En Turquía, cuando el calendario marcaba el 6 de febrero de 2023, el tiempo se detuvo antes del amanecer. La tierra tembló de repente; el terremoto con epicentro en Kahramanmaraş no solo destruyó edificios, sino también la confianza de la sociedad. Este gran desastre, que afectó profundamente a 11 provincias, trastornó la vida de 14 millones de personas; dejó un pesado costo social con más de 53 mil pérdidas humanas y más de 107 mil heridos. Quienes sobrevivieron, abandonaron sus hogares y emigraron.
Aunque este grave balance se califica a menudo como el 'desastre del siglo', revela una ruptura estructural y sistémica demasiado profunda para ser explicada únicamente por un fracaso técnico o administrativo. La tragedia vivida no debe evaluarse simplemente como un evento sísmico-tectónico; debe leerse también como una situación que requiere reflexionar sobre la capacidad administrativa e institucional de Turquía y su sentido de responsabilidad.
A pesar del tiempo transcurrido, la pregunta fundamental que debemos hacernos sigue siendo: ¿es el evento al que nos enfrentamos realmente un 'desastre natural', o es el resultado visible de debilidades administrativas, sociales y morales acumuladas durante muchos años? Desde Erzincan hasta Gölcük, desde Van hasta Esmirna, esta geografía nos grita una sola cosa: en estas tierras, el terremoto no es una excepción, sino una realidad real y estructural. Sin embargo, a pesar de esta experiencia histórica, en cada terremoto se activa un mecanismo de defensa envuelto en un discurso de 'destino' y asombro, como si fuera la primera vez que nos enfrentamos a ello. No obstante, las fallas geológicas son naturales; pero el tipo de ciudad que se construye sobre esas fallas es una cuestión puramente de elección política.
Ulrich Beck, al introducir el concepto de 'Sociedad del Riesgo', afirma que los peligros del mundo moderno ya no son 'destino', sino resultados producidos por la mano del hombre. El terremoto del 6 de febrero fue la confirmación más dolorosa de esta tesis en Turquía. La destrucción que vivimos no fue solo la de la corteza terrestre; fue el escombro de décadas de urbanización no planificada, de amnistías de construcción distribuidas por preferencias políticas y de ciudades gestionadas con una mentalidad de 'ya servirá'. Así, el terremoto dejó de ser una sorpresa de la naturaleza para convertirse en la factura inevitable de las desigualdades sociales.
Quienes mejor explicaron esto fueron quizás los novelistas antes que los científicos sociales. En el mundo de Yaşar Kemal, la naturaleza es dura, pero lo que mata y deja al ser humano indefenso es el sistema. En los barrios marginales de Orhan Kemal, el desastre no aparece de la noche a la mañana; se acumula infiltrándose en la pobreza. Hoy el panorama no es diferente. Como dijo David Harvey, mientras las ciudades se transforman en espacios donde el capital entierra sus crisis; como advirtió Mike Davis, los pobres fueron colocados justo en medio de estas crisis, en los edificios más vulnerables. Quién sobrevivió y quién quedó bajo los escombros no dependió de la justicia de la naturaleza, sino de preferencias de clase y espaciales.
En Turquía, el riesgo de terremoto se ha abordado durante mucho tiempo con amnistías de construcción y aplicaciones a corto plazo en lugar de una planificación integral basada en principios científicos; los resultados estructurales creados por este enfoque generan un costo social cada vez más pesado. Las metrópolis con alto riesgo sísmico, como Estambul y Esmirna, aún no parecen haber interiorizado suficientemente las lecciones de los terremotos del 6 de febrero de 2023 a nivel institucional y administrativo. La polarización y las tensiones políticas entre la administración central y los gobiernos locales en nuestro país complican y retrasan los procesos de transformación urbana desde una perspectiva administrativa; esta situación hace que las vulnerabilidades urbanas y las debilidades estructurales existentes sean aún más visibles.
Las prácticas de espera que surgieron en las zonas de escombros tras los terremotos del 6 de febrero han demostrado que el desastre apunta a una crisis de gobernanza multidimensional que no se limita solo a la destrucción física. Las voces que venían de los escombros, más allá de las expectativas individuales de rescate, pueden evaluarse como indicadores empíricos que hacen visibles los umbrales de la capacidad de intervención pública, el funcionamiento de la coordinación institucional y las fallas estructurales en la gestión de desastres. En este sentido, la experiencia del desastre ofrece un corte crítico donde los procesos de preparación, intervención y organización del Estado son puestos a prueba simultáneamente.
En Turquía, el riesgo de terremoto ya no es una posibilidad, sino una realidad a la que podemos enfrentarnos en cualquier momento. Pero, en el punto al que hemos llegado, seguir sin poder producir una política pública integral, basada en la ciencia y coordinada, no es solo una deficiencia técnica; es también una situación en la que se ponen a prueba la confianza social, la responsabilidad pública y la capacidad administrativa. El enfoque de 'gestión continua centrada en el riesgo' que aplica Japón demuestra que los pasos correctos solo pueden darse no solo con capacidad técnica, sino con una mentalidad que tenga fuerza legal y financiera y que fortalezca la confianza social.
Los "Planes Maestros de Terremotos" de nuestras ciudades deben dejar de ser documentos que esperan en estantes académicos. Estos planes deben actualizarse, independientemente de la coyuntura política, y convertirse en un marco aplicable y auditable. La resiliencia urbana no es una promesa electoral; es una responsabilidad pública impostergable que protege el derecho a la vida.
El 6 de febrero debe verse como un punto de inflexión en este contexto. Hacer que nuestras ciudades sean más resilientes, poner los datos científicos por delante de la política y garantizar la justicia espacial permite proteger no solo los edificios, sino también la confianza social. Lo que hay que hacer hoy no es lamentarse tras el desastre; debe ser planificar el futuro, prever los riesgos y asumir responsabilidades. La naturaleza sigue su curso, pero las consecuencias de la negligencia pueden reducirse con pasos evitables; siempre que podamos aplicar las lecciones correctamente.
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