Un jefe de Estado propuso públicamente comprar Groenlandia. Lo hizo con gran confianza. No hubo rastro de vergüenza. Habló como si se tratara de una negociación inmobiliaria. La reacción no fue difícil de predecir: risas, asombro, contenido viral e innumerables comentarios sobre por qué esta declaración era irracional, poco seria o una prueba de un deterioro cognitivo. Sin embargo, una pregunta más importante quedó en gran medida sin respuesta: ¿Cómo pudo una declaración tan claramente absurda funcionar con tanta fluidez dentro del ecosistema político en el que se expresó? En este caso, el absurdo no fue un fallo de la política; fue una de sus características.
POLITAINTMENT
Propongo un nuevo concepto para dar sentido a este fenómeno: politainment.
Este concepto se inspira en el término ya consolidado de infotainment, que combina información y entretenimiento. La esencia del infotainment es bastante simple: si no entretengo, no soy visto; si no soy visto, no puedo informar.
Diseñado inicialmente para hacer que las noticias y la educación fueran más accesibles, el infotainment se extendió con el tiempo a todo el discurso público, a menudo a costa de la profundidad, la complejidad y el pensamiento crítico.
El politainment representa la siguiente etapa de este proceso. Mientras que el infotainment hace que la información sea entretenida, el politainment convierte la política misma en entretenimiento. Bajo las condiciones del politainment, la política ya no trata principalmente de persuasión, coherencia política o negociación. En cambio, se transforma en una actuación continua que busca captar la atención, generar participación emocional y normalizar la superficialidad; mientras tanto, los procesos políticos fundamentales siguen operando en otros lugares. El objetivo principal es instalarse en la mente del público y echar raíces con el tiempo.
Este proceso de arraigo lento es vital. Porque, como la actuación parece "ridícula" o "absurda", el político es subestimado, ridiculizado y no tomado en serio. Para cuando se llega a este punto, el Caballo de Troya ya ha entrado en la ciudad. El poder no llega con un ataque repentino, sino instalándose silenciosamente detrás de las líneas.
El politainment revela una debilidad estructural en la forma en que se analiza habitualmente la política.
Bajo las condiciones del politainment, uno de los errores más críticos que cometen los actores de la oposición es el menosprecio. Con Donald Trump como uno de los ejemplos más visibles, los políticos del politainment suelen presentarse como figuras poco serias, poco inteligentes, groseras o simplemente teatrales. Este menosprecio no es políticamente neutral. Al contrario, es un error estratégico, y el político del politainment se beneficia sistemáticamente de este error.
Los actores de la oposición a menudo asumen que la burla debilita al poder. Sin embargo, en realidad, la burla a menudo reduce la vigilancia. Ver a la figura del politainment no como una fuerza política, sino como un objeto de burla, disminuye la percepción de amenaza, suspende el análisis estructural y retrasa una respuesta coordinada. Mientras tanto, el político del politainment se mueve cómodamente en un entorno donde es subestimado; mientras los opositores están ocupados con el estilo, el lenguaje y la personalidad, él acumula poder institucional. Es más, a pesar de parecer completamente anti-institucional, el actor del politainment a menudo está profundamente institucionalizado. La política destructiva se convierte poco a poco en una fuerza constituyente.
Desde la perspectiva de la psicología política, esta dinámica se ve reforzada por la polarización afectiva. El politainment prospera en entornos donde la identificación emocional sustituye a la claridad ideológica. Los seguidores no se mantienen unidos por preferencias políticas coherentes, sino por emociones compartidas: resentimiento, humillación, ira o una sensación de diversión desafiante. Los opositores, por su parte, experimentan una mezcla de vergüenza e ira. Estas emociones aumentan la participación, pero debilitan el pensamiento estratégico. Esta asimetría emocional juega decisivamente a favor del actor del politainment.
Un ejemplo comparativo instructivo no se encuentra en la política contemporánea, sino en Zübük, escrito por Aziz Nesin. El personaje de Zübük representa una figura política grosera y oportunista que expresa abiertamente lo que el discurso político "respetable" evita. Habla sin vergüenza, viola las normas sin dudar y, por lo tanto, establece una conexión emocional directa con los resentimientos y frustraciones excluidos por el lenguaje político oficial.
En muchos sentidos, Zübük puede leerse como un prototipo cultural temprano del político del politainment. Es entretenido, descarado, provocador y tiene éxito político precisamente porque ignora la cortesía. Sin embargo, hay una diferencia vital. Zübük no es el producto de una estrategia de comunicación calculada; tampoco es parte de un aparato político diseñado conscientemente. No opera dentro de un ecosistema mediático coordinado; no funciona como un mecanismo de distracción consciente diseñado para ocultar transformaciones económicas o institucionales profundas. Su grosería es orgánica, espontánea y en gran medida individual.
El politainment contemporáneo es fundamentalmente diferente. Lo que presenciamos hoy no es solo un discurso grosero, sino una grosería fabricada: un estilo que parece caótico, pero que a menudo es sostenido por infraestructuras de comunicación sofisticadas, amplificación algorítmica y economías mediáticas que recompensan la ira y la visibilidad. Incluso si el político del politainment no es un arquitecto consciente de este sistema, es indudable que los mecanismos político-económicos se benefician activamente de este estilo y lo refuerzan.
En este sentido, el politainment no requiere un "mentor" genio en la cima. Funciona estructuralmente. El político puede actuar de forma instintiva, impulsiva o incluso inconsistente. Pero el ecosistema que lo rodea (plataformas mediáticas, economías publicitarias, redes de financiación política y actores institucionales) convierte esa inconsistencia en una cobertura funcional. Mientras la atención se dirige al espectáculo, las decisiones críticas sobre derecho, regulación, privatización, seguridad y estructura de personal se toman bajo un escrutinio mucho menor.
La psicología política aclara aún más este panorama con conceptos como el razonamiento motivado y las dinámicas de personalidad autoritaria. Los seguidores no evalúan el discurso del politainment por su valor de coherencia o veracidad; en cambio, operan con filtros defensivos que protegen la identidad grupal. Las contradicciones no debilitan la lealtad; a menudo la fortalecen como señal de desafío a las "élites" o a los "expertos". Los actores de la oposición, por su parte, caen en la trampa de un exceso de confianza cognitiva debido a la seguridad en su propia superioridad racional; asumen que el absurdo terminará por deslegitimar al poder por sí mismo.
La oposición, atrapada en este exceso de confianza, no logra aprender de la historia. La seriedad no es necesaria para que la política funcione. La capacidad organizativa, el acceso institucional y la alineación emocional son suficientes. El politainment proporciona las tres. Su ruido emocional (ira, risas, provocación) crea una niebla afectiva donde las prioridades estratégicas se vuelven borrosas. A los actores de la oposición les resulta difícil distinguir entre gestos reversibles y movimientos institucionales irreversibles.
En este punto, la comparación con Zübük se vuelve aún más esclarecedora. Zübük exponía la hipocresía del lenguaje político exagerándolo. El politainment, en cambio, oculta la política real detrás de una actuación exagerada. Lo que alguna vez funcionó como sátira, hoy se ha convertido en técnica. Lo que se escribió como una advertencia literaria ha evolucionado hacia un método político.
Por lo tanto, el aspecto más peligroso del politainment no es su grosería, sino su éxito en redefinir los criterios de la seriedad, e incluso de la política misma. Al reducir la expectativa de coherencia y decoro, remodela cómo se evalúa la acción política. Cuando los actores de la oposición reaccionan solo a nivel discursivo (ridiculizando el lenguaje, condenando el estilo, haciendo listas de errores), desempeñan involuntariamente el papel que se les ha asignado en el guion del politainment.
La tarea principal no es competir en burlas con el político del politainment ni psicoanalizar cada provocación. Es volver a fijar el análisis político en la economía política, las dinámicas institucionales y las relaciones de poder. El discurso es importante, pero solo en la medida en que revela lo que hace posible y lo que invisibiliza. Bajo las condiciones del politainment, los procesos políticos más importantes ocurren a menudo donde el análisis del discurso no mira.
En resumen, el politainment prospera no porque la oposición carezca de claridad moral, sino porque a menudo carece de lucidez estratégica. El político del politainment obtiene su poder no de ser tomado en serio, sino de no ser tomado lo suficientemente en serio.
(Traducido al turco desde el texto original en inglés del cual soy autor)
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