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Celebridades, redadas y la verdadera locura que pasa desapercibida

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Desde el día en que comencé en esta profesión, repito la misma frase:

Si ustedes ven un incidente, nosotros somos testigos de al menos diez veces más.

Ustedes leen sobre un accidente de tráfico en las noticias; sepan que de los 15 o 20 accidentes que ocurrieron ese día en el país, se ha elegido el más "útil". El que tiene más muertos, la historia más dramática, el que es lo suficientemente sangriento como para ocupar los titulares... El resto se entierra silenciosamente en las estadísticas.

Mientras ustedes dicen "vaya", nosotros leemos una y otra vez cómo ocurrieron esos accidentes, qué negligencia los causó, quién no pudo pisar el freno y aceleró, quién sufrió un infarto al volante. Por eso los periodistas suelen ser un poco insoportables en su entorno cercano.

Comenzamos diciendo "tengan cuidado" y no podemos callarnos sin contar el escenario de catástrofe.

Esto no es solo una deformación profesional; es el precio irritante de saber demasiado.

Turquía lleva días hablando de las operaciones contra las drogas dirigidas a celebridades. Presidentes de clubes, directivos de medios, rostros de televisión, artistas... A medida que la lista crece, también lo hacen los rumores. Las acusaciones que circulan a puerta cerrada son asombrosas. Pero lo interesante es esto: todos los detenidos, todos los que han prestado declaración, coinciden en la misma frase:

"Asesinato de reputación".

"Operación de percepción".

¿Pero es realmente así?

¿O es que donde hay humo, hay fuego?

El tiempo lo dirá. Pero el verdadero problema no es la captura de unos pocos famosos o de sus chóferes. ¿Por qué se establecen estas relaciones, quién gana, quién protege, gracias a quién gira esta rueda? Esas son las verdaderas preguntas.

En medio de este caos, después de mucho tiempo, encendí la televisión. No desde las agencias, no desde los rumores... Miré al país desde los noticieros principales. Recorrí los canales, desde los progubernamentales hasta los de la oposición. Vi unos 30 o 40 reportajes.

Y vi lo siguiente:

La verdadera agenda de Turquía no son las celebridades, ni las redadas antidrogas, ni el precio del oro, ni las subidas y bajadas de la bolsa, ni Trump, ni Putin.

La verdadera agenda es la locura.

Aquellos que, para pagar una deuda de apuestas ilegales, apuñalan a su vecino junto con su esposa para robarle sus brazaletes...

Aquellos que, tras pelearse con su socio, lanzan una granada de mano a la tienda de su padre...

Aquellos que patean el vehículo de una conductora porque no les cedió el paso en el tráfico...

Este es un país donde un niño de 12 años dispara a un director de escuela con un rifle.

Un socio le tiende un arma diciendo "dispárame", el otro aprieta el gatillo sin dudar; no es suficiente, también disparan a la esposa que se interpone. Incluso un perro recibe su parte de la locura y muerde al herido en el suelo.

No exagero. Todo esto fue contado uno por uno en los noticieros principales.

En algunos canales con lujo de detalles, en otros señalando con flechas...

Nosotros, los periodistas, también hemos caído sin darnos cuenta en la "agenda pintoresca". Lo que antes llamábamos noticias de la tercera página, ahora son los titulares del país. El crimen crece como una bola de nieve; se convierte en una avalancha que se nos viene encima. Casi no queda nadie en la calle que no cometa un delito.

Desde los 12 hasta los 70 años, todos han tocado algún negocio ilegal:

Drogas, apuestas, prostitución, armas, violencia...

¿Pero no hay forma de detener esta decadencia?

¿Qué pasó para que la sociedad llegara a este punto?

En el Parlamento hay peleas todos los días. Insultos, puñetazos, gritos...

Sin embargo, la comisión que debería establecerse no es sobre quién le dijo qué a quién, sino una comisión sobre por qué esta sociedad ha llegado a este estado. Sociólogos, psicólogos y científicos sociales deberían reunirse. Porque el problema es una decadencia que trasciende la política.

La economía mejorará. La política se dará la mano. Quienes se pelearon ayer, se reconciliarán mañana.

Pero no es fácil reparar una sociedad que ha perdido sus valores morales y que escribe su propia ley en la calle.

Decir "que Dios los corrija" y retirarse tampoco es la solución. El deber más fundamental del Estado es garantizar la paz y la seguridad de su pueblo.

Si la paz del pueblo desaparece, si la moral se silencia, todo aquello de lo que nos jactamos se vacía de contenido.

Y al final solo nos queda preguntar:

¿Cuándo nos volvimos tan oscuros?