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Traición y decadencia

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La virtud más importante de la sociedad turca es su característica de vivir con honor, dignidad y la cabeza en alto en todos los ámbitos de su vida.

Si se asesinaba a alguien, si un corazón se afligía, si se cometía una injusticia contra uno de nuestros ciudadanos, la sociedad ponía todo de su parte; consideraba cada injusticia y opresión cometida como si fuera contra sí misma y exigía rendición de cuentas. Sentirse orgulloso, trabajar, estar al lado de los oprimidos y rebelarse contra cualquier injusticia eran los valores que nos definían.

Si alguien robaba o recurría a la corrupción, incluso si fuera su propio hijo, se decía que su "ejecución era necesaria". Si alguien se atrevía a tocar un solo centavo del Estado, era repudiado por su familia y marginado por la sociedad. ¿Y ahora?

¿Qué nos ha pasado? Por un lado, la decadencia social; por otro, la decadencia política... ¡En última instancia, una decadencia moral!

Esta sociedad nunca antes había permanecido tan silenciosa ante la corrupción y el robo, nunca los había respaldado de esta manera; y no solo eso, sino que los ha normalizado. Más aún, ha llegado a acusar de "traición" a las personas que luchan contra la corrupción y el robo.

Dondequiera que miremos en la sociedad, todo se está desmoronando. ¿Por qué no notamos tanta decadencia o por qué no reaccionamos? En una sociedad donde todo es dinero, la decadencia y el colapso son inevitables; el dinero toma el lugar de todo.

Resultado: ¿En cuántos años llegamos a este punto? Necesitamos al menos cuatro veces más tiempo para volver a ser lo que éramos.

La decadencia social no es un fenómeno exclusivo de hoy; es el resultado de una negligencia y un error, conscientes o inconscientes, extendidos durante mucho tiempo. De hecho, cuando la sociedad colapsa y la política se pudre, no hay ruido; al contrario, el colapso es silencioso. Lo primero que desaparece no es la economía, sino las reglas morales.

Cuando las personas dejan de preguntar "¿Es correcto?" y comienzan a pensar "¿Me sirve?", la decadencia ha comenzado.

Basta con mirar la educación en este proceso; la educación es su espejo. Un sistema educativo basado en la memorización, carente de ciencia y pensamiento crítico, produce individuos obedientes pero que no asumen responsabilidades. Tales individuos notan la injusticia pero no la objetan, ven la corrupción pero la normalizan. En este punto, la decadencia ha dejado de ser individual y se ha vuelto institucional.

Otro síntoma del colapso social es la personalización de la justicia. Cuando los principios universales del derecho son reemplazados por la pregunta "¿A quién se le aplica?", la sociedad pierde la idea de un futuro común. En este caso, la convivencia es reemplazada por la mentalidad de "sálvese quien pueda".

La etapa más peligrosa es cuando la desesperanza se convierte en una virtud. Cuando la frase "de todos modos no va a mejorar" se vuelve común, el colapso está completo. Porque lo que mantiene a las sociedades en pie no es la perfección, sino la creencia de que pueden ser reformadas.

El colapso social y político no es un destino. Cada colapso lleva consigo un proceso de reconstrucción. Este proceso comienza cuando la moral vuelve a ser un valor público, cuando se recompensa el mérito y cuando el individuo dice "nosotros" antes que "yo".

En conclusión, la decadencia social y política en nuestro país no ha avanzado mediante una ruptura repentina, sino a través de excepciones que se han normalizado. La permanencia del estado de excepción, la instrumentalización del derecho y el desplazamiento del espacio público sobre una base moral son las dinámicas fundamentales de este proceso.

La lealtad ha sido reemplazada por la fidelidad, y la traición ha reemplazado a la obediencia. La moral social y pública ha sido reemplazada por la privatización de la moral.

Ahora debemos preguntarnos "¿Qué debemos hacer?" y "¿Cómo debemos hacerlo?", y cuestionarnos a nosotros mismos. Tenemos la fuerza para volver a salir a la luz; solo necesitamos creer y hacer lo necesario. Si tenemos que pagar un precio, paguémoslo sin dudar.

No hay otra Turquía.