Mañana se cumple el 102.º aniversario de la proclamación de la República.
En realidad, la soberanía ya había sido otorgada a la nación con la Constitución de 1921, mientras aún continuaba la Guerra de Independencia. Solo faltaba ponerle nombre al nuevo régimen.
En el primer artículo de la Ley Fundamental (Teşkilât-ı Esasiye Kanunu) se leía: “La soberanía pertenece incondicionalmente a la nación. El sistema de gobierno se basa en el principio de que el pueblo gestiona su propio destino de manera directa y efectiva”.
Con esta expresión, se rechazó de raíz la concepción otomana de que “la soberanía pertenece a Dios y el sultán es su representante en la tierra”, y por primera vez, la fuente de la soberanía se basó directa y exclusivamente en el pueblo. Así, el poder de origen divino o dinástico dio paso a una concepción de legitimidad basada en la voluntad popular.
Cuando el 29 de octubre de 1923 se le puso nombre al nuevo régimen, las piezas encajaron.
Esto no fue solo un artículo constitucional que cobró sentido con la “República”, sino también una revolución mental.
Fue la expresión de una gran ruptura y un quiebre histórico que se extendió desde el palacio hasta el pueblo, de la servidumbre a la ciudadanía y de los ciudadanos a la igualdad.
En una sola frase, la soberanía pasó a pertenecer incondicionalmente a la nación.
Pero, lamentablemente, desde principios de la década de 2000, el islamismo político alimentado desde el otro lado del Atlántico comenzó a ascender. Turquía entró en un periodo en el que esta frase fue vaciada de contenido e incluso su significado fue invertido.
Hoy en día, la “nación” sigue siendo mencionada en cada discurso, pero la “soberanía” ahora se identifica únicamente con una sola persona.
Mientras que la soberanía de la República era un principio horizontal, hoy se ha transformado en un mecanismo de obediencia vertical.
Pongámonos nuestras gafas de cerca.
La República fundada en 1923 definía la soberanía como la “voluntad común de la nación”. Es decir, nadie, ninguna institución, ningún líder podía representar ni ejercer esta soberanía por sí solo.
La Gran Asamblea Nacional de Turquía (TBMM) era el espacio “sagrado” de la voluntad común; los gobiernos, por su parte, eran las instituciones fundamentales que permitían que la voluntad de la nación se convirtiera en poder administrativo y que la soberanía se ejerciera en nombre del pueblo.
¡Pasó el tiempo y las cosas cambiaron! En Turquía, la soberanía se concentró en una sola persona.
El viejo historiador de barba blanca, por alguna razón, rebobinó la cinta.
Con el Sistema de Gobierno Presidencial, Tayyip Erdoğan tomó en sus manos todos los poderes del Estado.
Hay quienes llaman a esto “régimen neo-hamidiano”, en referencia a Abdülhamid. Pero si seguimos la clasificación de “tipos de autoridad” del pensador alemán Max Weber, uno de los fundadores de la sociología moderna, también es posible describirlo como un “sultanismo patrimonial”.
Es decir, una forma de poder donde todas las instituciones, leyes y recursos del Estado quedan sujetos a la autoridad personal de un solo líder, y donde la administración se rige por la lealtad personal y los vínculos familiares.
Aunque por ahora no tenga un equivalente en la literatura, nosotros lo llamamos el “régimen de mi persona...”.
Continuemos.
En la Constitución, el principio de “separación de poderes” permanece sobre el papel, pero en la práctica, el ejecutivo, el legislativo y el judicial son como una orquesta que toca una sola nota.
El Parlamento es prácticamente un cuartel de “soldados de plomo”. Los diputados, levanten la mano, bajen la mano...
En cuanto al poder judicial, es un espectáculo; busque independencia si puede... Es el aparato “compatible” del régimen, como una navaja suiza.
¡Y el ejecutivo! Es decir, el Palacio... No funciona como un “equilibrio entre instituciones”, sino solo para la manifestación de la voluntad conocida.
Lamentablemente, este panorama es extremadamente grave y demuestra cómo se ha vaciado el concepto de “voluntad nacional”.
Porque ahora la nación ya no es considerada “existente” a través de un parlamento que represente su propia voluntad, sino simbólicamente en la persona de un solo individuo.
No vayamos demasiado atrás, esta transformación comenzó en 2017. ¡Con aquel referéndum en el que se aceptaron como válidos los votos sin sello!
Con la reforma constitucional realizada ese año, la arquitectura del régimen de Turquía cambió. Las urnas, sagradas para la democracia, se convirtieron en una herramienta para la transferencia de la soberanía.
Desde aquel día, la “voluntad nacional” en su sentido real desapareció.
Tras el referéndum, Tayyip Erdoğan dijo: “Ahora ha terminado el periodo de tutela en este país. La soberanía pertenece a la nación”. Pero lo que ocurrió fue exactamente lo contrario.
La soberanía de la nación fue redefinida bajo el carisma de una persona. Ya no se identifica con la voluntad de la nación, sino solo con una persona que afirma actuar en nombre de ella. Ese concepto de “nación” ya no es un sujeto plural; se ha convertido en una masa simbólica reunida en torno a una figura singular.
Sin embargo, la República había configurado el Estado sobre un sistema de equilibrio con su burocracia, su poder judicial, sus universidades, sus medios de comunicación; en resumen, con todas sus instituciones y organizaciones. En este sistema, el poder no dependía de las personas, sino de las reglas.
Tayyip Erdoğan eliminó esas reglas y dijo: “El decreto es mío”. La República de Turquía se apartó de la línea del “Estado de derecho” y se convirtió en un “Estado de decretos”.
Hoy en día en Turquía, una ley puede ser derogada por la noche con un decreto presidencial publicado por la mañana con la misma facilidad.
La memoria institucional fue borrada, el sistema de méritos dio paso a una cadena de lealtades. Ahora, un ministro no comienza una frase sin decir “por instrucciones de nuestro estimado Presidente”. Un periodista no puede hacer una pregunta sin decir “nuestro estimado Presidente”. Un funcionario no puede permanecer en su cargo si no acepta ser un “funcionario del Estado de mi persona”.
La soberanía quedó bajo la sombra de 'mi persona'.
La voluntad nacional pasó a describir no al pueblo, sino la consagración de la voluntad del líder.
El poder no recibe su autoridad del pueblo; el pueblo es visto como responsable de aprobar la legitimidad del poder.
En esta concepción, la crítica es estigmatizada como “traición”, el pensamiento diferente como “sedición” y la oposición como “estar en contra de la nación”.
Sin embargo, el espíritu de la República nació precisamente contra este tipo de definiciones autoritarias.
Hoy, ese espíritu es silenciado bajo el disfraz de la “voluntad nacional”.
El panorama no es nada alentador. Mañana, mientras celebramos el 29 de octubre, Día de la República, debemos reflexionar y pensar en todo esto una vez más.
Desde una perspectiva histórica, a pesar de todas las heridas recibidas, la República sigue en pie y su valor sigue siendo inmenso, pero el hecho de que nos dirigimos rápidamente hacia un punto de no retorno también está claro como el día.
La responsabilidad es de todos nosotros. Terminemos nuestro artículo recordando que, bajo ninguna circunstancia, debemos olvidar que nuestro primer deber es preservar y defender la independencia turca y la República turca para siempre.
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