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Dioses digitales y la intimidad envidiada

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El fin de semana pasado vi la ópera Gilgamesh de Ahmet Adnan Saygun, puesta en escena por la Ópera y Ballet Estatal de Estambul en el Centro Cultural Atatürk. Fue una representación muy exitosa. 

La Epopeya de Gilgamesh es una de las narraciones más antiguas conocidas en la historia de la humanidad y no es solo una historia de heroísmo, sino un profundo cuestionamiento sobre el poder, la humanidad y la muerte. Gilgamesh, rey de Uruk, posee un poder extraordinario gracias a su identidad de semidiós. Sin embargo, este poder, en lugar de generar justicia, se convierte en opresión. Es un gobernante que presiona a su pueblo, ignora sus límites y utiliza su poder para su propio placer.

Los dioses, queriendo crear un equilibrio contra esta arrogancia de Gilgamesh, ponen a Enkidu frente a él. Enkidu es un ser humano puro. Alguien en contacto con la naturaleza, que vive con sus instintos y que aún no ha conocido el efecto corruptor del poder. Al principio, ambas figuras son enemigas. El poder y la humanidad están frente a frente. Sin embargo, con el tiempo, este conflicto da paso al intercambio. Cazan juntos, luchan juntos y se transforman juntos. En este proceso, no solo nace una amistad entre ellos, sino un vínculo auténtico. Y aquí es donde reside el punto más conmovedor de la epopeya. Este vínculo real no agrada a los dioses, porque la relación entre Gilgamesh y Enkidu no está tejida con poder, sino con experiencia humana. Esta cercanía es vista como una amenaza al orden absoluto de los dioses y Enkidu es castigado con la muerte. Para Gilgamesh, esta situación abre la puerta a enfrentarse por primera vez a la muerte y a la finitud.

Esta historia, contada hace miles de años, reaparece hoy en la era digital bajo otra forma.

Quizás ya no existan los dioses, pero hay nuevos focos de poder que han ocupado su lugar. Plataformas digitales, algoritmos, empresas de datos y sistemas de gestión invisibles. Estos son los nuevos dioses del universo digital. Ellos determinan qué vemos y qué no, qué es visible y qué es arrastrado al olvido. El concepto de intimidad artificial cobra sentido precisamente en este punto. Aunque en el mundo digital parece que las personas están más en contacto entre sí, gran parte de este contacto no es una cercanía auténtica, sino una forma de relación basada en el rendimiento. Un escenario de espectáculo emocional construido con «me gusta», comentarios y emojis de corazones.

El vínculo entre Gilgamesh y Enkidu estaba formado por la experiencia compartida, el encuentro cara a cara y los peligros compartidos. En el entorno digital, la intimidad se construye a menudo a través de cuadros seleccionados, rostros filtrados y seres narrativizados. No se pone en circulación la realidad, sino una representación estetizada de la realidad.

Desde una perspectiva sociológica, esto puede leerse como la mercantilización de la intimidad. La cercanía deja de ser un sentimiento interno y se convierte en un valor medible y consumible. Las cifras de interacción, los tiempos de visualización y las tasas de compartición se anteponen al contenido de la relación. Para las plataformas digitales, la intimidad auténtica es problemática, porque el vínculo real no se puede controlar. No se puede medir. Puede escapar al algoritmo. En cambio, la intimidad artificial está bajo control. Se puede dirigir. Se puede optimizar. Por esta razón, el sistema fomenta conexiones que están en contacto constante pero que permanecen en la superficie, en lugar de relaciones profundas.

En otras palabras, el orden digital actual no ama a Enkidu, sino a la antigua versión de Gilgamesh. Aquello que es poderoso, visible y controlable. El vínculo real es demasiado humano. Demasiado libre. Y, por lo tanto, es visto como una amenaza potencial. En este punto, cabe preguntarse: si florece una relación auténtica entre dos personas, ¿los dioses digitales le darán espacio? ¿O este vínculo también será descartado con el consentimiento silencioso del sistema, tal como ocurrió con Enkidu?

Quizás la mayor ilusión de la era digital sea esta: creemos que estamos cerca, pero en realidad solo estamos disponibles. Pensamos que somos íntimos, pero la mayoría de las veces solo somos visibles.

La Epopeya de Gilgamesh nos susurra esto: el vínculo real siempre incomoda al poder. Porque lo que hace humano al ser humano son sus emociones incontrolables. Y quizás la pregunta más impactante de hoy sea esta: ¿es todavía posible la intimidad real en el mundo digital, o esto también es solo lo que permite el algoritmo? Tal vez la tragedia de la era moderna no resida en la soledad del ser humano, sino en creer que no está solo.