La era posdigital, como su nombre indica, define un periodo en el que las tecnologías digitales se han convertido en una realidad cotidiana. Lo digital se ha infiltrado en todos los ámbitos de nuestra vida y se ha transformado en un entorno natural. En esta era, las tecnologías digitales ya no son una novedad, sino una parte inseparable de las estructuras sociales y de las identidades individuales. Este concepto, introducido por primera vez a finales de la década de 2000 por investigadores de la cultura digital, subraya cómo lo digital ha dejado de ser solo una herramienta para integrarse en el tejido de los procesos sociales, culturales y económicos.
Lo recuerdo muy bien. En la década de 1990, un famoso comunicador y uno de nuestros profesores me dijo lo siguiente en una conversación: “Me dices que usar una computadora facilitará mucho la escritura y que podré corregir fácilmente las palabras mal escritas con el teclado, pero cuando escribía a máquina y me equivocaba, me gustaba sacar el papel, romperlo y empezar de nuevo. Eso me hace creativo”. En el punto en el que estamos hoy, ni siquiera se nos pasa por la cabeza que se pueda usar una máquina de escribir para redactar y que esto pueda aumentar nuestra creatividad. Y ahora, dictamos nuestras palabras al micrófono de nuestro teléfono inteligente y observamos cómo aparecen escritas en la pantalla.
Este es uno de los indicadores más claros y cotidianos de lo que vivimos en la era posdigital.
Por ejemplo, las redes sociales ya no son solo una plataforma de comunicación; se han convertido en un terreno donde se exhiben nuestras identidades, se redefinen las relaciones sociales e incluso se organizan movimientos políticos. Las líneas entre el mundo virtual y el físico se han desdibujado, y estas dos dimensiones han entrado en una relación que se redefine constantemente entre sí.
Sin embargo, la característica más llamativa de la era posdigital es que la tecnología se ha vuelto invisible. Los algoritmos, los sistemas de inteligencia artificial y las redes digitales que nos rodean moldean nuestra vida diaria, incluso sin que nos demos cuenta. Es precisamente en este punto donde entra en juego la inteligencia artificial, reconfigurando las relaciones entre la sociedad, la cultura y los medios. A este respecto, la famosa frase del escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke, a quien admiro mucho y de quien he leído todos sus libros, explica muy bien el punto en el que nos encontramos: “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.
El desarrollo exponencial de la tecnología y el auge de la Inteligencia Artificial
La tecnología que más se acerca a ser magia parece ser la inteligencia artificial. El siglo XXI es un periodo en el que la tecnología no solo se desarrolla, sino que avanza a una velocidad exponencial. La Ley de Moore, que expresa que los microprocesadores duplican su velocidad cada dos años, ha mostrado su efecto no solo en el campo del hardware, sino también en muchos otros como la ciencia de datos, el software, la infraestructura de Internet y la inteligencia artificial.
La inteligencia artificial es uno de los elementos más destacados y populares de este desarrollo. Hoy en día, la IA se utiliza en una amplia gama de campos, desde tecnologías de reconocimiento facial hasta sistemas de diagnóstico médico, desde la producción de contenido creativo hasta asistentes virtuales que facilitan nuestra vida cotidiana. Esto está transformando radicalmente no solo cómo funcionan los individuos, sino también las instituciones sociales.
El impacto de la IA no se limita solo a la tecnología, sino que también señala un gran cambio en el contexto social y cultural. Los algoritmos basados en inteligencia artificial moldean el contenido que vemos en las redes sociales, analizan nuestros hábitos de consumo e incluso pueden dirigir las preferencias políticas. En este contexto, el entorno mediático de la era posdigital se convierte en una realidad dirigida de forma casi invisible por la inteligencia artificial.
La Inteligencia Artificial desde la perspectiva de la sociedad y los medios
En la era posdigital, el poder de la inteligencia artificial no proviene solo de su capacidad de procesamiento de datos, sino también de su capacidad para producir significados sociales y culturales. Por ejemplo, la exhibición de obras artísticas creadas por inteligencia artificial en los últimos años o su incursión en campos creativos como la redacción de textos nos lleva a cuestionar la definición de producción cultural. La humanidad ha considerado durante mucho tiempo la creatividad como una cualidad intrínseca; sin embargo, la inteligencia artificial está remodelando estos límites.
En el contexto de los medios, la inteligencia artificial desempeña un papel cada vez más central en la producción y distribución de noticias. Por ejemplo, los algoritmos determinan ahora qué noticias se presentan como prioritarias, e incluso algunos contenidos informativos son escritos completamente por inteligencia artificial. Esto plantea nuevas preguntas sobre temas como la ética de los medios y la fiabilidad.
Al vivir en la era posdigital, debemos ser capaces de percibir los efectos invisibles de la tecnología y evaluar con ojo crítico el impacto de herramientas revolucionarias como la inteligencia artificial en la cultura, la sociedad y los medios. En esta era, la tecnología no es un complemento de la experiencia humana, sino una fuerza creativa de la misma. Sin embargo, esta transformación conlleva no solo oportunidades, sino también serias responsabilidades éticas, políticas y socioculturales.
Hoy, al debatir sobre las transformaciones sociales, culturales y mediáticas, les invito a comprender profundamente el papel de la inteligencia artificial en este proceso y a plantear nuevas preguntas sobre cómo dirigir este poder que moldea nuestro futuro.
Porque casi toda la información que la humanidad ha producido hasta hoy ya está registrada en Internet. Es decir, las respuestas están ahí fuera en algún lugar.
Y ahora, en la era posdigital, lo importante es saber hacer las preguntas correctas. Ya no se trata de producir información, sino de hacer las preguntas adecuadas para extraer el conocimiento útil de este enorme cúmulo que llamamos Big Data.
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