Se acerca otra festividad.
En un extremo de la mesa hierve la olla, en el otro, la factura de la electricidad.
En los grupos de WhatsApp circulan mensajes de "Feliz festividad"; pero algunos están vacíos de contenido, y otros, con los bolsillos ya vacíos.
El poder adquisitivo de los ciudadanos se erosiona día tras día. Desde los productos alimenticios básicos hasta los costes de vivienda, pasando por el transporte y la energía, los precios se multiplican en todos los ámbitos.
Según el TÜİK, la tasa de quienes se sienten felices este año ha caído al 49,6%.
Turquía es oficialmente infeliz.
¡Incluso quejarse en voz alta en la calle es arriesgado!
Porque en este país, ya no solo es ser infeliz, sino que decir en voz alta que uno es infeliz parece ser un delito.
Alcaldes electos son destituidos, encarcelados en oleadas de operaciones, y la voluntad del pueblo es desechada por motivos arbitrarios.
Quienes protestan están en todo momento bajo la presión de la cárcel.
¿Y los que quedan atrás? ¡Ellos también mantienen el silencio para que "no nos pase nada"!
El coste de la vida se ha convertido en la mayor preocupación del pueblo.
Las bolsas de la compra se han aligerado, las mesas se han simplificado y la ropa de fiesta se ha quedado en los escaparates.
Incluso aquel viejo dicho de "las subidas de precios vendrán después de la festividad" ya no es sincero; las subidas ya están aquí siempre.
Aun así, a pesar de todo este panorama, seguimos celebrando la festividad.
Quizás por costumbre, quizás por terquedad.
Quizás somos tan tercos que, en estas tierras, podemos compartir incluso la infelicidad y aun así decir "Felices fiestas".
Incluso aquellos que tienen a un hermano detenido, un hijo desempleado o un cónyuge bajo presión siguen besando manos y ofreciendo hospitalidad.
Esto es una gran resistencia.
Saludarnos unos a otros es casi un acto político hoy en día.
Porque alguien quiere que nos aislemos.
Que cancelemos tanto las festividades como los sueños.
Pero nosotros, con terquedad, preparamos el té. Ponemos un plato de galletas caseras en la mesa.
Y quizás sea precisamente por eso que todavía hay esperanza.
Turquía es infeliz.
Pero hay millones que todavía se guiñan el ojo, que todavía dicen "Felices fiestas".
Y en este país, a pesar de todo, celebrar la festividad es, hoy, quizás la mayor resistencia civil.
¡Felices fiestas, Turquía! Sin detenciones, sin subidas de precios, sin silencios, sin pobreza, con el sueño de la felicidad....
felices fiestas…
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