La comida grasienta altera el metabolismo.
El colesterol aumenta y la presión arterial pierde su equilibrio.
El dinero desequilibrado también arrasa con todo campo en el que entra.
Ya sea la educación o cualquier otro ámbito.
Podemos incluir la religión y la política en estos campos.
El deporte, sin embargo, encabeza la lista.
Cuando el factor multiplicador alcanza un nivel que corrompe la moral de las personas, el algoritmo se convierte en un "que Dios nos ayude".
En la Superliga, cuando el factor multiplicador se salió del marco de la lógica, el equilibrio de todos, desde el encargado de material hasta el presidente, incluidos los árbitros, se vio alterado.
Las casas de apuestas han dejado fuera del sistema a los clubes que invertían en los árbitros.
Los árbitros ya no necesitan prebendas de los presidentes de los clubes.
Los intermediarios ya no negocian en secreto en habitaciones de hotel.
Se valen por sí mismos.
No sé si esto es lo que llamaban fútbol autónomo, pero ya no hacen caso a nadie.
Ni la palabra del presidente del club ni la del presidente de la federación tienen peso.
Ni siquiera el Comité Central de Árbitros tiene ya autoridad.
Su brújula moral son los barones del juego.
Como ven, son totalmente independientes.
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