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Nueva infraestructura cargándose-1

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“Toda gran crisis del capital encuentra, al final, un nuevo espacio para sí misma”.

- David Harvey

La historia del capitalismo es la historia de las empresas, los mercados, las tecnologías y las infraestructuras que se reconstruyen. Cada gran acumulación de capital se ha erigido sobre una infraestructura tecnológica e institucional específica que reorganiza los procesos de producción y circulación. El capitalismo industrial del siglo XIX, gracias a la energía del vapor y los ferrocarriles, no solo aumentó la capacidad de producción, sino que aceleró la circulación del capital a escala nacional. En la primera mitad del siglo XX, las redes eléctricas y las tecnologías de motores de combustión interna sentaron las bases de un nuevo régimen de producción. El modelo de producción en masa fordista incluye cadenas de montaje, un suministro de electricidad barato y constante, procesos de producción estandarizados, redes de autopistas e inversiones públicas que apoyan los mercados nacionales. El Estado, en este proceso, se destacó como uno de los actores fundamentales reguladores que construyó la infraestructura y permitió el capitalismo industrial.

La globalización neoliberal, que tomó forma a partir de la década de 1970, se basaba en una transformación infraestructural diferente. La liberalización financiera, el transporte de contenedores, las redes de comunicación digital e Internet permitieron que la producción trascendiera las fronteras nacionales y se reorganizara dentro de cadenas de valor globales. En este periodo, el objetivo principal de la competencia económica no era tanto producir más, sino poder coordinar la producción a escala global. Las redes digitales que aceleraron el flujo de información fueron la nueva forma de organización del poder económico.

Hoy, sin embargo, esta transformación infraestructural parece haber entrado en una nueva fase. Internet no ha desaparecido; se ha convertido en una infraestructura invisible sobre la cual se eleva una nueva capa de producción. Lo que ahora es determinante es la capacidad de procesar información con una capacidad de cálculo masiva. Por ello, los centros de datos, los semiconductores avanzados, los sistemas informáticos de alto rendimiento, las redes energéticas y las redes digitales que los conectan constituyen la infraestructura estratégica de la economía digital. En la nueva etapa histórica, en la era de la inteligencia artificial (IA) generativa, la acumulación de capital se está reorganizando progresivamente en torno a la capacidad de cálculo. Si esta observación es correcta, leer la actual competencia por las tecnologías de IA simplemente como una carrera tecnológica entre empresas de software resultará insuficiente. La verdadera lucha se librará sobre quién controla las infraestructuras que hacen posible la capacidad de cálculo, las fuentes de energía, la producción de semiconductores, las redes digitales y las plataformas.

En los últimos años, la IA se ha discutido principalmente a través de innovaciones tecnológicas —algoritmos más potentes, modelos de lenguaje más grandes, procesadores más rápidos y software más inteligente— y los impactos y reflexiones socioeconómicos y éticos que provoca. Sin embargo, esta narrativa, ampliamente aceptada por el público, pone en el centro la cara visible de la transformación mientras relega a un segundo plano las relaciones materiales que la hacen posible. El problema es que la IA se aborda desvinculada de su contexto histórico, más allá de su importancia y adopción. Evaluar una tecnología independientemente de las relaciones de producción que la hacen posible es un enfoque tan incompleto como pensar en la máquina de vapor sin las minas de carbón, en el automóvil sin el petróleo o en Internet sin las redes de fibra óptica. Las tecnologías no escriben ni crean historia por sí mismas; adquieren significado dentro de condiciones económicas, políticas e institucionales específicas. Por esta razón, la pregunta de por qué el capital global se está orientando hoy en tal medida hacia los centros de datos, los semiconductores y la capacidad de cálculo es importante.

David Harvey sostiene que una de las tendencias históricas del capitalismo son las crisis de sobreacumulación de capital. Las crisis surgen cuando el capital acumulado no encuentra suficientes áreas de inversión rentables; el capital intenta reproducirse dirigiéndose a nuevas geografías, nuevos sectores y nuevas infraestructuras. Harvey explica este proceso con el concepto de “arreglo espacial” (spatial fix). Este enfoque sostiene que las crisis se trasladan temporalmente a otros ámbitos. Cada gran crisis económica conlleva la orientación del capital hacia nuevas áreas de acumulación. Este concepto ofrece un punto de partida importante para comprender la economía actual de la IA. Al examinar los flujos de capital global en la última década, se observa una tendencia notable. Los fondos de infraestructura, los fondos de pensiones, los fondos soberanos y las empresas tecnológicas no solo están invirtiendo en empresas de software. La concentración real se está produciendo en centros de datos de hiperescala, instalaciones de generación de energía, líneas de transmisión de alta tensión, cables de fibra óptica submarinos y capacidad de producción de semiconductores. Los gastos de capital de Microsoft, Alphabet, Amazon y Meta deben leerse junto con las construcciones de centros de datos y los acuerdos energéticos. Del mismo modo, no es casualidad que Blackstone, Brookfield, KKR y otros inversores globales en infraestructura vean los centros de datos como activos estratégicos de nueva generación. Esto nos demuestra que, en la era de la IA, el valor no solo se concentra en las empresas que desarrollan el algoritmo, sino también en el capital que financia la infraestructura donde operará dicho algoritmo.

Quizás ya no debamos preguntar qué tan inteligente será la IA, sino por qué los mayores movimientos de capital del mundo se están dirigiendo hacia los centros de datos, las infraestructuras energéticas y la capacidad de cálculo. ¿Y por qué el capitalismo se está reorganizando a través de la IA, una tecnología de propósito general, y su infraestructura?

Por supuesto, si hablamos de una economía de infraestructura, también debemos mostrar en qué condiciones materiales se basa. Los modelos de IA no pueden funcionar sin electricidad. Las redes eléctricas no pueden operar sin líneas de transmisión. Los centros de datos no pueden sostenerse sin sistemas de refrigeración avanzados. Los chips avanzados, por su parte, dependen de cadenas de suministro globales extremadamente complejas. Por lo tanto, el insumo básico de la economía de la IA no es solo el dato; es la energía, el agua, el cobre, el silicio, el capital y la estabilidad geopolítica. Los datos son importantes, pero por sí solos no generan poder económico. Lo que convierte los datos en una ventaja estratégica es la capacidad de cálculo para procesarlos y la infraestructura que respalda dicha capacidad. Por ello, la capacidad de cálculo, más allá de ser un indicador de rendimiento técnico, se considera una capacidad infraestructural estratégica que moldea la competencia económica y el poder geopolítico.

Este enfoque nos lleva inevitablemente al papel del Estado. Porque, a lo largo de la historia, ninguna gran transformación infraestructural se ha realizado únicamente mediante mecanismos de mercado. Los ferrocarriles, las redes eléctricas, las autopistas, Internet y las tecnologías espaciales han sido moldeados por inversiones públicas, investigaciones militares y políticas industriales. La infraestructura de la IA no se sale de esta línea histórica.

En las próximas semanas se abordarán desarrollos que parecen independientes entre sí, desde las políticas tecnológicas de la OTAN hasta la Ley CHIPS y Ciencia de EE. UU., desde la estrategia de semiconductores de la Unión Europea hasta el ascenso tecnológico de China y las inversiones en centros de datos de los países del Golfo. ¿Por qué actores que parecen tan diferentes se dirigen al mismo tiempo hacia los centros de datos, los semiconductores y las infraestructuras de cálculo? ¿Es esto realmente solo una transformación tecnológica o es la señal de una reestructuración más profunda en la economía global? Si el recurso estratégico de la nueva era no es el petróleo ni los datos, sino la capacidad de cálculo, ¿quiénes serán los ganadores y perdedores de este nuevo orden? Por esta razón, esta serie de artículos intentará comprender, más que la IA en sí misma, la nueva infraestructura que la hace posible y la economía política que esta infraestructura moldea.