Hubo un tiempo en que existía la leyenda del T500, el autobús sobre el que nunca se ponía el sol.
Iba de un extremo a otro de Estambul.
Luego se inventó el Metrobus.
El invento del siglo.
Dicen que transporta 1,5 millones de pasajeros al día.
Después, el Marmaray.
Este también transporta cerca de 1 millón de pasajeros.
De un extremo al otro.
El Marmaray es extremadamente cómodo.
El Metrobus, en cambio, es extremadamente incómodo.
Se sacude tanto que es imposible soportarlo.
A los conductores ya los han dado por perdidos.
Está claro que quedarán fuera del sistema a una edad temprana.
Porque tanto la carretera está en mal estado como los vehículos son viejos.
Vibran estrepitosamente.
Los órganos internos se desplazan.
La columna vertebral presiona la articulación de la cadera.
Los latidos del corazón y el pulso se disparan.
Los pasajeros que no se cansan tras trabajar 10 horas, terminan agotados en el Metrobus.
Es funcionalmente muy eficiente, pero su comodidad es nula.
Podría apostar a que acorta la vida de las personas.
Para los usuarios habituales del Metrobus, la jubilación por invalidez es una necesidad.
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