He estado en bastantes países del mundo.
He realizado muchas observaciones.
A la luz de los datos matemáticos que he obtenido, he comparado los niveles de bienestar de los países.
La situación de la mayor parte de la población de ocho mil millones de personas ya es evidente.
Los datos indican que el número de personas que tienen acceso a agua potable en sus hogares no supera los mil millones.
El número de quienes poseen una vivienda habitable no es mayor que eso.
Pero los datos tampoco son muy alentadores para Estados Unidos, la superpotencia mundial.
No lo digo yo.
Lo dice el famoso senador estadounidense de edad avanzada, Bernie Sanders.
¿Servicios de salud? "Arréglense como puedan".
¿Vivienda? "No hay nada que podamos hacer".
¿Precios de los alimentos? "No tienen suerte".
¿200 mil millones de dólares más para la guerra? "No hay problema, de inmediato".
Los estadounidenses —demócratas, republicanos, independientes— están hartos de las guerras interminables.
"Deberíamos usar nuestros recursos dentro del país", dicen.
Una gran parte de los ciudadanos de un país que se comporta como un matón en el mundo, que lanza bombas sobre quien quiere y mata a niños sin pestañear, vive en la miseria, sin seguridad y sin educación.
Y nadie se atreve a mirar mal a este país de vaqueros podridos.
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