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El turco que no es Atila, el griego que es Agamenón

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Atila, en la lectura histórica griega, simboliza al turco agresor, bárbaro e invasor. Atila es el caudillo de los hunos europeos, el terror de la Roma Oriental y la Roma Occidental (Bizancio) en el siglo V d.C. Desde la perspectiva de la cultura cristiana europea, es el otro que evoca connotaciones negativas. Agamenón, por su parte, es el comandante en jefe del ejército unido de las ciudades-estado griegas de la antigüedad durante la expedición a Troya, mencionado en la Ilíada de Homero.

Visto desde la otra orilla, los estadistas y líderes turcos son cada uno un Atila. Los líderes de la oposición también son potenciales Atilas. En el pasado reciente, el único líder que no fue calificado como Atila por Grecia fue Erdoğan. Nos referimos a la visita que el líder del AKP, Erdoğan, realizó a Grecia en 2002, antes de ser elegido diputado.

Es momento de recordar la visita a Atenas de Erdoğan, hace ya 22 años, cuando fue recibido con el protocolo de primer ministro a pesar de no ser ni siquiera diputado. En la reunión de casi dos horas que mantuvo en la oficina del primer ministro con el entonces jefe de gobierno griego, Kostas Simitis, no solo no se utilizó intérprete, sino que tampoco se permitió la presencia del embajador de Turquía en Atenas, Yiğit Alpogan, ni de los subsecretarios Akın Alptuna y Baki İlkin, y no se levantó acta de la misma.

En la rueda de prensa conjunta posterior a la reunión, Erdoğan comenzó diciendo: “Me siento complacido de estar en Atenas, la hermosa ciudad donde nació la democracia y por donde pasaron Platón y Sócrates”, y concluyó sus palabras afirmando: “No vemos a Grecia como nuestro rival histórico, sino como nuestro vecino más cercano y nuestro socio estratégico del mañana”.

La importancia de la visita de Erdoğan, quien se reunió con el presidente del partido Nueva Democracia, Kostas Karamanlis, el alcalde de Atenas, Dimitris Avramopulos, y representantes de organizaciones de la sociedad civil, así como las expectativas de futuro para Grecia, fueron expresadas por el ministro de Asuntos Exteriores griego, Yorgo Papandreu: “Una reunión histórica. Por primera vez en años, no vimos a un Atila frente a nosotros”.

Han pasado 22 años, tiempo más que suficiente para entender lo que significó para Turquía la satisfacción de la otra orilla ante un nuevo líder que no encajaba en el perfil de Atila. Ojalá los líderes griegos también tuvieran las características que hicieran que la parte turca dijera: “Por primera vez, no vimos a un Agamenón frente a nosotros”.

A juzgar por las declaraciones realizadas tras la reunión entre Erdoğan y Mitsotakis el 13 de mayo, parece que la actitud tradicional de la parte griega no ha cambiado en absoluto. Se entiende que, en el Egeo, en Chipre y en diversos temas que conciernen a ambas partes, la otra orilla mantendrá su postura contraria a Turquía tal cual.

A diferencia del discurso de “ganar-ganar” de Erdoğan, es evidente que en la reunión del 13 de mayo no se obtuvo nada que pudiera registrarse como una ganancia para Turquía. Por un lado, una Grecia que busca oportunidades para extender sus aguas territoriales a 12 millas y que hace cálculos para añadir nuevas islas, islotes o rocas a las que ya ocupa. Por otro lado, una Turquía que parece haber perdido hace tiempo sus reflejos decididos y disuasorios, centrados en el interés nacional, que no cambian según los gobiernos de turno.

Dos líneas diferentes, dos identidades diferentes a ambos lados del agua: por un lado, una Turquía que ha renunciado a ser Atila, y por el otro, una Grecia que insiste en ser Agamenón.