Durante muchos años, los derechos humanos se presentaron como la conciencia del mundo moderno. Un conjunto moral universal contra las guerras, la opresión y el poder arbitrario... Sin embargo, hoy, al observar el panorama que se extiende desde Ucrania hasta Gaza, desde Siria hasta Irán, desde Venezuela hasta África, es imposible no hacerse la siguiente pregunta:
¿Siguen siendo los derechos humanos un principio universal o se han convertido en una herramienta política en manos de las grandes potencias?
En la clase de Derechos Humanos que imparto en la universidad, a menudo pregunto a mis alumnos:
Si los derechos humanos se aplican según el equilibrio de poder, ¿siguen siendo derechos humanos?
LA DIVISIÓN DE LOS DERECHOS: EL ORIGEN DEL PROBLEMA
Las raíces de la crisis actual no son nuevas. Durante los años de la Guerra Fría, el mundo estaba dividido no solo militar e ideológicamente, sino también en cuanto a la concepción de los derechos. Mientras Occidente destacaba los derechos civiles y políticos, como la libertad de expresión, la participación política y la propiedad, el Bloque del Este defendía los derechos sociales, como el trabajo, la vivienda, la salud y la educación.
Esta distinción se oficializó en 1966 con dos tratados internacionales separados. Por primera vez, los derechos humanos dejaron de ser un marco moral único e integral. Los derechos se dividieron y la pretensión de universalidad quedó a la sombra de la polarización ideológica.
Lo que siguió fue una hipocresía predecible. Estados Unidos criticaba a los soviéticos por la falta de libertades mientras apoyaba dictaduras en América Latina. Los soviéticos presumían de sus derechos sociales mientras reprimían a la oposición política. Los derechos humanos ya no eran un límite moral, sino un discurso de poder blando.
LA GUERRA FRÍA TERMINÓ, EL DOBLE RASERO NO
Cuando terminó la Guerra Fría, muchos pensaron que los derechos humanos finalmente encontrarían un terreno universal. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. En un mundo unipolar, los derechos humanos se convirtieron esta vez en el lenguaje de la intervención.
A partir de la década de 1990, las operaciones militares se legitimaron no con el discurso del "interés nacional", sino con los conceptos de "intervención humanitaria" y "dignidad humana". Este enfoque se institucionalizó en 2005 con la doctrina de la "responsabilidad de proteger".
Sobre el papel, sonaba bien: si los Estados no podían proteger a sus pueblos, la comunidad internacional intervendría. Pero las preguntas fundamentales quedaron sin respuesta:
¿Quién decidiría?
¿A quién se intervendría?
¿Se aplicaría este principio por igual a todos?
LOS DERECHOS HABLARON, EL PODER DECIDIÓ
En la práctica, la respuesta era clara. En Kosovo, se suspendió el derecho. En Irak, se llevó a cabo una invasión bajo pretextos falsos.
En Libia, la intervención realizada bajo el pretexto de proteger a los civiles provocó el colapso del Estado.
Cada vez se invocaron los derechos humanos, pero las decisiones las tomaron el poder y los intereses.
El principio de soberanía se volvió inválido para los Estados débiles. La soberanía pasó a ser un privilegio condicional, reconocido solo mientras se cumpliera con la concepción de derechos humanos "correcta" definida por Occidente. Mientras el Sur Global quedó abierto a las intervenciones, los Estados poderosos permanecieron fuera de ese mismo control.
HOY: LA NORMALIZACIÓN DE LA ILEGALIDAD
En el punto en el que nos encontramos hoy, el panorama es aún más oscuro. Mientras mueren civiles en Ucrania, Gaza y Siria, el derecho internacional se suspende. Cuando las sanciones empobrecen a millones, se utiliza la "dignidad humana" como justificación. La ilegalidad se vuelve permanente bajo el nombre de "condiciones extraordinarias".
Además, este desgaste no es solo a escala global. El régimen de derechos humanos en Europa también está experimentando un grave retroceso. El discurso de seguridad se vuelve cada vez más dominante en las políticas de refugiados, la libertad de expresión y el derecho a un juicio justo. El derecho funciona más como un reflejo de gestión de crisis que como un conjunto de principios universales.
EL PROBLEMA REAL: LA PÉRDIDA DE SENTIDO DE LOS DERECHOS
Quizás la pregunta real no sea "¿se están violando los derechos humanos?".
La pregunta real es:
¿Han dejado los derechos humanos de ser una norma que limita al poder para convertirse en el lenguaje del poder?
Si el derecho solo vincula a los débiles, si la dignidad humana se ha convertido en la justificación de bombas y sanciones, si la universalidad se suspende según el equilibrio de poder...
No estamos ante una crisis de derechos humanos, sino ante una pérdida de sentido de los derechos humanos.
ÚLTIMA PALABRA: TENEMOS QUE REPENSAR
El camino para salvar los derechos humanos no es sacralizarlos, sino volver a cuestionarlos. Se necesita una línea crítica que saque a los derechos del discurso imperial y piense el derecho independientemente del poder.
Quizás la pregunta más correcta hoy sea:
¿Quién habla, en nombre de quién y con qué poder?
Mientras no se haga esta pregunta, los derechos humanos no producirán justicia; solo seguirán legitimando nuevas formas de dominación.
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