esta nueva lucha de poder, o será reducido a una fuente de datos atrapada entre dos fuerzas? La respuesta a esta pregunta determinará los debates democráticos de los próximos años.
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