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El precio de obtener un voto más

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La política turca ha sido, a lo largo de la historia, un escenario de cálculos que no caben en las urnas, de grandes temores ante los resultados electorales y, sobre todo, de reflejos de un régimen que no logra reconciliarse con la voluntad popular. Hoy, en el mismo escenario, se representa una obra similar. Caras distintas, pero el guion no cambia...

Que el porcentaje de votos del Partido Republicano del Pueblo (CHP) se acerque a la franja del 40%, y que el pueblo haya vuelto a elegir a la oposición, especialmente en centros como Estambul y Ankara, ha sido codificado en la mente del poder no solo como un resultado electoral, sino como una amenaza.

Porque en esta geografía, todavía prevalece la mentalidad de que "el poder se toma una vez y nunca más se suelta".

Por eso, cada día se pone en marcha un plan de ataque más organizado. Una ola de presión preparada desde hace mucho tiempo, con detalles trabajados con la precisión de un joyero...

Un proceso que comenzó con debates sobre el congreso del partido, continuó con videos filtrados mediante grabaciones ocultas y ahora está siendo moldeado por la mano del poder judicial. Tal como las tácticas de FETÖ de antaño:

'Crea una causa, construye una percepción, haz que crean'... Y luego sal a decir "ley"...

El CHP se encuentra actualmente en una clara encrucijada.

Y lo más triste es que lo que más facilita la mano del régimen para atrapar al partido en esta encrucijada son las guerras de ambiciones, los ajustes de cuentas interminables y las facciones insinceras dentro del propio partido.

Quienes intentan eliminarse unos a otros, sin darse cuenta o deliberadamente, están llevando agua al molino del régimen de Erdoğan.

La percepción de "ambiciosos incompetentes que no sirven para nada" que Erdoğan intenta crear crece precisamente sobre esta base.

Por otro lado, la encrucijada, el complot, la ilegalidad, la presión... Llámelo como quiera: el panorama actual no es exclusivo del CHP o de İmamoğlu.

Porque uno de los nuevos umbrales de la política turca es exactamente este: a medida que aumenta su porcentaje de votos, usted pasa a la categoría de amenaza. O, incluso si su porcentaje de votos no aumenta, si su voz se convierte en una influencia, vuelve a ser un objetivo.

Lo que viven hoy Ekrem İmamoğlu, los alcaldes, Ümit Özdağ, y lo que vivió en el pasado Selahattin Demirtaş, son ejemplos actuales de esta tesis.

Demirtaş había llevado al HDP, que hoy se ha convertido casi en socio de la Alianza Popular y con el que planean cambios constitucionales, por encima del umbral electoral. En las plazas, le gritaba a Erdoğan: "No te dejaremos ser presidente".

La "culpa" de Ümit Özdağ fue mantener en la agenda el problema migratorio, que irrita incluso a los mayores admiradores de Erdoğan de vez en cuando. Fue tener el potencial de superar el umbral. Fue crear un lenguaje político y un área de influencia aguda, comprensible y propia.

El "pecado" de İmamoğlu es acercar al CHP al 40%.

Por eso ahora se busca que İmamoğlu se desvanezca lentamente, que se vuelva borroso, que pierda su influencia.

Más que lo que İmamoğlu ha logrado o logrará, me interesa el reflejo del régimen de no soltar el poder y cómo reconfigura el juego en consecuencia.

Me interesa la democracia, la ley, la justicia y el deseo de vivir en un país civilizado en un entorno seguro.

Los escenarios de fideicomisarios para el CHP, la cancelación de congresos, la desintegración, la incapacidad de gobernar, la búsqueda de nuevos partidos... Están ocurriendo eventos que van más allá de lo que podrían planear un Erdoğan que ha perdido su fuerza física y mental, o un Bahçeli, cuyos problemas de salud son conocidos por todos.

El islam político apoyado por el imperialismo y por Occidente se ha vuelto adorador del poder, del gobierno, de las riquezas y de la gloria. Y desde hace mucho tiempo.

Hay decenas de miles que no quieren renunciar a esto. Y estos miles saben que pueden existir con Erdoğan. Porque entre ellos también hay grandes guerras de poder. El régimen se mantiene en pie precisamente gracias al esfuerzo de estos.

Esta fuerza oscura, cada vez que el pueblo se dirige a las urnas, busca nuevas formas de castigar su voluntad.

Y la falta de sinceridad dentro de la oposición puede ser, en este proceso, incluso más peligrosa que el autoritarismo del poder.

Porque el poder está jugando su propio juego. Su objetivo, su método y a quién se entrega están a la vista.

La verdadera cuestión no es si la oposición puede ver este juego o no; es si puede construir un nuevo terreno político fuera de él...

Si esta sociedad todavía tiene fe en la democracia, esta fe no solo será determinada por las presiones del poder, sino también por la credibilidad de la oposición, que es lo que la mantendrá en pie.