No sé si soy demasiado joven para decir "dónde habrán quedado aquellas fiestas de antes". Pero echo mucho de menos el sabor de las fiestas de antaño. Cuando se habla de fiestas, me viene a la mente la casa de mi difunta abuela... Tendría yo 6 o 7 años... Para mí, fiesta significaba el salón que solo se abría cuando venían invitados... Muebles tallados de madera de nogal, sillones de terciopelo verde caqui y cortinas de terciopelo del mismo color con borlas... No crean que era por riqueza, mi abuelo era suboficial y tenía tres hijos. Pero mi abuela era costurera, muy habilidosa. Ella misma cosía todo, buscaba y encontraba, combinaba las cosas con gusto. En cada rincón de aquel salón festivo estaba bordado su esfuerzo. Se te mete en el alma.
Y los siete nietos corriendo por todos lados en aquel salón que abría sus puertas en honor a la mañana de fiesta. Lo que siempre llamaba mi atención eran los caramelos en el azucarero de mármol. La tapa del azucarero de mármol es tan pesada que apenas podía abrirla con mis dos manos. Es decir, era muy difícil llegar a los caramelos... No sé si sería porque eran difíciles de alcanzar, pero el sabor de aquellos caramelos era único...
Quizás nuestra generación sea la última que apenas rozó la locura del consumismo. Tal vez por eso echamos tanto de menos el sabor de las fiestas de antes. Las buscamos, pero no las encontramos. Los cinco nietos nos quedábamos en casa de mi abuela durante las fiestas y nos divertíamos mucho sin necesidad siquiera de una televisión de un solo canal. ¿Teníamos muchos juguetes? En absoluto. Porque en aquel entonces tampoco había tantos juguetes. Pero éramos niños felices. La fuente de nuestra felicidad era la comunicación que establecíamos con nuestros primos y amigos del barrio. Esta comunicación era tan sencilla que no necesitábamos ni juguetes ni ordenadores.
Y éramos niños que nos amontonábamos en las casas de nuestras abuelas y disfrutábamos durante horas de las mesas festivas.
¿Es así ahora?
Apenas podemos lograr que nuestros hijos se sienten 10 minutos en la mesa del desayuno la mañana de fiesta. Todo tipo de ordenadores y toda clase de juguetes no pasan de darnos alegrías pasajeras. ¿Y nosotros? ¿Somos diferentes? Después de un ritmo de trabajo intenso, cuando llega la fiesta, todos buscamos un lugar de vacaciones al que escapar. Y quizás felicitamos la fiesta a nuestros mayores con una llamada... O a veces, solo con un mensaje...
Adaptarse a los tiempos es, en realidad, algo natural por la propia naturaleza humana. Pero no debemos alejarnos demasiado de nuestros valores fundamentales, de nuestra esencia. Mientras que en las casas de nuestros mayores cabían tantos niños, ahora vivimos soledades tecnológicas en nuestras enormes casas, cada uno por su lado. En realidad, nuestra vida se está convirtiendo en un gran centro comercial. Nos alejamos de la cálida textura de nuestro barrio... Vivimos rápido, consumimos rápido. Y como consumimos rápido, siempre nos perdemos las pequeñas alegrías de la vida.
En fin, no queda rastro de las fiestas del pasado, pero hay que ver que este año hemos entrado en la fiesta con una tristeza adicional. ¿Qué nos importa la fiesta cuando hay jóvenes encarcelados por ejercer su derecho constitucional a la manifestación y la protesta? Los funcionarios del gobierno cargan contra los jóvenes como si ellos nunca hubieran sido jóvenes, nunca hubieran protestado, nunca hubieran buscado sus derechos... Sin embargo, muchos de los políticos que hoy hacen política en el AKP pasaron su juventud en protestas callejeras buscando sus derechos. ¿Lo que en su día fue un derecho para ustedes, señores, no es un derecho para los jóvenes de hoy?
Echamos mucho de menos las fiestas del pasado y la unión, pero sobre todo echamos de menos la libertad y la paz. Hemos llegado a añorar incluso los años 90, que tanto criticamos en términos de clima democrático. ¿No les parece que hay algo extraño en todo esto?
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