Pantallas antiguas, nuevas inteligencias

En estos días en los que la inteligencia artificial se infiltra en todos los ámbitos de la vida y en los que casi no podemos dar un paso sin ella, el autor Aydın Akgün hace referencia a la felicidad que genera el esfuerzo dedicado en su artículo titulado 'Pantallas antiguas, nuevas inteligencias', donde evoca tiempos pasados.

12punto

Veinticinco años… Un cuarto de siglo completo en el sector de las tecnologías de la información. Desde las cátedras académicas hasta los laboratorios de I+D, pasando por sesiones de depuración que duraban hasta el amanecer y esos momentos en los que, con las primeras luces del día, gritábamos: “¡funciona!”…

Recuerdo que, en mis primeros años de profesión, pasábamos días sin dormir por culpa de una coma que faltaba en una línea de código. Tres o cuatro amigos nos reuníamos frente a la pantalla, los cafés se enfriaban, los cigarrillos se terminaban y nuestros ojos se ponían rojos. Analizábamos la misma línea durante horas preguntándonos: “¿Está aquí o allá?”. Y en el momento en que lo resolvíamos, esa emoción indescriptible… Llegábamos a la línea de meta como un corredor de maratón, con el pecho erguido. El sabor de ese momento no se parecía a nada más.

¿Y ahora? Ahora existe la inteligencia artificial. Escribes una frase y, en cuestión de segundos, aparecen ante ti códigos limpios, correctos e incluso, a veces, sorprendentemente creativos. ¿Cometiste un error? Te lo dice al instante, lo corrige y te sugiere alternativas. Una depuración que antes llevaba días, ahora se reduce a minutos. La productividad ha aumentado increíblemente, el trabajo se ha acelerado y los proyectos se hacen realidad en menos tiempo.

Entonces, ¿por qué siento una ligera melancolía?

Porque extraño ese lado “humano” que venía con la dificultad de aquellos viejos tiempos. Ese esfuerzo colectivo, esa emoción compartida, esa sensación de “lo logramos”… Esas pequeñas victorias que celebrábamos unos cuantos amigos hombro con hombro, sudando y dándonos palmadas en la espalda… Esas fatigas sinceras de cuando pedíamos pizza en el laboratorio a medianoche y decíamos: “vamos a darle otra vuelta”.

La inteligencia artificial nos ahorra tiempo, sí. Pero, junto con el tiempo, parece que también se lleva un poco de la emoción, la paciencia, la amistad y el sentido de “descubrimiento” que había en él. Ya no trabajamos solos frente a la pantalla; trabajamos codo a codo con un amigo de inteligencia artificial. Él también es muy talentoso, muy rápido… Pero no puede transmitir del todo esa calidez humana de la persona que sudaba, maldecía y reía frente a aquella vieja pantalla.

Quizás el asunto sea este: a medida que la tecnología avanza, nosotros, como humanos, también hemos empezado a buscar lo “fácil”. Sin embargo, lo difícil era, a menudo, más significativo. Perseguir un error durante días te enseñaba algo cuando finalmente lo encontrabas; no solo sobre el código, sino también sobre la paciencia, la solidaridad y el valor de la victoria en la vida…

Hoy miro a mis jóvenes colegas; son más rápidos, más productivos. Pero a veces busco en sus ojos ese viejo “fuego”. Quizás debería decirles esto:

“La inteligencia les dará todo muy rápido. Pero ustedes, de vez en cuando, busquen también el sabor de esas viejas dificultades. Porque lo más hermoso de la tecnología es lo que la hace humana: el esfuerzo, la emoción y una historia compartida…”

Extrañar los viejos tiempos no significa rechazar lo nuevo, por supuesto. Solo quiero recordar que las noches pasadas frente a aquella vieja pantalla eran más cálidas que las de las pantallas brillantes, pero algo más frías, de hoy.

Quizás lo más correcto sea esto: mientras agradecemos a la inteligencia artificial, recordemos también con gratitud nuestros viejos ojos cansados, nuestros dedos temblorosos y esos momentos en los que nos abrazábamos gritando “¡lo encontramos!”.

Porque somos la generación que creció en esos tiempos difíciles. Y esas dificultades nos llevaron a donde estamos hoy.