La humanidad ha recorrido un largo camino en los últimos 300 años.
Cuando observamos los primeros asentamientos con una historia que supera los diez mil años, como Çatalhöyük, Göbeklitepe y el túmulo de Küllüoba, vemos que no hubo cambios dramáticos hasta casi el inicio de la revolución industrial.
Las imágenes y figuras divinas dibujadas en piedras y paredes demuestran que tenían creencias que no podían definir.
Este sistema perduró casi sin cambios durante miles de años.
En otras palabras, el ser humano, que era cazador-recolector, desconectó los aparatos al pasar a la vida sedentaria con la agricultura.
El cambio y la transformación que comenzaron después de 1700 con la energía del agua y el vapor pasaron a otra fase después de 1950.
La cuarta revolución industrial, que comenzó bajo la presión de la Segunda Guerra Mundial, permitió un crecimiento logarítmico en la inteligencia humana.
Con la riqueza en el sistema de alimentación y los apoyos biológicos, la nueva generación, llamada generación Z y Alfa, permitirá nuevas transformaciones.
Porque son muy inteligentes.
Los países que diseñen su sistema educativo según la actualidad lograrán mantenerse sobre la ola y generar prosperidad, mientras que los demás lucharán por no ahogarse entre los perros.
En este contexto, al observar las imágenes de las estructuras llamadas comunidades que aparecen frecuentemente en mis redes sociales estos días, queda claro que en un futuro cercano serán empujadas fuera del sistema.
La resistencia al cambio y la transformación se hace evidente.
No pueden integrar el sistema de creencias con el sistema de pensamiento.
El lóbulo frontal, la corteza frontal o lobus frontalis, situado en la parte anterior del cerebro y responsable del pensamiento consciente, es una zona que estas estructuras se resisten a utilizar. Debido a que sus aspectos topológicos y fisiológicos son extremadamente similares —quizás porque se alimentan constantemente del mismo plato común en el mismo entorno—, estas estructuras no se enfrentarán a la vara de los Estados ni de sus rivales, sino que, bajo la filosofía de "yo me lo guiso, yo me lo como", tendrán dificultades para encontrar adeptos.
Es decir, las sectas y comunidades sufrirán mucho en este proceso y se quedarán sin aliento.
Se verán obligadas a migrar a las regiones aisladas del mundo.
Naturalmente, no podrán ser parte de los sistemas civilizados.
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