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Mientras pensamos que somos libres

No dejes que el algoritmo elija tus noticias, decide tú qué leer. ¡Añade 12punto a tus fuentes preferidas!

Existe una frase atribuida a Michel Foucault: “La forma más eficaz de manipulación es hacer que la gente piense que está decidiendo libremente”. Puede ser discutible en qué texto de Foucault aparece esta cita, pero el pensamiento en sí es profundamente foucaultiano. Porque Foucault nos ha demostrado que el poder no es solo una fuerza que prohíbe, castiga o coacciona. A menudo, el poder no nos dice lo que no podemos hacer; nos enseña y nos dicta qué debemos querer, qué debemos desear y qué debemos considerar normal. Aquí tampoco debemos caer en el error de pensar que la estructura que llamamos poder es solo una comunidad u organización política que ha llegado al poder mediante elecciones.

En el mundo actual, la cuestión de la libertad se vuelve compleja precisamente aquí. El ser humano se cree libre. Cree que elige, piensa, decide, le gusta, se enfada o ama por sí mismo. Sin embargo, la mayoría de las veces, detrás de estas decisiones existe un mecanismo de dirección invisible. En el pasado, el poder operaba con la espada, las cadenas, la prisión, el exilio y la represión abierta. Hoy, en cambio, opera a menudo a través de pantallas, notificaciones, algoritmos, listas de tendencias, cultura de la cancelación y acoso en redes sociales.

Por eso, la pregunta fundamental de nuestra era ya no es solo “¿somos libres?”. Nos enfrentamos a una pregunta más difícil: ¿Podría ser que el hecho de pensar que somos libres también nos haya sido enseñado?

Al ser humano le gusta verse a sí mismo como un ser inteligente, incluso como el ser más perfecto creado por Dios. Piensa que al tomar decisiones actúa con sentido común, que mide y sopesa, y que se inclina por la opción más correcta. Pero lo que aprendemos, desde la vida cotidiana hasta la física y la astronomía, nos muestra que esto no es exactamente así.

La sabiduría de Sócrates comienza precisamente aquí. La frase “Solo sé que no sé nada” no es una simple declaración de humildad. Esta frase es el reconocimiento de los límites del propio conocimiento humano. Quizás esta sea la mayor virtud intelectual en el mundo actual: ser capaz de aceptar que no todo lo que vemos es la verdad, que no todo lo que oímos es información y, lo más importante, que no todas nuestras opiniones pueden ser realmente nuestras.

El ser humano es también un ser emocional. Toma decisiones con sus miedos, deseos, sueños, ideales, iras y su necesidad de pertenencia. Y luego, a menudo, produce justificaciones racionales para esas decisiones.

La alegoría de la caverna de Platón sigue siendo sorprendentemente actual aquí. Las personas en la caverna creen que las sombras proyectadas en la pared son reales porque no han visto otra realidad. En la caverna digital de hoy, la situación no es muy diferente. Las imágenes, noticias, comentarios, iras, eslóganes, videos y frases cortas que fluyen por nuestras pantallas se nos presentan como si fueran la realidad misma. Sin embargo, la mayoría de las veces, lo que vemos no es la totalidad de la realidad, sino fragmentos que los algoritmos han colocado frente a nosotros.

Al mirar la cara de una moneda, no podemos ver el reverso. Al hablar con una persona, no podemos saber exactamente qué pasa por su mente. Al decidir sobre un evento, a menudo no tenemos toda la información. A pesar de ello, emitimos juicios. Nos gusta, excluimos, apoyamos, culpamos, aplaudimos o linchamos.

Aristóteles define al ser humano como “zoon politikon”, es decir, un ser político/social. El ser humano no es un ser que piensa solo por sí mismo; piensa con los valores, el lenguaje, las creencias, los miedos y las expectativas de la comunidad en la que vive. Por esta razón, lo que llamamos decisión libre nunca surge en el vacío. La familia, la escuela, los medios, la política, la religión, el mercado, el entorno social y, hoy en día, los algoritmos construyen un marco invisible alrededor de nuestras decisiones.

Cada época produce sus propios mitos. Las sociedades antiguas tenían sus dioses, héroes y epopeyas. Las sociedades modernas tuvieron los mitos del progreso, la nación, la ciencia, el desarrollo y el mercado. La era digital, por su parte, tiene mitos invisibles pero poderosos: “Sé tú mismo”, “elige libremente”, “mira lo que quieras”, “comparte lo que quieras”, “el algoritmo sabe lo que es mejor para ti”. Así, mientras el ser humano piensa que se está liberando, en realidad se inserta en un sistema de dirección más sutil.

La frase de Heráclito “No puedes bañarte dos veces en el mismo río” añade otra dimensión al debate sobre la libertad. Porque no solo el mundo cambia; nosotros también cambiamos. Ayer, libertad significaba no ser esclavo. Luego significó ser un ciudadano libre, poder viajar, poseer propiedades, poder hablar, poder votar. Más tarde, la libertad de pensamiento pasó a primer plano. Hoy, sin embargo, incluso la libertad de pensamiento parece insuficiente. Porque el problema no es solo poder decir lo que pensamos; es ser capaces de percibir qué mecanismos moldean lo que pensamos y cómo lo pensamos.

La expresión “libertad de pensamiento” siempre me ha parecido un poco extraña. ¿Cómo puede considerarse libre una persona solo porque una idea le viene a la mente? O mejor dicho, ¿se puede impedir siquiera que una idea nos venga a la mente? A primera vista, no. Pero en nuestra era, el problema no es la prohibición burda. El problema es que algunas ideas son empujadas fuera de nuestra agenda de tal manera que nunca se nos ocurren. Es que algunas preguntas se vuelven imposibles de formular, algunas posibilidades se vuelven invisibles y algunas objeciones son etiquetadas como “irrazonables”.

Antiguamente, la represión decía a la gente lo que no podía hacer, mientras que hoy, a menudo, susurra lo que deben desear. Antes, el poder decía “cállate”. Hoy, cuando ocurre un evento, todas las partes dicen “habla, comparte, reacciona, toma partido, decide de inmediato”. Por eso las redes sociales son populares. Porque ofrecen a la gente un orden mediático diseñado no para pensar, sino para reaccionar, fomentando la reacción sin reflexión. Sin embargo, a medida que aumenta la velocidad, el juicio se debilita. A medida que aumenta la emoción, la información retrocede. A medida que la multitud crece, la responsabilidad individual disminuye.

Por eso, uno de los problemas más importantes de la actualidad es la gestión algorítmica de la percepción. Los algoritmos no solo deciden qué mostrarnos; también determinan qué es importante, qué es popular, qué merece indignación y qué puede olvidarse. Esta determinación no siempre funciona como una forma de censura abierta. Se trata de una regulación más sutil: algunos contenidos se vuelven visibles, otros desaparecen. Algunas voces se multiplican, otras se ahogan. Algunas verdades se convierten en agenda, otras se entierran en el silencio.

En un entorno así, tomar una decisión libre se vuelve cada vez más difícil. Porque la condición fundamental de la decisión libre no es solo la existencia de opciones. También es necesario saber en qué se basan esas opciones, qué información se oculta, qué emociones se activan y qué miedos se magnifican. En mi opinión, la condición más importante para tomar una decisión libre es poseer, en la medida de lo posible, la información necesaria para tomar esa decisión.

Por supuesto, la “información completa” es probablemente imposible. Como las ideas de Platón, es un horizonte intelectual difícil de alcanzar. Ninguno de nosotros puede conocer completamente todas las dimensiones de un evento, todas las intenciones de una persona o todos los resultados de una decisión. Pero esta imposibilidad no hace que el esfuerzo sea inútil. Al contrario, el valor de ser humano reside un poco en esto. Saber que no se sabe, aceptar que se ve de forma incompleta, sentir curiosidad por el reverso de la moneda cuya cara vemos…

El cuestionamiento de Sócrates, la búsqueda de la verdad de Platón, el énfasis de Aristóteles en la moderación y la razón, y la idea de cambio de Heráclito hacen necesario volver a leer y reflexionar sobre ellos hoy en la era digital. Porque ya no es solo una cuestión de libertad abstracta discutida en libros de filosofía. Es un problema concreto que reaparece cada día en la pantalla de nuestro teléfono móvil, en el flujo de noticias, en los debates en redes sociales, en las preferencias electorales, en los hábitos de consumo, en las iras sociales y en nuestros sueños personales.

No olvidemos que el ser humano no solo se convierte en esclavo bajo opresión. A veces se esclaviza pensando que sus propios deseos le pertenecen. A veces confunde el sueño de otro con su propio ideal. A menudo piensa que es libre porque elige entre las opciones que se le presentan. Sin embargo, la verdadera libertad no es solo elegir entre opciones, sino también ser capaz de cuestionar cómo y por quién fueron creadas esas opciones.

Lo que nos corresponde es no creer todo lo que vemos y preguntarnos si todo lo que pensamos nos pertenece realmente. Porque la libertad no es solo la ausencia de cadenas. La libertad es el coraje de poder percibir con qué cadenas invisibles está rodeada nuestra mente. Incluso si el ser humano sabe que nunca podrá alcanzar la información completa, se libera en la medida en que camina hacia ella. La curiosidad que sentimos por lo desconocido no es solo una sed intelectual; es también el comienzo de la libertad. Porque solo mientras el ser humano siente curiosidad, mantiene la posibilidad de ir más allá de las sombras que se le muestran.