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¿Qué le pasó a Hakan Tosun?

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En 2025, el periodismo en Turquía sigue en la lista de “profesiones de riesgo”

Clasificación de Libertad de Prensa (RSF, 2024) › 159/180

63 periodistas siguen en prisión (TGS)

Hay procesos judiciales en curso contra 213 periodistas (TGS)

En 1 año, 132 periodistas fueron víctimas de violencia física o amenazas (TGS)

Tras la partida de Hakan Tosun

Hakan Tosun era un periodista independiente que utilizaba su cámara para dar voz a la calle, a los árboles y a los campesinos. Tras no tener noticias de él desde el 11 de octubre, su familia y sus colegas periodistas establecieron una red de comunicación para buscarlo. Y poco después, una pregunta comenzó a circular en X: #HakanTosunaNeOldu (#QuéLePasóAHakanTosun)

Sus allegados pudieron localizar al periodista un día después de que fuera encontrado golpeado en la calle y trasladado al hospital. Hakan Tosun perdió su lucha por la vida el 13 de octubre.

El asesinato de Hakan Tosun añade un nuevo eslabón a la historia de asesinatos de periodistas en Turquía. Al observar el proceso histórico, se puede ver que cada uno de los asesinatos de periodistas coincide con un punto de inflexión político. Según datos del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, 2024), en el 78% de los 28 periodistas asesinados en Turquía desde 1990, los autores nunca fueron encontrados o los casos se dilataron en el tiempo. No debemos ver esta cifra solo como una estadística. Es la prueba de la práctica de impunidad en los ataques y asesinatos cometidos contra la profesión periodística.

De hecho, Hakan Tosun también incomodaba a alguien con sus reportajes. La tarea de un periodista es, precisamente, “incomodar” en nombre del público, y en Turquía, quienes incomodan suelen ser silenciados. La frase de las autoridades de que “la investigación continúa” ya no convence a nadie.

En resumen, Hakan Tosun fue asesinado una noche en plena calle. Había testigos, las cámaras estaban encendidas, la ciudad estaba despierta. Se habló de negligencias en el hospital y llamaron la atención los segundos faltantes en las imágenes filtradas. Las instituciones públicas permanecieron en silencio al principio. Por otro lado, las redes sociales no callaron. En este sentido, las redes sociales se han convertido en un espacio intermedio donde opera la “justicia digital” en países donde la confianza en el sistema judicial institucional se ha debilitado. Que la sociedad no haya guardado silencio en las redes sociales y haya creado presión pública por Hakan Tosun es esperanzador. Por otro lado, demuestra la urgencia de restablecer la justicia institucional y la transparencia. Sin embargo, las campañas de hashtags o los llamados virales a la justicia en el espacio público convertido en plataforma son temporales; movilizan emociones, no transforman. Del mismo modo, las protestas basadas en redes son fuertes en cuanto a su capacidad para ganar visibilidad rápidamente, pero frágiles en cuanto a su incapacidad para sostener un cambio estructural. Porque estas herramientas no pueden reemplazar a los mecanismos institucionales.

Stefania Milan (2020) va más allá al enmarcar el activismo digital como “resistencia algorítmica”. Los usuarios ejercen la resistencia algorítmica luchando por una mayor visibilidad dentro de arquitecturas diseñadas para la mercantilización. Esta es una paradoja de la justicia performativa dentro de los sistemas de control. Aunque el ciudadano digital reclame justicia en la plataforma, los algoritmos no miden la justicia, sino el interés. Cuanto más se comparte, más “real” parece. De esta manera, se crea una “ilusión tecnopolítica”. Sin embargo, la búsqueda de justicia digital es también una cuestión de resiliencia emocional. Cada tragedia genera una nueva ola de ira, pero pronto se convierte en agotamiento digital. La vida útil de un hashtag es de unas 48 horas en promedio, y en la abundancia de contenido de las redes sociales, el interés y la atención suelen dispersarse en pocas horas. Según Kaun y Treré (2022), este ciclo crea un nuevo “régimen emocional”: la justicia ya no es judicial, sino una actuación emocional. De esta manera, las plataformas también colonizan el significado. Por eso, aunque la etiqueta #HakanTosunaNeOldu se comparta millones de veces, el sistema no se tambalea cuando la justicia no se hace efectiva; porque la función de la plataforma es la interacción mediante la circulación emocional, no la justicia. Por lo tanto, pasemos a la política de no olvidar.

La política de no olvidar

#HakanTosunaNeOldu

Esta pregunta ya no es una frase de ira, sino un examen de ciudadanía. En la era digital en la que estamos constantemente vigilados, si todavía faltan imágenes de cámaras, la búsqueda de justicia ya no es solo compartir, sino archivar.

Preservar la memoria es un deber político.

Cada video, cada tuit, cada testimonio,

es una forma de resistencia contra el silencio oficial.

Las redes digitales facilitan la acción, no la continuidad.

Un hashtag crea un momento de ira;

pero la justicia se busca cuando la multitud se dispersa. En lo que se conceptualiza como impacto en red, las emociones se multiplican rápidamente en las redes y desaparecen con la misma rapidez.

Pero, como también sugiere Milan, la verdadera solidaridad nace “no en los momentos de gran ruido, sino en las pequeñas prácticas persistentes”.

Por eso, la ciudadanía digital ya no trata solo de compartir, sino de insistir. Cada pequeña publicación persistente, cada archivo, cada recordatorio, es una política de memoria contra el olvido público. Es transformar la frágil solidaridad digital en una memoria pública sostenible.

En este contexto, con la transformación de la justicia en una “práctica de red” en la era digital,

un video grabado por un ciudadano,

un documento compartido por un periodista,

una cronología mantenida por un académico…

Todos ayudan a tejer el tejido de la justicia digital. En el caso de Hakan Tosun, este tejido debe fortalecerse y tejerse de nuevo.

Por eso, la justicia digital no significa solo “revelar”, sino recordar, rememorar y archivar.

Preservar la memoria es ahora un acto político.

Es la construcción de una contramemoria frente al silencio oficial.


Entonces, la responsabilidad recae nuevamente en nosotros.

Los periodistas, al no olvidar sus propias pérdidas y dolores, al seguir, investigar y no dejar el caso;

los ciudadanos, al superar sus propios silencios y concretarlos.

Tras la muerte de Hakan Tosun, cada tuit publicado a partir de ahora,

puede ser también un contrato: “Seguiremos este caso”.

Ahora sabemos que los algoritmos no miden la justicia, sino el interés.

Pero convertir el interés en memoria, crear una cultura de seguimiento digital, es ahora una forma de acción política.

Si los testigos son silenciados, el ciudadano debe hablar.

¿Quién lo hizo, por qué callaron, quién los silenció?

Hasta que se den respuestas a estas preguntas, la justicia no debe ser tendencia, debe ser la agenda.

En la nueva forma de ciudadanía de la era digital,

preguntar cada día de nuevo con pequeñas prácticas persistentes:

¿Qué ha cambiado hoy en el expediente? #HakanTosunaNeOldu