Terminé mi artículo de la semana pasada con un proverbio nativo americano: “Detente, escucha. Si siempre hablas, nunca podrás oír nada”. Esta semana, continuemos desde aquí.
Hablar constantemente conlleva, por lo general, una situación implícita: la persona que acapara la palabra en tales conversaciones no reflexiona sobre el lenguaje, el espíritu, el equilibrio o la mesura de lo que dice; simplemente vierte sobre su interlocutor montones de palabras que saturan su discurso. Sin embargo, todo lo que se vuelve excesivo en la vida puede cansar al ser humano, y las palabras no son una excepción. Paracelso tiene una frase muy hermosa: “Todo es veneno. Lo importante es la dosis”. Ahí reside precisamente la medida: tener siempre presentes el límite, el propósito y la línea; mantenerse fiel al espíritu de la conversación. Creo que está claro en qué consiste ese espíritu: conectar, desahogarse, no monopolizar el tiempo y no centrarse únicamente en la propia voz. En resumen, no hay que dejarse vencer por la soberbia de la voz.
Ya que hemos sacado el tema de la dosis, quiero continuar con otro tipo de lenguaje hablado que sobrepasa los límites. En algunas charlas, la parte que habla puede llegar a rodearte con sus frases, responder a las preguntas antes de que las formules y arrebatarte tus propias palabras. En tales situaciones, no queda espacio para que tú hables, ni palabras para expresar tus sentimientos o pensamientos. Porque la persona que tienes enfrente ha cerrado casi todos los caminos de la conversación y ha matado, en su fase de nacimiento, todas las palabras que fluirían de ti hacia la vida. Esto es, precisamente, una forma de veneno; se ha superado la dosis, se han violado los límites. Si esos límites no se hubieran transgredido, los sentimientos, las ideas compartidas o rechazadas, y la forma de pensar de la otra persona habrían tenido la oportunidad de existir. Pero, una vez más, la persona vencida por la soberbia de su propia voz ha destruido todo esto de un plumazo. Apoyándose únicamente en su propia voz, en la existencia de su voz, ignorando la existencia de la persona que tiene enfrente... Sí, es literalmente la negación de esa existencia. Si les parece, profundicemos un poco en esto.
En el momento de una conversación, abrir espacio a las palabras de la persona que tenemos enfrente es, al contrario de lo que se piensa, una invitación mayor. Con esta invitación, se abre un espacio no a la voz, sino a las vivencias de esa persona, a sus objeciones o aceptaciones, a su herida que supura, a su alma herida, a sus sentimientos que han entrado en un callejón sin salida, a lo que asume como cierto aunque sea erróneo, o a sus pensamientos obsesivos y preocupaciones; se les presta atención. Lo esencial aquí es “entender” a la otra persona, no “aprobarla”. Pero para aprobar o no estar de acuerdo con alguien, primero debes escuchar, primero debes entender. “Juzgar” sin entender es una actitud hostil, incompatible con la camaradería.
Al hablar de juicios, sin duda nos vienen a la mente los jueces y, de ahí, los tribunales. Pero si una conversación crea la sensación de estar rindiendo cuentas en el estrado de un tribunal y defendiéndose ante un juez, entonces la sabiduría de la charla, la virtud de la escucha y el sentido de la conversación han desaparecido. En momentos así, en el libro del tiempo no se escribe la madurez de la comprensión, sino las frías palabras del lenguaje judicial. Un corazón que siente frío, que se inquieta y se preocupa, se encierra aún más en sí mismo en tales momentos; se pierde aún más en su camino con su corazón y sus palabras que se han quedado mudas.
Como se puede ver, hablar es una práctica humana que contiene muchas medidas en sí misma. Requiere reflexión y esfuerzo. Al igual que “humanizarse”, “hablar” también ocurre como resultado de ciertos indicadores, cuando se cumplen ciertas cualidades. De lo contrario, no toda voz representa el habla, ni todo ser humano representa la humanidad. En tales situaciones, yo escucho al Prof. Engin Geçtan, un nombre sabio al que valoro mucho, e intento avanzar a la luz de aquellos que, empezando por él, tienen preocupaciones sobre el ser humano y se esfuerzan por esta causa. Sé que mi carencia no terminará y que la perfección no es posible, pero nuestra conciencia siempre nos guiará. Me abandono a su luz.
Entonces, para cerrar mi artículo esta semana, lo haré con estos versos que se filtran desde el lenguaje de esa luz y que también dan voz a una canción popular:
“Nuestras ventanas dan hacia el viento
Lo que llamas charla es cara a cara
Si pudieras entrar, verías lo que hay en mi pecho
Lo que río y juego es frente a los demás.”
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