La teoría de juegos es una disciplina desarrollada a mediados del siglo XX por John von Neumann y Oskar Morgenstern, y enriquecida por figuras como John Nash. En su definición más simple, examina cómo las personas ganan juegos y cómo los competidores elaboran estrategias teniendo en cuenta los movimientos de los demás. Sin embargo, la teoría de juegos nos revela algo sorprendente: si todos siguen las reglas estrictamente en un juego, ganar es casi imposible. La forma más directa de ganar es violar las reglas, es decir, hacer trampa (cheating).
Por otro lado, según el profesor Jiang Xueqin, hacer trampa por sí solo no es suficiente. La verdadera ventaja surge de la capacidad de actuar junto a otros. A medida que aumenta la coordinación, crecen las posibilidades de éxito. Pero el aumento de la coordinación también se convierte en una "carrera armamentista". Cuando dos personas cooperan, cuatro deben unirse para contrarrestarlas; luego, cinco personas forman un grupo aún mayor. Incluso quienes dan el primer paso pueden perder en esta carrera. Por eso, hacer trampa, es decir, romper las reglas, solo es efectivo cuando se hace en secreto, ya que las cooperaciones abiertas son fácilmente detectables. La verdadera estrategia es lograr una coordinación invisible. A lo largo de la historia, han existido diferentes formas de esta colaboración secreta: lazos familiares, religiones comunes, identidades étnicas, lenguas compartidas... Estos elementos permiten que las personas se unan de forma natural. Pero son demasiado evidentes y los competidores pueden utilizar los mismos métodos. Aquí es donde entra en juego una estrategia más radical: la transgresión (violación de reglas/tabúes). Es decir, la violación consciente de tabúes, normas y leyes sociales. Según la teoría, cuantas más violaciones existan, mayor será la cohesión (cohesion) que surja. Y esta cohesión aumenta progresivamente la sincronización (synchronicity).
Porque cuando rompes las reglas, la sociedad quiere castigarte; esto te obliga a guardar el secreto y proteger al grupo. El secreto compartido se convierte en un pegamento fuerte que une al grupo. Por eso, la violación de un tabú no solo es arriesgada, sino también una experiencia atractiva y adictiva. Un proceso que comienza con una simple broma escolar puede convertirse en violaciones cada vez mayores. Primero, seis amigos llenan los baños de la escuela con papel higiénico como broma, luego surge la idea de robar dulces de una tienda. Estas violaciones, a través del intercambio de secretos, crean un sentido de unidad más fuerte en el grupo. Es posible observar este tipo de mecanismos en la tendencia reciente en nuestro país a involucrar a niños pequeños en la comisión de delitos.
Podemos ver esta paradoja en muchos lugares de la vida cotidiana. Cuando aumentan las infracciones de tráfico, los conductores desarrollan nuevos reflejos y los peatones se vuelven más cautelosos. Esto no aumenta la seguridad, pero crea un equilibrio frágil. La cultura del linchamiento en las redes sociales funciona de manera similar. Cuando miles de personas atacan una publicación, en realidad se está violando una norma social. Pero, al mismo tiempo, el hecho de que miles de personas se dirijan al mismo objetivo crea una fuerte cohesión. La violación colectiva produce un sentido de unidad temporal.
La escena política de Turquía también es instructiva a este respecto. Durante los periodos electorales, los contenidos satíricos o despectivos se difunden rápidamente en las redes sociales. Estos contenidos pueden considerarse violaciones desde el punto de vista de la ética política, pero generan un fuerte sentido de pertenencia entre los usuarios que se unen en torno a la ira y el humor compartidos. Los cánticos prohibidos o los eslóganes ofensivos en las gradas de fútbol funcionan de la misma manera. Normativamente son violaciones de las reglas, pero cuando reúnen a miles de personas en el mismo ritmo, crean una sincronización entusiasta.
Desde el punto de vista de la comunicación, el punto crítico es que la violación no es solo un acto de perturbación, sino también un mecanismo que produce un nuevo ritual de comunicación. Cuando se rompen las reglas, las personas restablecen la comunicación y desarrollan nuevos vínculos. Sin embargo, esta cohesión tiene una estructura frágil. La cohesión basada en la violación genera uniones a corto plazo, pero erosiona la confianza social a largo plazo. Las infracciones de tráfico crean nuevos reflejos, pero eliminan la seguridad. Los linchamientos en las redes sociales producen una solidaridad efímera, pero hacen que la polarización sea permanente. Los eslóganes en las gradas proporcionan unidad, pero traen consigo problemas de castigo y seguridad.
En resumen, esta paradoja de la teoría de juegos aparece ante nosotros como un fenómeno claramente observable en el mundo de la comunicación. Cuantas más violaciones, más cohesión. Pero esta cohesión es a menudo temporal, frágil y arriesgada. El verdadero problema radica en poder transformar esta sincronización y cohesión a corto plazo en una cohesión social permanente, inclusiva y basada en la confianza.
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