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Familiaridad digital: La paradoja de la alienación

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En las redes sociales nos volvemos 'familiares' de cientos de personas cada día; pero cuando esta familiaridad no reemplaza los vínculos reales, profundiza aún más la soledad y la alienación.

Ahora nos "encontramos" con decenas, incluso cientos de personas cada día. Leemos debates sobre la agenda política en X, vemos los platos de desayuno de nuestros amigos en Instagram y somos invitados a la vida de personas que ni siquiera conocemos en TikTok en menos de un minuto. Todo esto nos da una sensación constante de familiaridad. Sin embargo, ignoramos el hecho de que esta intensa familiaridad, paradójicamente, hace que el individuo se sienta más solo y alienado.

Hoy en día, el algoritmo de TikTok nos presenta cientos de contenidos similares entre sí. La rutina matutina de un usuario, las recomendaciones de libros de otro o las entrevistas callejeras... Todo ello nos hace experimentar una sensación de familiaridad que se consume rápidamente. Sin embargo, este conocimiento suele ser unidireccional, performativo y superficial. Conocer los detalles de la vida de un influencer no significa que hayamos establecido un vínculo real con él. Esta situación reduce nuestras relaciones sociales a roles de "seguidor" y "observador".

Este proceso nos hace repensar el concepto clásico de alienación en la era digital. Tener cientos de amigos en Facebook, miles de conexiones en LinkedIn y, al mismo tiempo, no encontrar a nadie con quien sentarse a hablar de nuestros problemas es el ejemplo más llamativo de esta paradoja. El hecho de que las personas que hablaban con decenas de personas cada día a través de Zoom durante el periodo de pandemia se sintieran más solas que nunca después de apagar la pantalla fue, en realidad, una clara muestra de esta contradicción. Además, el distanciamiento social y los confinamientos profundizaban aún más esta soledad.

Como todos podemos notar al dar un paso atrás y reflexionar, la familiaridad digital no solo crea individuos solitarios, sino que también transforma las estructuras sociales. Los usuarios que comparten las mismas ideas en X se vuelven rápidamente familiares entre sí; pero esto elimina la posibilidad de debatir cara a cara con quienes piensan diferente. El resultado son cámaras de eco más profundas y polarizaciones más agudas. En el ámbito cultural, una serie de Netflix mantiene a millones de personas pegadas a la pantalla al mismo tiempo, creando una emoción común. Sin embargo, cuando esta comunión no se convierte en una charla de café o en un sentimiento compartido en la calle, no pasa de ser una "ilusión de unión".

Entonces, ¿cuál podría ser la salida? La reconstrucción de vínculos auténticos podría ser la solución que buscamos. Especialmente cuando pensamos en los jóvenes de la Generación Z y en los niños que definimos como la Generación Alfa, no es posible eliminar las redes digitales de nuestras vidas; y tampoco es necesario. El verdadero problema radica en poder complementar esta familiaridad superficial con vínculos más auténticos. Un pequeño evento organizado por estudiantes en el barrio o en una escuela, un club de lectura, animar juntos en un partido deportivo o preguntarle a un vecino "¿necesitas algo?", organizar reuniones o excursiones donde puedan reunirse físicamente en un grupo de pasatiempos al que pertenecen en las redes sociales... Este tipo de prácticas pueden ser el antídoto contra la alienación creada por la familiaridad digital.

Creo que la paradoja de la comunicación de nuestra era se esconde aquí: cada día conocemos a más personas en entornos digitales, consumimos más contenido y pensamos que estamos estableciendo más vínculos. Sin embargo, esta familiaridad deja tras de sí una soledad y una alienación cada vez mayores. La solución no reside en rechazar las conexiones digitales, sino en fortalecerlas con relaciones auténticas en la vida real.