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La factura invisible de la desinflación

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La brecha entre las cifras que indican que la inflación está bajando y la factura que pagamos en la caja del supermercado nunca había sido tan visible. El IPC lleva meses cayendo, pero el poder adquisitivo del dinero en nuestros bolsillos aún no ha vuelto a los niveles de antaño. ¿Por qué? Porque que la inflación baje no significa que los precios bajen. La inflación es la velocidad a la que aumentan los precios. Cuando esa velocidad disminuye, los precios no se estancan, simplemente suben más despacio. Los aumentos de precios que alcanzaron el 60% o el 80% en años anteriores pueden haber bajado al 30% hoy. Pero los precios ya han alcanzado su punto máximo hace tiempo. El daño permanente causado a nuestro poder adquisitivo no se borra de la memoria con cada cifra que se refleja como una "mejora" en la tabla del IPC.

¿Qué es el impuesto inflacionario?

En la literatura económica, esta situación tiene un nombre llamativo: impuesto inflacionario. Un coste invisible que se genera sin necesidad de una nueva ley ni de que el Parlamento apruebe una reforma fiscal. Esta erosión afecta directamente al trabajador con ingresos fijos, al pensionista y al ahorrador. La cifra de liras turcas en nuestra cuenta bancaria puede ser la misma, pero con esa cantidad no podemos comprar este año lo que comprábamos el año pasado. Esa diferencia es el impuesto inflacionario. Las nuevas proyecciones anunciadas por el Banco Central dicen que la inflación va camino de alcanzar el objetivo. Sin embargo, ¿quién paga el precio de este viaje? Dado que los ingresos nominales de los asalariados no aumentan en la misma proporción, el alquiler, los alimentos, el transporte y las necesidades básicas siguen siendo muy pesados en relación con los ingresos. La pérdida del poder adquisitivo real es más permanente que la propia inflación.

El petróleo alimenta la inflación

Es aquí donde entran en juego los acontecimientos al otro lado del mundo. El tráfico de petróleo que pasa por el estrecho de Ormuz determina directamente el coste energético de Turquía. Antes del conflicto entre Estados Unidos e Irán que comenzó en febrero, el petróleo estaba en el nivel de los 70 dólares, pero la incertidumbre y las restricciones de suministro en el estrecho dispararon los precios. A fecha de 13 de agosto, las señales de "progreso" provenientes de las conversaciones entre Omán e Irán hicieron retroceder los precios del petróleo desde los 90 dólares. Sin embargo, el crudo Brent sigue rondando los 88 dólares. Más importante aún, el tráfico de barcos que pasa por el estrecho sigue estando muy por debajo de los niveles anteriores al conflicto. Existe una profunda brecha entre el optimismo diplomático y la realidad física. Esta brecha se refleja directamente en los precios del combustible. A fecha de 13 de agosto, el precio del litro de diésel en el lado europeo de Estambul es de 80.07 TL, y el de la gasolina es de 69.92 TL. Estas cifras muestran cuán profundo y permanente es el aumento en el coste energético.

¿Cómo funciona la cadena de costes?

El alto coste energético empuja al alza los precios al productor (IPP). A medida que aumentan los costes de producción, comienza una cadena de inflación de costes que se extiende desde el industrial hasta el comerciante, y desde el comerciante hasta los estantes de los supermercados. El transporte se encarece, los alimentos se encarecen, los servicios se encarecen. El impuesto inflacionario crece exponencialmente en cada eslabón de esta cadena. El aumento de precios comienza en un solo artículo, pero se extiende a toda la economía. Como consumidores, pagamos la factura completa al final de esta cadena.

Los comportamientos alimentan la inflación

El efecto más devastador de la inflación es psicológico. Cuando la gente empieza a pensar que "los precios subirán de todos modos", su comportamiento cambia: compra hoy, exige aumentos salariales elevados, incluye altas tasas de incremento en los contratos de alquiler y acumula existencias. Estos comportamientos crean un círculo vicioso que alimenta el impuesto inflacionario. Los grupos de altos ingresos se protegen contra la erosión trasladando sus activos a divisas, oro o bienes inmuebles. Los trabajadores con ingresos fijos y los pensionistas soportan la carga más pesada de este impuesto invisible. Cuando las expectativas de inflación se convierten en comportamiento, la eficacia de la política monetaria también se vuelve cuestionable.

¿Cómo salimos de este círculo vicioso?

¿Es posible salir de este callejón sin salida? En primer lugar, en la lucha contra la inflación, no basta solo con los tipos de interés y la política monetaria. Es esencial que también entre en juego la política fiscal. Es necesario reorganizar la carga fiscal para apoyar la producción y el empleo, y dirigir el gasto público hacia áreas productivas. En segundo lugar, aumentar la competencia y mejorar la estructura del mercado puede reducir las presiones sobre los precios. En tercer lugar, para gestionar las expectativas de inflación, es imprescindible que el Banco Central siga una estrategia de comunicación transparente y predecible. En cuarto lugar, es necesario aumentar la eficiencia de la cadena de suministro para reducir la brecha entre los precios al productor y los precios al consumidor. Sin embargo, para que todos estos pasos den resultados permanentes, se debe establecer un consenso social y confianza. El camino para deshacerse del impuesto inflacionario pasa por tratar la inflación no solo como una estadística, sino como una realidad que se siente en el centro mismo de la vida.

Conclusión: Lo que se siente, no lo que se anuncia

Independientemente de cuánto muestren una "caída" las cifras de inflación, el verdadero problema es qué sucede con nuestro nivel de bienestar. La volatilidad en los precios del petróleo, la incertidumbre en el estrecho de Ormuz y los precios al productor hacen que la diferencia entre la "inflación sentida" y la "inflación anunciada" en Turquía sea la realidad más crucial de la economía. Las cifras pueden bajar, pero los precios nunca vuelven atrás. Mientras se siga pagando el impuesto inflacionario, lo único que no vuelve es nuestro poder adquisitivo. Para romper el ciclo, son necesarias reformas estructurales y la construcción de confianza. De lo contrario, cada cifra que baja se convierte en una nueva decepción.