Crecí en la línea Yoroz, Faroz, Moloz.
Nací en Faroz.
Para quienes no lo saben, digamos que es el barrio portuario donde nació el Trabzonspor, famoso por sus hombres duros.
El reflejo de Liverpool.
Allí conocí el juego por primera vez.
Ya no recuerdo cuánto dinero teníamos en el bolsillo, pero jugábamos por diversión con los amigos en lo que se llamaba un café, un tugurio destartalado debajo de una escalera.
Al terminar la partida, cada uno recuperaba su dinero; no había ni ganadores ni perdedores.
Luego comenzó la aventura americana.
Conocimos Atlantic City, a 2 horas de Nueva Jersey y Nueva York.
A orillas del Atlántico, un auténtico pueblo de veraneo.
Un casino enorme, resplandeciente de luces.
Sin saber si era de noche o de día.
Un aparcamiento de decenas de plantas que no terminaba nunca.
Cientos de máquinas tragaperras, mesas con tapete verde, bolas de ruleta girando en la rueda.
Las hermosas crupiers dando la orden de "no more bets", es decir, "las apuestas están cerradas".
Los extraños sonidos de las máquinas cuando alguien ganaba el gran premio.
Bufés libres y gratuitos donde la langosta era abundante.
Salas de conciertos.
Año 1995.
Antes de ir a Atlantic City, nos entreteníamos en los parques de atracciones de Ocean City.
En esas zonas, al no haber inmigrantes, observábamos el estilo de vida americano más de cerca.
En Atlantic City estaba el casino del presidente Trump.
Tampoco tenía mucho dinero en el bolsillo, pero me enganchaba por diversión.
La entrada era libre.
Pasaba el tiempo con un presupuesto de cien dólares y comía y bebía gratis.
Para un chico de Faroz, no era un mal ambiente.
Aunque a veces llegaba a ganar entre 500 y 600 dólares, al final dejaba todo lo que tenía en la caja de Trump.
Como ahora, vaya.
Siempre ganaba Trump.
Como el casino estaba lejos del centro de la ciudad, era imposible ir continuamente.
Hacía falta mucho tiempo libre.
Igual que Batumi o Chipre.
Pero con el juego virtual las cosas cambiaron.
El juego virtual, que se desarrolló especialmente tras la pandemia, pasó a otra dimensión.
Entró en nuestro bolsillo.
Quienes, como nosotros, en su primera juventud —y aún seguimos en esa primera etapa— no se dedicaron a estas cosas, se dieron de bruces contra la pared.
Se convirtieron en víctimas del juego virtual.
Casi no hay nadie que no apueste.
Incluso niños y familias enteras se han sumergido en esto.
Oímos hablar de personas que han perdido su casa y su coche y encima se han endeudado.
Los divorcios también se han convertido en la primera causa.
Por ahora llega a las noticias a través de suicidios individuales.
Muy pronto seremos testigos también de suicidios colectivos.
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