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¡Vamos, seremos más dominantes en el mar!

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Turquía vuelve a estar ocupada consigo misma. El debate sobre la "nulidad" ha dejado de ser un concepto jurídico para convertirse en una de las armas más duras de la política. Quién es legítimo, quién es nulo, quién está dentro del sistema y quién fuera... Esta lucha basada en conceptos es, en realidad, una forma más refinada de la lucha por el poder.

Como es sabido, estos no son mis campos de especialización. Sin embargo, este debate tiene tanto un peso como un lado peligroso: desviar la atención del Estado de lo vital para atraparla en lo secundario.

Porque hay ciertos temas que no encuentran lugar en la agenda, pero que son determinantes. No generan ruido, pero producen resultados. Son invisibles, pero destructivos. Y no toleran la pérdida de tiempo. Son inmediatos, son urgentes... 

Hoy, ese tema es EL MAR...Y Turquía no se está centrando lo suficiente en este tema y sigue perdiendo el tiempo.

“QUIEN DOMINA EL MAR, DOMINA EL MUNDO” Esta frase no es una nostalgia, es la realidad más cruda de hoy. El problema es que todavía existe una mentalidad que lee esta frase con la mentalidad del siglo XX. El número de barcos, el tonelaje de la flota, el reflejo de mostrar la bandera...

Sin embargo, el asunto ha cambiado radicalmente. El dominio marítimo ya no es una cuestión de superficie. Porque el problema no son solo las líneas fronterizas; es el sistema que pasa por debajo de esas fronteras. Cada línea trazada en la superficie del mar determina, en realidad, quién tendrá voz y voto bajo el agua. El dominio marítimo es controlar las vías navegables. Y las vías navegables ya no son solo rutas comerciales. Son cables de fibra óptica, líneas de transmisión de energía... Y todas estas líneas son sistemas independientes.

Hoy en día, no hace falta entrar en la capital de un país para colapsarlo. Basta con tocar el cable submarino de ese país. Internet se corta, el sistema financiero se bloquea, la comunicación colapsa y la cadena de mando se desintegra. Se puede paralizar a un Estado sin disparar una sola bala. Esto no es una teoría. Es la guerra misma de la nueva era.

Los cables cortados en el Báltico, los riesgos crecientes en el Mar Rojo, la tensión que aumenta en el Pacífico, por no hablar del Canal de Suez... Nada de esto es casualidad; son señales claras de la guerra de sistemas que está reemplazando a la guerra clásica.

Pero nosotros seguimos entretenidos con imágenes de inteligencia artificial y con historias "románticas" sobre las guerras.

Por eso, el enfoque de la "Patria Azul" (Mavi Vatan) de Turquía no es solo una pretensión geopolítica o un discurso romántico; es un despertar tardío. Ampliar las zonas de jurisdicción marítima es, en realidad, un esfuerzo por tomar el control del sistema bajo el mar. 

Por eso no es sorprendente que a Grecia le moleste esta situación. Porque, aunque el asunto parezca una cuestión de fronteras en la superficie, en realidad es una cuestión de control. Es la pregunta de quién dominará el fondo marino. Y esta pregunta conlleva consecuencias que van mucho más allá de la cortesía diplomática.

El verdadero problema es este: un problema estratégico de esta magnitud es tratado en Turquía casi como un tema secundario. El debate sobre la "nulidad" (butlan) ha crecido tanto que un asunto existencial como la seguridad marítima ha quedado a su sombra. Esto no es solo un error de prioridades. Es una debilidad estratégica.

Porque un Estado no se debilita por sus discusiones internas. Pero se debilita en el momento en que pierde de vista la realidad externa. Este es el peligro inminente y actual al que se enfrenta Turquía.

Además, el asunto no es solo el mar. Los datos que pasan bajo el mar y la tecnología que procesa esos datos son partes de la misma guerra. El dominio que China intenta establecer a través de los semiconductores y las tecnologías de chips de última generación es el segundo frente de esta lucha.

Quien controla el cable determina el flujo de datos. Quien controla el chip determina cómo se procesan esos datos. Y quien controla ambos, gestiona el sistema.

Es así de simple. Y así de despiadado. Ahora lleguemos a la pregunta principal: ¿Qué está haciendo Turquía?

¿Hasta qué punto están protegidos los cables submarinos? ¿Se han estudiado realmente los escenarios de sabotaje contra estas líneas?

¿Qué tan resistente es la infraestructura de energía y datos en momentos de crisis? Si no hay respuesta a estas preguntas, el valor de todas las demás discusiones es limitado.

Y esta no es una pregunta que deba hacerse únicamente al gobierno.

La oposición también debe tener algo que decir al respecto. Porque la seguridad marítima, la infraestructura de datos y las cuestiones de independencia estratégica no son temas de la política diaria, sino de la razón de Estado. Una oposición que no genera políticas en estas áreas ni presenta alternativas, queda atrapada en una posición de solo criticar sin poder marcar el rumbo.

Existe un problema de dirección. La "nulidad" (butlan) es cuando un acto jurídico se considera inexistente desde el principio. Para los Estados, no se toma tal decisión. Pero los Estados pueden caer en la irrelevancia de facto al descuidar áreas vitales. Ese es exactamente el riesgo al que se enfrenta Turquía hoy.

Un país que no habla del mar, que nunca habla de lo que hay bajo el mar, mañana no podrá hablar del sistema.

Cuando llegue el día en que se resuelva el nudo, el éxito solo se logrará si se han hecho los preparativos necesarios. La victoria no se gana con palabras, sino con trabajo. La realidad inmutable es esta:

Quien domina el mar, TODAVÍA domina el mundo.

“¡Vamos, tenemos mucho trabajo, TODAVÍA TENEMOS QUE DOMINAR EL MAR!!!”