Democracia: No es un problema de legitimidad, sino un problema cultural
Como observamos en la geografía en la que vivimos, los regímenes dictatoriales, donde el principio de separación de poderes ha desaparecido y no están sujetos a ningún control, se nos presentan hoy en día como diferentes formas de gobierno autocrático. En otras palabras, en el siglo XXI apenas se encuentran regímenes totalitarios donde los resultados electorales no tengan significado alguno, o donde los elementos de la oposición puedan ser encarcelados, asesinados o exiliados cuando sea necesario.
Sin embargo, estamos atravesando un periodo en el que, a pesar de la persistencia de elementos de competencia, el proceso político es sistemáticamente manipulado en contra de los elementos opositores mediante cambios en la ley electoral, la propaganda y el Poder Judicial. Las formas de gobierno autoritarias e híbridas, que no sueltan el poder a cualquier precio gracias a las "soluciones" prácticas que producen, han reemplazado hoy a los regímenes totalitarios.
El proceso de ruptura con la democracia, que se manifiesta con tendencias autoritarias crecientes dentro de la sociedad, se desarrolla con una voluntad política que utiliza la religión o una ideología como herramienta de legitimidad y con masas de votantes que no cuestionan esto. Después de avanzar cierta distancia, entra en una fase de muy difícil retorno. Porque esta ruptura ha eliminado en gran medida los mecanismos legales e institucionales que harían posible el retorno, así como al sector intelectual y a las masas populares sensibles a ello. Las instituciones pueden reorganizarse y se pueden promulgar nuevas leyes, pero en esencia se requiere un cambio cultural. El cambio cultural, que durará generaciones, será moldeado independientemente de la política interna por los desarrollos externos y la coyuntura dominante.
La democracia no es un resultado natural. Por el contrario, la tendencia autoritaria, donde las personas protegen sus intereses y beneficios, compiten entre sí e intentan eliminar los obstáculos que encuentran, es lo natural. La democracia es un orden que funciona dentro de ciertos principios y requiere educación y ética. En otras palabras, la democracia no es un problema de legitimidad, sino un problema cultural. Más allá de los ejercicios mecánicos como las masas de votantes y el acto de votar; la democracia es, en esencia, un fenómeno cultural. En ausencia de una cultura política formada en la sociedad que la nutra y proteja, los regímenes democráticos no pueden sobrevivir. Bajo el liderazgo de líderes populistas que se presentan como verdaderos demócratas, las autocracias reemplazan a la democracia.
El hecho de que los líderes autoritarios encuentren seguidores y ganen popularidad en una sociedad demuestra que existe una grave degeneración y desintegración cultural en esa sociedad en términos de normas democráticas. Además, este tipo de líderes, que se ven a sí mismos como indispensables y destacan por sus rasgos de personalidad narcisista, son tan francos sobre sus inclinaciones políticas, motivaciones y objetivos que no dejan lugar a ninguna ambigüedad. En este punto, la verdadera pregunta es qué postura adoptará la sociedad frente a esta amenaza populista.
En el proceso de ruptura con la democracia, podemos mencionar tres rasgos de personalidad determinantes que sirven como advertencia sobre los líderes políticos. El culto a la personalidad que el líder crea a su alrededor para formar masas que le obedezcan ciegamente en cualquier circunstancia allanará el camino para que recree el Estado identificándolo consigo mismo. En un entorno donde no hay verificación ni confirmación, y donde lo irracional se repite en cada oportunidad para convertirse en verdades legendarias, las "verdades" producidas, alejadas de la lógica, obtendrán el apoyo de las masas solo con la emoción y el entusiasmo que generan. Las expresiones racionales y concretas serán reemplazadas por eslóganes que apelan a masas que han perdido la capacidad de cuestionar, como "nos tienen envidia", "nuestro siglo", "el despertar nacional", "el destino nacional" y "haznos grandiosos de nuevo".
Mientras que los problemas experimentados se atribuyen a "fuerzas externas", las voces opositoras y las ideas contrarias que cuestionan esto serán señaladas como "enemigas del pueblo y de la sociedad". La política, ahora alimentada por teorías de conspiración y paranoia, alejará aún más de la "realidad" a las masas que permanecen indiferentes ante los errores y que no se sienten molestas por ser engañadas mientras se acaricien sus sentimientos. Tras esto, el logro del Estado de un solo hombre hará posible la negación de la legitimidad de las personalidades y elementos opositores que ve como una amenaza a su propia voluntad, eliminando así una competencia justa.
La prioridad no es "ganar" las elecciones, sino garantizar la continuidad de la democracia
Para un votante que va a ejercer su derecho al voto y ha interiorizado la cultura política democrática, el objetivo prioritario, más allá de ganar o perder, es la continuidad del régimen y las instituciones democráticas. En este contexto, un votante con una cultura política democrática mantiene su postura de principios por encima de cualquier promesa política, proyecto, interés personal o ambición al tomar su decisión. Esta actitud vital para la democracia cobra aún más importancia en una contienda donde existen alternativas populistas que intentan parecer atractivas para el votante y prometen darles todo lo que desean.
Los rasgos de personalidad y el carácter del político son el indicador más determinante de sus inclinaciones políticas. Un votante que ha interiorizado la democracia siempre votará en contra de un candidato que, incluso si está de acuerdo con sus promesas electorales y opiniones, esté en conflicto con los principios y normas democráticas, muestre tendencias autocráticas en sus discursos y destaque por su ignorancia y rasgos de personalidad narcisista.
En otras palabras, desde la perspectiva de la democracia, la personalidad de un líder es siempre más importante y determinante que sus promesas políticas y sus políticas. En este punto, en las sociedades donde la cultura política democrática está arraigada, el votante dejará de lado sus intereses personales y preferencias políticas para unirse contra el líder que considera una amenaza para el régimen democrático. Porque la prioridad no es "ganar" las elecciones de acuerdo con ciertos intereses y políticas, sino la continuidad de la democracia y la protección de las instituciones.
Cultura política democrática: Jacques Chirac / Jean-Marie Le Pen, elecciones presidenciales de 2002
En la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, celebradas el 21 de abril de 2002, el primer ministro y candidato socialista Lionel Jospin quedó tercero, detrás del presidente Jacques Chirac y del ultraderechista Jean-Marie Le Pen, perdiendo sus esperanzas presidenciales. En la primera vuelta, donde los votos de izquierda se dividieron entre 7 grandes partidos, la izquierda francesa recibió un golpe inesperado cuando el favorito, el candidato del Partido Socialista Jospin, fue superado por el candidato del Frente Nacional, Le Pen.
Sin embargo, en ese punto, el verdadero problema que incomodaba a la opinión pública francesa, más allá de la competencia entre derecha e izquierda, era defender el régimen contra el ultraderechista Le Pen y, en cierto sentido, "salvar el honor de Francia". En su discurso tras las elecciones la noche del 21 de abril, Jospin evaluó la situación como "un panorama muy preocupante para Francia y nuestra democracia", y ese mismo día comenzaron protestas espontáneas en las calles. Al día siguiente, el diario de tendencia derechista Le Figaro evaluó los resultados de la primera vuelta con el titular "Terremoto", mientras que France Soir tituló la noticia como "La bomba Le Pen".
Todos los partidos socialistas invitaron a sus votantes a apoyar a su eterno rival, Chirac, contra Le Pen, a quien consideraban una amenaza para el régimen, en las elecciones presidenciales que se celebrarían el 5 de mayo. El electorado francés, que comprendió bien la amenaza, dejó de lado sus diferencias ideológicas y políticas para formar la coalición del "Frente Republicano" contra el Frente Nacional de Le Pen. El 1 de mayo, las calles de Francia vieron la mayor multitud desde la liberación del país de la ocupación NAZI, con protestas en las que participaron 1,3 millones de personas. El 5 de mayo, el electorado francés le dio a Jacques Chirac una victoria histórica del 82,2% contra Le Pen, dando al mismo tiempo una lección de democracia con la armonía y el reflejo político que demostró.
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