Es una realidad concreta que, incluso en el siglo XXI, donde la globalización continúa a toda marcha, esta influye en el cambio y la transformación de los Estados-nación. Factores como la globalización de los mercados financieros e industriales, el creciente comercio electrónico, los efectos de los avances tecnológicos y la digitalización en la estructura estatal, así como la presencia efectiva de la Unión Europea, han provocado que las estructuras burocráticas centrales de muchos Estados-nación se reduzcan, se vuelvan más transparentes, flexibles e incluso se alejen del centralismo.
Se puede decir que en los países que quedaron fuera del sistema globalizado, los problemas económicos y sociales han aumentado, y la exclusión del sistema ha desencadenado pobreza y migración. Salvo algunas excepciones, no era posible sobrevivir sin adaptarse a la globalización.
Sin embargo, todos los dogmas conocidos sobre la globalización se vieron trastocados por la pandemia de Covid-19. Tras la crisis del Covid-19, la situación cambió debido a que la solidaridad entre países no se materializó en la medida esperada y a que las ventajas o desventajas indiscutibles de la posición geopolítica de cada nación se sintieron hasta la médula.
La importancia de la autosuficiencia para los países, junto con el auge de la logística y la seguridad, provocó que los Estados-nación volvieran a ponerse su armadura de acero.
Observemos que, tras el Covid-19, según el Informe de Riesgos Globales publicado por el Foro Económico Mundial en 2022, los riesgos más graves a escala global para la próxima década consistían en temas como la crisis climática, los fenómenos meteorológicos extremos y repentinos, la pérdida de biodiversidad, la crisis de los medios de subsistencia, las enfermedades infecciosas, la crisis de los recursos naturales, la crisis de la deuda y los conflictos geoeconómicos.
En el informe, que abordaba especialmente el creciente progreso financiero, tecnológico y científico de China en la región, se señalaba que las tensiones geopolíticas también se habían extendido al ámbito económico. Las dificultades cada vez mayores de los países occidentales para hacer negocios con China y Rusia habían llevado a definir las oposiciones geoeconómicas como una amenaza importante a medio y largo plazo. En este contexto, el informe indicaba que las tensiones geopolíticas y geoeconómicas dificultarían aún más el afrontar desafíos globales comunes, como el cambio climático.
La tendencia de los Estados-nación hacia una mayor autosuficiencia tras el Covid-19 generó un sentimiento de escepticismo hacia la globalización. El enfoque estrecho de los intereses nacionales provocó que los Estados-nación se volvieran más introspectivos y priorizaran la autosuficiencia mediante el desarrollo de sus propios recursos. Con la crisis de la pandemia, la competencia geopolítica se había acelerado.
Hoy en día, para interpretar correctamente los acontecimientos mundiales, es importante volver a los puntos de inflexión clave y revisar lo que se escribió y predijo en aquellos momentos. La pandemia es uno de esos puntos de inflexión importantes. Ahora, la globalización, que tropieza tras el Covid-19, choca contra las barreras de los Estados-nación y percibe las oposiciones geoeconómicas como una amenaza.
Además, esta dura lucha y los dolores que genera no parecen terminar fácilmente.
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