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¿Cómo debería ser la relación entre la oposición y el gobierno?

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Por oposición me refiero a la oposición política. La oposición política es un fenómeno y un comportamiento que implica, en ciertas formas sociales y en cualquier período de tiempo, oponerse a un régimen político existente y al orden socioeconómico en el que se vive, o a uno de ellos, a quienes detentan el poder político o a sus actividades; criticarlos, ya sea presentando o no un programa o propuesta alternativa, dentro de los límites legales o recurriendo a diversos medios no considerados legales, y, mientras tanto, generar efectos y resultados en línea con el objetivo deseado.

En nuestro país, a lo que se hace referencia es a la oposición parlamentaria. La oposición parlamentaria tiene un papel central en el funcionamiento de la democracia representativa. Mientras espera su turno para obtener el poder político, examina y critica las decisiones de la mayoría política y presenta políticas alternativas. Entonces, ¿se hace así la oposición en nuestro país?

La relación entre la oposición y el gobierno es uno de los pilares fundamentales de una democracia sana. Sin embargo, como este equilibrio no se ha podido establecer hasta el día de hoy, estamos gobernados por una democracia defectuosa.

En realidad, la relación entre el gobierno y la oposición debería ser competitiva, no conflictiva; supervisora, no destructiva; institucional, no hostil.

El deber del gobierno es administrar el país, producir políticas y aplicarlas. El deber de la oposición es supervisar al gobierno, criticarlo y producir alternativas. En una relación sana entre gobierno y oposición, la oposición señala los errores, investiga las acusaciones de corrupción o ilegalidad y pide cuentas ante el Parlamento y la opinión pública. Curiosamente, a veces el gobierno hace lo que debería hacer la oposición y dirige acusaciones de corrupción e ilegalidad hacia esta última.

El gobierno, por su parte, debe estar abierto a la crítica, actuar con transparencia y proteger la frontera entre el Estado y el partido. Si no se establece este equilibrio, la democracia se debilita.

En cuanto al proceso en el que se encuentra nuestro país y las relaciones internacionales, es necesario actuar juntos por nuestros intereses nacionales sobre una base común. Los asuntos nacionales están por encima de los cálculos partidistas y son una cuestión de supervivencia. El gobierno y la oposición deben actuar juntos en política exterior y cuestiones fundamentales de seguridad, en desastres naturales, en los intereses nacionales y en la protección del orden constitucional.

Lo que determina la calidad de esta relación no es solo la constitución, sino la cultura política. Por eso, un lenguaje que utilice argumentos en lugar de insultos, negociación en lugar de polarización, y que diga "todos nosotros" en lugar de "nosotros y ellos", tiene una gran importancia.

Nuestro país necesita una oposición fuerte y un gobierno fuerte. Una oposición fuerte hace que el gobierno sea cuidadoso, y un gobierno fuerte crea una administración decidida. Ambos juntos significan una democracia estable.

Nuestro país necesita, ahora más que nunca, una relación entre gobierno y oposición que sea dura pero respetuosa, competitiva pero reglamentada, crítica pero constructiva, y capaz de actuar conjuntamente dentro del marco constitucional.

Hoy, cuando observamos la relación gobierno-oposición, vemos que predominan la alta polarización, el discurso duro, una cultura de consenso débil y una mentalidad basada en la política de identidad.

Lo que debería ser es lo siguiente: para que nuestro país se libere de su estructura democrática defectuosa, se debe fortalecer la capacidad de supervisión del Parlamento, suavizar el lenguaje político, proteger el carácter suprapartidista de las instituciones, poner fin a los debates sobre legitimidad y dotar a la cultura de consenso de garantías constitucionales y políticas.

Una de las razones más importantes por las que la aventura de democratización y modernización de nuestro país no ha tenido pleno éxito hasta hoy es que la relación entre el gobierno y la oposición posee una cultura política eliminatoria y dominante. Una relación entre gobierno y oposición cuya legitimidad es constantemente cuestionada no puede salvar a nuestro país de su estructura democrática defectuosa.

No nos merecemos esta situación.