Israel ataca brutalmente, por un lado, a Palestina y Gaza, y por otro, al Líbano y a los objetivos de Hezbolá. Continúa sus masacres y su barbarie sin interrupción, con el apoyo ilimitado que recibe del imperialismo estadounidense y europeo. Las reacciones que surgen de la opinión pública mundial, de Turquía y de Irán no detienen a Israel. La situación del mundo islámico y del mundo árabe es evidente; se observa cuán ineficaces, débiles y desorganizados son.
En este punto, es imperativo que reflexionemos profundamente y enumeremos lo que se debe hacer para poseer una diplomacia fuerte, eficaz, respetable y disuasoria.
Para ello, sabemos que, ante todo, la economía política está en nuestra caja de herramientas. Al pensar en la política exterior, colocamos los libros de historia sobre nuestra rodilla derecha, los libros de geografía sobre la izquierda y tomamos los libros de economía entre nuestras manos.
Somos conscientes de que la economía, la política, la política exterior y la seguridad están entrelazadas. Esta situación fue así para el Imperio Romano y también para el Imperio Otomano. No ha cambiado a lo largo de la historia. No existe una política exterior ni una política de seguridad nacional que no priorice la seguridad económica junto a la seguridad física. Tampoco puede existir.
Con la Guerra Fría, lo que Estados Unidos pretendía con la Doctrina Truman y el Plan Marshall, lo que buscaba con la política de contención de la URSS, y lo que calculaba al brindar ayuda económica y militar a Grecia y Turquía, es la misma justificación fundamental que subyace en sus pasos y movimientos actuales. No ha cambiado.
Nunca olvidamos que Estados Unidos es un estado imperialista. Es expansionista. Es ocupante. Es colonialista. Una gran parte de las élites políticas en Estados Unidos considera la seguridad de EE. UU. como la seguridad del mundo. Consideran ambas como una sola y equivalente. Piensan que Estados Unidos es un estado elegido, privilegiado y superior, no solo política y militarmente, sino también en un sentido divino y religioso para la seguridad del mundo. La concepción de seguridad nacional de Estados Unidos se basa en la seguridad física, la seguridad económica y la promoción de sus valores, lo cual es una concepción puramente imperial.
Entre los fundamentos de la seguridad nacional, la economía nacional ocupa una posición muy importante, dominante y determinante. Para la economía nacional, es necesario ser fuerte en producción, inversión, empleo, exportaciones, ciencia y tecnología. Además de esto, y para garantizarlo, es obligatorio controlar la entrada y salida de capitales, bienes, servicios y mano de obra. Un estado que no puede controlar sus fronteras, sus aduanas y la entrada de divisas al país no puede hablar de una economía nacional. La economía de un estado que no pregunta por el origen del dinero que proviene del extranjero, solo para que entren divisas al país, no puede ser nacional, segura ni saludable.
La fragilidad en la economía genera fragilidad en la política exterior y en la seguridad nacional. Así como no puede haber independencia política sin independencia económica, es inevitable que quien recibe dinero, tarde o temprano, reciba órdenes. Ser fuerte políticamente depende de poseer un poder económico y militar sólido.
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