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¿Institucionalidad estatal o individualismo?

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Lo que hemos vivido y presenciado ha dado la respuesta correcta a la pregunta anterior en decenas de ocasiones. Todos somos testigos de cómo Turquía se ha quedado sola en la región y en el mundo cuando se insiste en gobernar mediante caprichos individuales en lugar de la institucionalidad estatal. Observamos con preocupación cómo se alteran los delicados equilibrios del país y cómo se transforma en una crisis de régimen cuando la Gran Asamblea Nacional de Turquía (TBMM), órgano de legitimidad de la voluntad nacional, es efectivamente marginada. Estamos aprendiendo por experiencia que renunciar al Estado de derecho, basado en la separación de poderes entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial, significa renunciar a la democracia.

La pesada factura de los pasos dados sin calcular los posibles efectos para Turquía de la ruptura de las estructuras unitarias de Irak y Siria está ante nosotros. Más allá de observar con indiferencia la excavación imperial a ambos lados del edificio de Turquía, la factura que traerá consigo su política facilitadora se nos presentará en un futuro próximo. Nos enfrentamos al callejón sin salida al que ha arrastrado al país una política cotidiana que tiene problemas con la ecuación fundacional de la República, que no puede mirar al mundo desde la ventana objetiva de las relaciones internacionales, que no puede ver los equilibrios de poder y que no puede prever las posibles consecuencias de los pasos dados.

¿Podremos mantenernos al margen del apocalipsis que se avecina, mientras se dice abiertamente que, tras la desintegración de las estructuras centrales de Irak y Siria, le toca el turno a Irán, y se muestra el garrote abiertamente, no de forma velada? ¿Podremos esta vez volver a la institucionalidad estatal y a la razón de Estado en lugar de a las fantasías individuales? ¿Podremos mostrar la sensibilidad y la resistencia necesarias contra los proyectos imperiales dirigidos a Turquía? Las respuestas correctas a estas preguntas solo cobrarán sentido si se vuelve a la política tradicional creada en línea con la ecuación fundacional de Turquía.

En un proceso en el que la parcelación de Oriente Medio se está poniendo en práctica de acuerdo con cálculos imperiales, no es posible gobernar el país con caprichos individuales que no tienen correspondencia en el mundo real. Es imperativo dejar de gobernar el Estado y el país con fantasías personales y volver a la institucionalidad estatal. La unidad que se logre entre los partidos políticos, las organizaciones democráticas de masas, los sindicatos y los círculos empresariales sobre la base de un retorno a la separación de poderes y al Estado de derecho es el único punto de salida para Turquía.

Para que Turquía pueda superar los problemas a los que se enfrenta, para que el barco del Estado pueda seguir navegando sin encallar y para que pueda salir de este caos sin reducir su geografía política, es una necesidad inevitable e inaplazable lograr el consenso más amplio posible basado en la democracia y el Estado de derecho.

Al concluir nuestro artículo, lleguemos a la intención con la que se dicen palabras como “paz y democracia, detener el derramamiento de sangre”, que se han mencionado con frecuencia en los últimos días. Se está pidiendo una parte de la escritura de propiedad de Turquía, y se pretende convertir en disposición constitucional la eliminación de la definición de Nación Turca y la división en compartimentos étnicos a través de identidades subyacentes. Debe saberse que legitimar el movimiento separatista, que lleva años en una insurrección armada con este fin, significaría el suicidio de Turquía.

A quienes se dejan llevar por esta demagogia, les recordamos una vez más que no existe otra fórmula para detener el derramamiento de sangre y garantizar la paz y la fraternidad que el Estado de derecho y la democracia, que no excluyen la estructura unitaria del Estado-nación.