La historia nos recuerda una verdad: la humanidad se desliza fácilmente hacia la barbarie cuando actúa sin pensar. En medio de guerras, ocupaciones y conflictos, el valor que más se pierde es la empatía. Sin embargo, la empatía no es solo una virtud individual, sino también una de las necesidades fundamentales de la política. Ver el sufrimiento de la otra parte, comprender sus miedos y encontrarse en el denominador común de la humanidad es el primer y más crítico paso hacia la paz.
Gaza hoy pone esta realidad ante los ojos del mundo. Niños, hospitales y hogares son blanco de ataques; las muertes y la destrucción se defienden bajo el pretexto de la “legítima defensa”. Cuando las políticas de un Estado son el resultado de una insensibilidad sistemática llevada a cabo bajo la excusa de la seguridad, se vuelve difícil hablar de humanidad. Teniendo en cuenta el genocidio que Israel sufrió en el pasado, se esperaría que tuviera la responsabilidad de mostrar empatía, pero lo que ocurre se reduce a cifras: “Cuántas personas murieron, cuántos edificios fueron destruidos, cuántos cohetes fueron lanzados”. Cada número representa la extinción de una vida humana.
Esta trágica realidad demuestra claramente que la falta de empatía profundiza los conflictos y hace invisible la vida humana. En el punto al que hemos llegado hoy, la empatía, que es el elemento fundamental para resolver los conflictos en la cuestión palestino-israelí, ha desaparecido casi por completo. Los traumas que viven los palestinos se vuelven invisibles entre las preocupaciones de seguridad de la sociedad israelí. La vida humana se reduce a números, y mientras se hacen comparaciones entre las pérdidas diciendo “ellos perdieron mucho, nosotros perdimos poco”, la conciencia queda en un segundo plano. Como dijo Tolstói, “el hombre es humano en la medida en que puede sentir el dolor de los demás”. Cuando perdemos la empatía, la opresión se vuelve inevitable.
La comunidad internacional vuelve a poner sobre la mesa la propuesta de una “solución de dos Estados”. Muchos países están dando pasos hacia el reconocimiento de Palestina como un Estado independiente. Aunque estas iniciativas diplomáticas son importantes, la paz duradera no puede lograrse solo con acuerdos sobre el papel. La verdadera paz se construye con empatía mutua y sensibilidad humana. Cuando dejamos de ver el rostro de la otra parte, la violencia y la opresión se vuelven inevitables; pero cuando establecemos empatía, se abren los caminos para la paz y el diálogo.
La empatía no es solo un esfuerzo emocional; es una de las tareas más difíciles y críticas de la política; nos permite comprender el miedo de un niño palestino, la preocupación de una madre israelí y los pasos que se deben dar por la paz. La paz no es costosa; no necesita tanques, aviones ni misiles. Lo único que se requiere es empatía y una política consciente.
La tragedia que se vive hoy en Gaza muestra claramente la destrucción creada por una política carente de empatía. Si la política se reduce a números y justificaciones de seguridad, la vida humana se vuelve invisible. Sin embargo, cuando existe la empatía, la dirección de la política cambia y el diálogo y la sanación se vuelven posibles. En la política exterior, la empatía no es un lujo, sino una necesidad. El lenguaje de la paz comienza primero en el corazón y solo entonces se vuelve verdaderamente sostenible. En la cuestión palestino-israelí, la base de la paz debe construirse tanto con voluntad política como con sensibilidad humana.
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