Estamos viviendo la mayor fluctuación económica de los últimos años.
Aunque el deterioro que comenzó tras la pandemia continuó con la guerra en Rusia, las fluctuaciones que siguieron al desastre del siglo, el terremoto, han agravado aún más el problema.
Hace poco, en un restaurante muy lujoso y caro —donde, por cierto, no pagué yo—, me intoxiqué con una pizza.
Supongo que los champiñones, que llevaban meses en el congelador y que deberían haber sido desechados, se añadieron a la pizza por motivos de costes, lo que me revolvió el estómago.
Apenas pude pasar la noche. Mi sistema digestivo, tratando de protegerse, intentó expulsar el veneno tanto por arriba como por abajo.
Tras una noche tormentosa y con ayuda de medicación, logré recuperarme durante el día, pero el efecto del veneno tardó más de una semana en desaparecer por completo de mi cuerpo.
Como pueden ver, no importa cuán lujoso o caro sea el restaurante al que vayan o el hotel en el que se hospeden, la filosofía de coste mínimo y beneficio máximo ha estropeado los circuitos.
El aumento de los alquileres y de los costes de personal y operativos ha dejado a los negocios al borde de la quiebra.
Se ha empezado a utilizar lo más barato de todo.
La seguridad ha sido ignorada.
El asunto se ha convertido en un "a ver si hay suerte".
Será mejor que entremos en razón y no nos movamos demasiado.
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