Cuando publicamos nuestro libro titulado Ciencia de Datos en 2018, hablé a menudo sobre los desarrollos tecnológicos y algorítmicos que beneficiarían a la humanidad y predije un futuro esperanzador. En aquel entonces, el concepto de Inteligencia Artificial no era nada común, pero el aprendizaje profundo, una subtecnología de la misma, era un tema muy popular y ya había comenzado a alimentar predicciones distópicas sobre el futuro.
Hubo un tiempo en que Internet era visto como un espacio de anonimato y libre expresión. Hoy, sin embargo, todos nos hemos convertido en puntos de datos registrados meticulosamente por algoritmos. Nuestros pasos, nuestro ritmo cardíaco, nuestros «me gusta», nuestros mensajes… Cada uno de ellos se ha convertido en materia prima de una red de vigilancia invisible.
Ya no vivimos solo en línea, sino que vivimos «bajo la mirada» en todo momento.
Podemos llamar a la enfermedad más silenciosa pero más común de esta nueva era «fatiga de datos». Este concepto, que inicialmente se asociaba solo con la carga de trabajo digital, la intensidad de las notificaciones y la adicción a las pantallas, ha pasado a una dimensión completamente diferente. La gente no solo está cansada de trabajar, sino también de ser vigilada.
Antiguamente, la vigilancia significaba simplemente que «alguien nos observaba». Ahora, la vigilancia se ha convertido en una forma de participación voluntaria. Estamos dispuestos a ser vigilados, e incluso a menudo disfrutamos de ello. Cada foto que compartimos en las redes sociales se transforma en una especie de «escaparate digital». Ser vigilado significa ser notado, ser aprobado. Pero es precisamente en este punto donde comienza la fatiga: porque permanecer visible constantemente significa producir rendimiento constantemente.
Como dijo el sociólogo David Lyon hace años, la vigilancia ya no es solo un mecanismo de poder, sino que se ha convertido en una cultura. Las plataformas digitales no nos vigilan a la fuerza; nosotros participamos voluntariamente. En este sistema alimentado por el número de «me gusta», visualizaciones y seguidores, la visibilidad se ha convertido en la medida de la existencia. Sin embargo, el precio de ser visible es la desaparición gradual del espacio privado y del silencio.
Hoy en día, las personas experimentan dos tipos de fatiga en el mundo digital: la primera es la fatiga de producción de datos. Es decir, la obligación constante de producir contenido, compartir y reaccionar. La segunda es la fatiga de la conciencia de datos. En otras palabras, la ansiedad creada por saber que uno está siendo vigilado pero no poder cambiarlo. Incluso pequeños indicadores en las redes sociales, como la confirmación de lectura, el estado en línea o la hora de la última conexión, crean un estado de conciencia constante. El ser humano no puede deshacerse ni de su propia sombra ni de la mirada de los demás.
Las repercusiones psicológicas de esta fatiga también se están volviendo cada vez más evidentes. El síndrome de «agotamiento digital» está aumentando, especialmente entre los jóvenes. Ya no es solo la carga de trabajo, sino la carga de ser visto lo que agota a las personas. La sensación de «si no comparto, no existo» aumenta simultáneamente la ansiedad por la identidad y el miedo por la privacidad.
¿Qué se puede hacer ante este panorama?
En primer lugar, utilizar el espacio digital también para el silencio y la invisibilidad. El «detox digital» no consiste solo en reducir el tiempo de pantalla; a veces, no compartir nada y ver la no visibilidad como una elección. En segundo lugar, que las plataformas ofrezcan a sus usuarios áreas de control real. Iniciativas como los Centros de Transparencia Algorítmica (ECAT) desarrollados por la Unión Europea, que mencioné en mi artículo de la semana pasada, intentan explicar cómo se procesan los datos. Sin embargo, los individuos también necesitan mejorar sus habilidades para gestionar sus propias huellas digitales. En tercer lugar, un replanteamiento cultural: cuestionar estas normas digitales que equiparan «ser visible» con el éxito y «ser vigilado» con el valor.
Porque la fatiga de datos 2.0 no es una crisis de la tecnología, sino de la cultura. La vigilancia ya no es una cámara, sino un sentimiento. Y quizás la mayor libertad, en una era en la que todo queda registrado, sea aprender a no dejar rastro alguno.
Mas leidos
Serdal Adalı presenta una denuncia contra la prensa
El Fenerbahçe organizará una ceremonia de firma para Romelu Lukaku
El precio más bajo en vehículos sin ÖTV es de 783 mil liras turcas: Aquí está la lista
La encuesta del YENİ Parti sacude el panorama
Sale a la luz la declaración de la sospechosa que quemó la bandera en Muğla
La aventura en el Beşiktaş llega a su fin
Se revelan los nombres de los detenidos en la operación contra los Süleymancılar
Un detalle llamativo de Murat Ağırel sobre la operación de los Süleymancılar
¿Qué 'hombre' ha ganado de nuevo? ¿De qué es esta 'victoria'?
¡Primeras imágenes de la operación contra los Süleymancılar!