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El efecto de regresión en los debates sobre inteligencia artificial: ¿Es posible seguir siendo humano?

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Los debates sobre la inteligencia artificial se ven cada vez más atrapados entre dos narrativas extremas. En un seminario web de Yuval Noah Harari organizado recientemente en nuestro país, al que asistí, noté que una parte importante de las preguntas del público se centraba en este eje: ¿La inteligencia artificial acabará con la humanidad o nos llevará a una era de prosperidad sin precedentes? Por un lado, están los escenarios apocalípticos en los que las superinteligencias toman el control; por otro, la promesa de una edad de oro tecnológica, enfatizada especialmente por Elon Musk, donde el trabajo deja de ser una necesidad. Aunque estas dos narrativas parecen opuestas, comparten la misma forma de pensar: separar la tecnología de su contexto social y convertirla en un sujeto que hace historia por sí mismo. Sin embargo, la transformación de las sociedades modernas no es producto de tecnologías singulares, sino de los sistemas sociotécnicos en los que se integran. Por lo tanto, la forma de entender la inteligencia artificial no es verla como una salvadora o como un desastre, sino a través de un marco conceptual más sereno que explique por qué los extremos no son permanentes. La tendencia a la regresión a la media, conocida en estadística como el "efecto de regresión", ofrece una metáfora poderosa para comprender la oscilación que experimentamos hoy en los debates sobre la inteligencia artificial.

El efecto de regresión nos dice que los valores extremos no son permanentes. Tanto el optimismo excesivo como el pesimismo extremo se ven atraídos con el tiempo hacia un equilibrio más complejo. La historia de la tecnología está llena de repeticiones en este sentido. Cuando aparecieron la electricidad, el automóvil, la radio, la televisión, Internet y las redes sociales, se presentaron como herramientas que destruirían la sociedad o liberarían a la humanidad. Todas ellas crearon efectos transformadores muy importantes en la sociedad. Pero ninguna se instaló en uno de estos dos extremos. Se convirtieron en la infraestructura invisible de la vida cotidiana. Es muy probable que la inteligencia artificial siga un camino similar. La razón de esto no es solo que el desarrollo tecnológico no sea lineal, sino que es constantemente remodelado por la estructura económica, los mercados laborales, la capacidad regulatoria de los estados y los hábitos culturales. El aumento de la productividad no genera igualdad automáticamente; la automatización tampoco conduce por sí sola al desempleo masivo. La economía digital de los últimos cuarenta años ha demostrado que puede producir simultáneamente una enorme acumulación de riqueza y desigualdades cada vez más profundas. Por lo tanto, la cuestión no es qué hará la inteligencia artificial, sino en qué economía política se desarrollará.

Hoy en día, el discurso de que "todos se quedarán sin trabajo" y la promesa de que "nadie tendrá que trabajar" son igualmente reduccionistas. Las tecnologías eliminan algunas profesiones mientras crean otras nuevas. Mientras devalúan algunas habilidades, centralizan competencias que antes eran invisibles. La verdadera transformación no es la desaparición del trabajo, sino el cambio en la naturaleza del mismo. De hecho, este fue uno de los puntos más importantes que Harari subrayó durante el mismo seminario web que mencioné: en la era de la inteligencia artificial, el valor humano no podrá medirse únicamente por el rendimiento cognitivo. Las habilidades físicas, emocionales y relacionales, es decir, el vínculo concreto que el ser humano establece con el mundo, volverán a ser centrales. La inteligencia artificial puede escribir textos, producir imágenes y analizar datos; pero no puede asumir la experiencia de producir, cuidar, establecer contacto y hacer cosas juntos dentro de un cuerpo. Que lo físico gane valor a medida que lo digital crece, y que las habilidades humanas inmedibles se vuelvan visibles a medida que aumenta la automatización, no es una contradicción, sino uno de los indicadores más fuertes de la nueva era.

Para Turquía, el problema se vuelve aún más concreto. En un país con una población joven, donde aumenta el desempleo de los trabajadores de cuello blanco y graduados universitarios, y donde la digitalización a menudo se discute solo bajo el título de productividad, la inteligencia artificial se convertirá en una oportunidad para un nuevo salto o en un acelerador que profundizará las desigualdades existentes. Si esta tecnología se ve solo como una herramienta para reducir costos y producir más con menos trabajadores, el panorama resultante será una sensación de desvalorización masiva. Sin embargo, en un modelo donde el trabajo creativo está protegido por mecanismos de derechos de autor, donde los datos que alimentan los algoritmos se discuten en el marco de los derechos públicos y colectivos, y donde la educación se transforma en una estructura que no solo proporciona habilidades técnicas sino que genera pensamiento crítico, cooperación y responsabilidad ética, la inteligencia artificial puede convertirse en una infraestructura que no sustituye al ser humano, sino que amplía su capacidad. Lo que realmente se necesita hoy no son individuos que puedan escribir más código, sino ciudadanos que puedan pensar junto con la tecnología, participar en los procesos de toma de decisiones y producir valor común.

Por esta razón, encasillar el debate sobre la inteligencia artificial entre el apocalipsis y la utopía es políticamente inútil. Los escenarios de catástrofe hacen que la sociedad sea pasiva. La gente se rinde al miedo en lugar de exigir regulación y control público. Las narrativas de la edad de oro, por otro lado, producen la ilusión de que la prosperidad creada por la tecnología se distribuirá de manera justa por sí sola. En ambos casos, los procesos de toma de decisiones se concentran en manos de un grupo reducido de empresas y estados. Sin embargo, lo que determinará el futuro no es la capacidad de los algoritmos, sino el marco institucional y cultural que construyamos.

Terminaré mi artículo de esta semana, como siempre hago, con una conclusión. Al final de todo este debate, la pregunta principal es: ¿Es posible seguir siendo humano en la era de la inteligencia artificial? Si se puede establecer un orden que priorice los valores humanos, que no convierta la presión por el beneficio y el rendimiento en el único criterio, que opere mecanismos de compensación participativos y que reconozca el derecho del trabajo creativo, la respuesta a esta pregunta será sí. De lo contrario, ni los escenarios de catástrofe ni las promesas de la edad de oro se harán realidad; lo que surgirá será solo un orden de desigualdad que funciona más rápido. Si podemos construir un orden donde ganen los valores humanos y no los algoritmos, seguiremos siendo humanos.