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Propaganda interactiva: Algoritmos y emocionalidad política

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“Los algoritmos ya no solo organizan el flujo de información; al mismo tiempo, dirigen las emociones políticas y reproducen la polarización social”.

El concepto de propaganda se entendía en el siglo XX, en gran medida, como un proceso que operaba de arriba hacia abajo, impulsado por los Estados y los grandes monopolios mediáticos. El mensaje, que surgía de un único centro, se transmitía a las masas y movilizaba las emociones. Hoy, sin embargo, la propaganda ha perdido ese carácter unidireccional. Las enormes cantidades de datos procesadas por los algoritmos registran tanto lo que creen los individuos como las emociones con las que reaccionan. De este modo, la propaganda adquiere una dimensión “interactiva” en la que el espectador deja de ser un receptor pasivo y participa en el proceso con sus emociones.

Es posible observar los ejemplos más visibles de esta situación en los flujos de las redes sociales. En X, los contenidos políticos que se difunden más rápidamente suelen ser aquellos cargados de ira, provocadores o polarizadores. Esto se debe a que el algoritmo ha “aprendido” que la ira genera más comentarios, compartidos e interacción. No es casualidad que, durante los periodos electorales en YouTube, millones de personas vean los deslices de los políticos o videos que aumentan la tensión; el sistema premia los contenidos que mantienen vivo el interés de los usuarios. En TikTok, el hecho de que los jóvenes se encuentren con breves sketches, videos humorísticos o monólogos airados sobre la agenda política demuestra claramente que la emoción se ha antepuesto a la política.

En Turquía, durante las elecciones de 2023, las redes sociales no fueron solo el espacio oficial de campaña de los partidos, sino también un medio donde los votantes se encontraron, debatieron, crearon humor y reflejaron sus reacciones emocionales de forma colectiva. Un fragmento de pocos segundos extraído de un discurso en un mitin pudo llegar a millones de personas y cambiar repentinamente la atmósfera política. Esto demuestra que la propaganda ya no se multiplica solo entre el “emisor” y el “receptor”, sino a través de las publicaciones, comentarios y la reproducción de los usuarios.

El punto que llama la atención aquí es que la política se experimenta cada vez más a través de la “emocionalidad política”. Las personas se conectan con los temas políticos no solo con información, sino con emociones como la ira, el miedo, la esperanza o el humor. Las populares series políticas de Netflix, las páginas de humor que marcan tendencia en X o las caricaturas políticas que circulan en Instagram ponen las emociones en circulación rápidamente. Así, la comunicación política queda cada vez más atrapada en cámaras de eco. Los usuarios que comparten opiniones similares refuerzan las emociones de los demás; mientras que enfrentarse a opiniones diferentes se vuelve cada vez más difícil.

Este nuevo tipo de propaganda facilita que la política llegue a masas más amplias y que, especialmente las generaciones jóvenes, se interesen por los procesos políticos. Sin embargo, al mismo tiempo, debilita la cultura del debate y antepone las reacciones emocionales al razonamiento basado en la información. Aunque el vínculo político establecido a través de la ira o el miedo logre la movilización a corto plazo, a largo plazo erosiona la cultura democrática.

En conclusión, vivimos en la era de la propaganda interactiva. Los algoritmos no solo determinan la difusión de los mensajes, sino también cómo circulan las emociones. Esto crea un impacto mucho más fuerte que la propaganda clásica, porque no solo informa al individuo, sino que también lo dirige emocionalmente. Comprender esta nueva realidad se ha convertido en uno de los temas fundamentales de la alfabetización mediática y de la cultura del debate democrático. Porque cuando la política se limita a un terreno restringido por las emociones, la búsqueda común de la verdad por parte de la sociedad también se debilita progresivamente.