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Negociaciones en el eje EE. UU.–Irán: No es un acuerdo, sino un cálculo de costes

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Las negociaciones previstas entre Estados Unidos e Irán para el 6 de febrero en Mascate, la capital de Omán, representan un umbral notable en términos de trasladar a un terreno diplomático la tensión que persiste desde hace mucho tiempo. Aunque ambas partes han expresado su disposición a negociar, los acontecimientos sobre el terreno demuestran que el proceso sigue siendo frágil. Los ejercicios militares planeados por Irán en el estrecho de Ormuz y el derribo de un vehículo aéreo no tripulado iraní cerca de un buque de guerra estadounidense demuestran que la tensión continúa. 

Se observa que Estados Unidos cambia constantemente su política respecto a Irán. El presidente estadounidense, Donald Trump, quien hizo declaraciones de apoyo a los manifestantes durante las protestas en Irán, puso sobre la mesa la intervención militar y envió buques de guerra al Golfo durante ese proceso. Sin embargo, con la represión de las protestas y la relativa calma de la situación, se observa que Estados Unidos ha cambiado su estrategia. Esto demuestra que, en su política hacia Irán, Estados Unidos adopta un enfoque moldeado por los acontecimientos más que una estrategia clara y a largo plazo.

A pesar de esto, la tensión entre ambos países no se ha convertido hasta ahora en un conflicto militar directo y a gran escala. Han predominado los discursos duros y los mensajes de disuasión. Mientras que el hecho de que Estados Unidos e Israel pongan sobre la mesa opciones militares de vez en cuando aumenta la tensión, Irán prefiere mantener abiertos los canales diplomáticos. Esta preferencia puede explicarse por los cálculos estratégicos de que el coste militar y económico de una posible guerra sería elevado para Irán. Además, los pasos dados por la Unión Europea para incluir a la Guardia Revolucionaria en la lista de organizaciones terroristas en respuesta a las pérdidas de vidas durante las protestas también han ejercido una presión psicológica sobre Irán y han sido uno de los factores que han llevado al país a negociar.

Con el inicio del proceso de negociación, los temas a tratar también se han vuelto más claros. La parte estadounidense plantea la limitación de las actividades nucleares de Irán, la retirada del uranio enriquecido fuera del país, la limitación del alcance de los misiles en el marco de la seguridad de Israel, las relaciones de Irán con las fuerzas subsidiarias en la región y el respeto del gobierno iraní hacia su pueblo. Irán, por su parte, quiere que las negociaciones se lleven a cabo únicamente en el marco del programa nuclear. Para Irán, aceptar todas las condiciones de Estados Unidos conlleva riesgos graves en términos de soberanía y percepción de seguridad. Por esta razón, mientras Irán da señales de compromiso para limitar sus actividades nucleares a fines defensivos y pacíficos, se muestra cauteloso en otros temas.

Desde la perspectiva de Estados Unidos, no se ha descartado por completo la posibilidad de un ataque simbólico para proteger su reputación en términos de disuasión, algo que no ha logrado obtener en la mesa de negociaciones. Además, es probable que Estados Unidos no abandone sus actividades destinadas a derrocar al régimen en Irán, que continúe apoyando a los manifestantes y que siga utilizando elementos diplomáticos y económicos para ello. Sin embargo, no debe pasarse por alto que estas posibilidades podrían complicar aún más el proceso de negociación.

El lugar de las negociaciones también ha sido uno de los temas de debate. Se decidió que las conversaciones, que inicialmente estaban previstas para celebrarse en Estambul, se llevaran a cabo en Omán a petición de Irán y mediante una reunión bilateral. Aunque Estados Unidos reaccionó inicialmente a este cambio, posteriormente lo aceptó. Aunque algunos sectores en Turquía criticaron esta preferencia, no debe olvidarse que, en un proceso tan delicado, el asunto principal es que las partes acepten sentarse a la mesa, más que dónde se celebre la reunión. El cambio de lugar tampoco significa necesariamente que las negociaciones vayan a tener un resultado positivo.

¿Por qué Omán?

Omán es un país que destaca desde hace mucho tiempo por su neutralidad en las crisis regionales y globales, y que ha convertido su papel de mediador en un elemento importante de su política exterior. Para Irán, Omán es un actor en el que confía y que ha albergado procesos diplomáticos que han dado resultados en el pasado. De hecho, una parte importante de las conversaciones indirectas llevadas a cabo entre Estados Unidos e Irán en 2024–2025 tuvo lugar en Mascate.

Una de las razones principales por las que Irán insistió en Mascate es el deseo de estar alejado de las presiones que podrían afectar el proceso de negociación. Se evalúa que, si bien no se ignoran las iniciativas de Turquía hacia la paz regional, se tomó esta decisión para evitar que las conversaciones en Estambul se convirtieran en una reunión regional de amplia participación y para evitar que el proceso de negociación adquiriera una dimensión política.

Se había anunciado que Egipto, Arabia Saudita, Catar, los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Omán y Pakistán también participarían en la reunión prevista en Estambul. El hecho de que estos países sean estados musulmanes creó la expectativa de que podrían ser efectivos en las decisiones que se tomaran a favor de Irán, pero al mismo tiempo, sus estrechas relaciones con Estados Unidos provocaron una contradicción.

Los objetivos de Estados Unidos

El hecho de que Estados Unidos mantenga constantemente sobre la mesa planes de ataque, ya sea por el lugar de la reunión o por las actividades nucleares de Irán, crea una clara contradicción con el apoyo que afirma haber dado al pueblo iraní durante las protestas. Este enfoque se convierte en una estrategia de presión que no solo apunta al gobierno iraní, sino directamente al pueblo iraní.

Se observa que Estados Unidos no ha renunciado a la idea de atacar a Irán. El enfoque de Estados Unidos hacia Irán no se limita únicamente al programa nuclear. Estados Unidos también tiene como objetivo tomar precauciones contra la posibilidad de que Irán cierre el estrecho de Ormuz, proteger sus bases en la región fortaleciendo su presencia en el Golfo y obtener concesiones más amplias de Irán. Los buques de guerra y los elementos militares enviados a la región pueden evaluarse como un mensaje de disuasión en este marco.

Si no se obtienen resultados en las negociaciones, Estados Unidos podría verse obligado a tener en cuenta las presiones de Israel para una intervención militar contra Irán, que se considera debilitado debido a las protestas y las dificultades económicas. Sin embargo, está claro que una posible guerra con Irán sería extremadamente difícil y costosa. De hecho, en la guerra Irán-Irak, que duró ocho años entre 1980 y 1988, Irán luchó no solo contra Irak, sino también contra numerosas potencias que apoyaban a Irak. Por esta razón, para Estados Unidos, en lugar de la desintegración de Irán, surge un enfoque según el cual un Irán con una autoridad central debilitada, una influencia regional limitada, débil y ocupado con problemas internos sería un actor más predecible para la seguridad de Israel y los intereses regionales de Estados Unidos. Además, el objetivo de Estados Unidos de reducir el espacio de Rusia y China en la lucha por la influencia en Oriente Medio está directamente relacionado con su política hacia Irán.

Por otro lado, los países del Golfo también son conscientes de los efectos devastadores de una posible guerra regional tanto en la seguridad como en la economía. Por ello, no quieren que estalle una guerra regional, expresando que no abrirán su espacio aéreo para operaciones militares. El tiempo dirá cuánto podrán resistir estos países, que perciben una posible guerra como una grave amenaza económica y de seguridad, a la hora de no permitir el uso de su espacio aéreo o de detener la guerra en un momento de crisis.

Conclusión

Este proceso de negociación que ha comenzado entre Estados Unidos e Irán debe leerse más como un esfuerzo por reducir la tensión y limitar los costes que como una búsqueda de un acuerdo en el que las partes renuncien a sus objetivos fundamentales. Está claro que, en un posible conflicto militar, Estados Unidos podría encontrar un apoyo regional y global limitado, y que tal posibilidad, incluso si fuera de corta duración, generaría altos costes. Por esta razón, las negociaciones se centran menos en la pregunta de “quién hará concesiones” y más en “hasta qué punto se puede mantener la crisis bajo control”.