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'Sin decir "¿quién soy yo para..."'

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Hay una pregunta que lleva días dando vueltas en mi cabeza: ¿Quién soy yo para intervenir?

Como adulto, y especialmente como alguien que, siendo abogado y filósofo, valora enormemente las libertades individuales, ¿hasta qué punto es legítimo interferir en las elecciones de vida de los demás? ¿Cómo puede —con qué derecho— el hecho de que alguien fume entrar en mi ámbito de intervención? ¿No es cada individuo el viajero de su propio camino? ¿No es así, señor? ¡Dejad hacer, dejad pasar!

Es precisamente en este punto donde surge otra voz en mi interior. Una voz más preocupada e inquieta: Sí, cada uno es viajero de su propio camino, pero ¿qué pasa si esos caminos ya estaban envenenados desde el principio? Si el humo del tabaco se ha impregnado en el borde de ese camino desde la infancia, ¿podemos realmente llamar a esto "libre albedrío"?

Soy un antiguo adicto al tabaco. Es decir, no participo en este debate desde fuera, sino desde dentro, desde muy adentro. Soy de los que saben que el tabaco no solo le roba a uno el cuerpo, sino también sus decisiones, su energía cotidiana e incluso su autoestima. La adicción, con el tiempo, se convierte no solo en un hábito, sino en un estilo de vida, en una identidad. Por un lado, no quieres fumar, y por otro, no puedes dejarlo. Los años que pasas en esa extraña contradicción corroen la confianza que uno tiene en sí mismo. Y sí, al final, no solo pagas tú el precio, sino que haces que los que te rodean también lo paguen.

Dejando a un lado la dimensión personal, también existe un coste social. En un país como Turquía, que ha adoptado el principio de Estado social, los gastos sanitarios que las enfermedades relacionadas con el tabaco imponen al sector público son de niveles aterradores. Cáncer, EPOC, enfermedades cardíacas... Muchas de estas se tratan con recursos públicos. Es decir, el límite del discurso de "mi cuerpo, mi decisión" termina donde la sociedad comienza a asumir el coste derivado de esa decisión.

Entonces, ¿se vuelve legítima la intervención en este punto? ¿Es el coste público de la adicción al tabaco una fuente de legitimidad suficiente por sí sola? No lo sé. Veamos esto desde otro ángulo: 

Cuando hablamos de libertad, generalmente entendemos la libertad negativa: estar libre de la interferencia de otros, poder hacer lo que uno desee. Pero también existe la libertad positiva: la capacidad de una persona para realizar su propio potencial. Mientras que la libertad negativa dice "dejad hacer", la libertad positiva dice "abre el camino para que pueda hacer". Que los jóvenes se inicien en el tabaco cuando su voluntad aún no se ha formado por completo, en realidad les arrebata su libertad positiva desde el principio. No les otorga el derecho a elegir en el futuro. Porque una vez que la adicción se instala, no comienza la elección, sino la esclavitud.

Es por eso que cada medida tomada para que los jóvenes no se inicien en el tabaco a una edad temprana no es, en realidad, una prohibición, sino una defensa de la libertad. No es intervención, es protección. Pues la libertad de una persona cuya voluntad ha sido dañada se vuelve cuestionable. 

Aquí el asunto no es interferir en que alguien fume en su balcón. El asunto es hablar abiertamente contra el quiosco que vende tabaco frente a la escuela, contra las publicaciones en Instagram que muestran el fumar como algo "cool", contra la publicidad que incita al consumo y contra la cultura del tabaco que rodea a los niños.

Porque esta cultura se instala insidiosamente en el espacio de libertad en desarrollo de los jóvenes. Es un hecho que la decadencia y un estilo de vida indiferente están en auge. La indiferencia es la moneda de cambio. Al fin y al cabo, el propósito de vida de muchos de nosotros se está desvaneciendo. Decir "¿qué sentido tiene impedirlo?" libera los deseos más oscuros del ser humano. 

La lucha contra el tabaco no es un esfuerzo de "superioridad moral". No es humillar a nadie, ni dictar a nadie cómo debe vivir. Al contrario, es una lucha por proteger el potencial. Es una cuestión de proteger la oportunidad de ese niño para hacer deporte, la posibilidad de correr en el futuro sin quedarse sin aliento, la probabilidad de ser un individuo creativo y productivo.

Por eso, no considero que las medidas contra el tabaco sean contrarias a la libertad. Al contrario, las veo como la libertad misma. Porque no se puede ser libre sin poder respirar.

Volvamos al asunto del principio. ¿Quién soy yo para intervenir? Soy alguien que una vez se perdió en el humo del tabaco y luego recuperó el aliento.

Escribo como alguien que piensa no solo en el presente, sino en un mañana más libre y más productivo.

Y creo: un futuro sin tabaco no solo significa un futuro más saludable; significa un futuro más justo, más igualitario y con más esperanza.