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Intervención epistémica y los que no se doblegan

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La historia de la censura en Turquía es la historia del deseo de los gobiernos de controlar la información. La censura previa a las imprentas de Abdul Hamid II, los embargos publicitarios y las presiones económicas del Partido Demócrata contra la prensa son reflejos de la conciencia colectiva de los gobiernos frente a la palabra y los hechos. En cada gran ruptura o punto de inflexión de la historia política de Turquía, la prensa se ha enfrentado a grandes presiones. La política de zanahoria y palo sobre la prensa continúa hoy con decisiones judiciales, cancelaciones de licencias, prohibiciones de publicidad y el nombramiento de administradores judiciales (kayyım).

La censura se está reescribiendo en su forma más refinada en la era digital: control algorítmico, censura judicial, intervención epistémica. Hoy en día, la censura se ejerce a través de herramientas legales y administrativas. Multas del RTÜK, administraciones del TMSF, bloqueos de acceso mediante decisiones judiciales... El concepto utilizado en la literatura de comunicación para explicar esta estructura es la gestión autoritaria de los medios. En esta gestión, los medios funcionan como un aparato que reproduce la legitimidad política del Estado.

La incautación de un canal de televisión durante una transmisión en vivo, la detención de periodistas en la madrugada, su encarcelamiento, el bloqueo de portales de noticias... Esto se ha vuelto habitual. La censura se ha convertido en una forma de dominación "epistémica" que se infiltra sin pudor en las redes de producción y circulación de información. Por eso hablamos ahora de intervención epistémica, es decir, la incautación del derecho de la sociedad a saber, comprender y recordar.

La intervención epistémica es el sometimiento directo del campo de producción de información —noticias, comentarios, análisis, publicaciones— al control político y judicial. El concepto de "kayyım" (administrador judicial) parece a primera vista una regulación administrativa. Sin embargo, en el punto en el que nos encontramos hoy, el nombramiento de un administrador para un medio de comunicación no es solo un cambio de propiedad. Es una incautación epistémica sobre la forma de producir información, sobre cómo se presenta qué noticia, e incluso sobre qué palabras se pueden utilizar.

Borrar el archivo de un canal es una intervención en la memoria de la sociedad. La detención, acusación y encarcelamiento de un periodista es el castigo del derecho colectivo a saber. Es el sometimiento de la producción y circulación de información a la vigilancia política. De esta manera, se intenta crear un orden mediático tal como se desea que el pueblo sea informado. La producción y difusión de la información se reorganizan mediante la cooperación del capital, el derecho y la política. Este proceso también va acompañado del concepto de "violencia simbólica" de Pierre Bourdieu. Mientras una parte de la prensa es liquidada, el hecho de que los restantes sean puestos en fila bajo el disfraz de un "pluralismo controlado", y que el RTÜK, que debería ser una institución que proteja los "principios de radiodifusión", funcione como una extensión del control político, es un proceso en el que el cierre o el apagón de un canal se ha convertido en un mecanismo de disciplina ideológica. En este contexto, la intervención epistémica es el movimiento del poder hegemónico para capturar el campo cultural. Es el esfuerzo de "aquellos que no pueden capturar el poder cultural de ninguna manera" por establecer una hegemonía cultural a través de la presión y la ley.

La judicialización de las prioridades políticas nos lleva al concepto de "censura judicial". En este orden, donde el derecho es arrastrado hacia las relaciones de poder, las decisiones judiciales se convierten en herramientas de censura. La censura judicial es la criminalización de las voces disidentes mediante la instrumentalización del derecho. Cuando se apaga un televisor, se bloquea un sitio de noticias o se cita a un periodista a declarar, todo se realiza "según la ley", "en el marco de la regulación" y "en nombre del interés público". Una noticia se prohíbe sin ser declarada "secreto de Estado", un tuit se elimina bajo el pretexto de "incitar al odio y la hostilidad al pueblo", y una televisión se apaga bajo la acusación de "amenazar la seguridad nacional". En realidad, quieren controlar a toda la sociedad, quieren que miremos pingüinos y pidamos albóndigas. Como resultado, hoy Turquía ocupa el puesto 159 en los índices internacionales de libertad de prensa.

La libertad de prensa es el derecho del ciudadano a saber. La creciente presión sobre los medios, el gran número de periodistas detenidos y el clima de miedo creado por los arrestos sucesivos también se reflejan en los ciudadanos. El silencio de una sociedad acostumbrada a las noticias de detenciones comienza a ser la fuente de legitimidad del poder. El silencio se ve como consentimiento. Olvidar y hacer olvidar son los aliados más antiguos de los gobiernos. Y la estructura mediática de una sociedad es el espejo que refleja la mentalidad de gestión de esa sociedad. Si en ese espejo solo se ve la imagen del poder, entonces estamos hablando de un régimen de información gestionado. Por esta razón, la sociedad no debe dejar la defensa de la verdad solo a los periodistas. Resistir contra todo esto es proteger la socialización de la verdad. Lo alentador es que todavía hay quienes no se doblegan. Hay quienes dicen "no nos doblegamos". Hay quienes resisten a que la voz colectiva de la verdad sea silenciada.

Los periodistas seguirán escribiendo y contando incluso en la oscuridad. Y ningún periodo de censura y presión es eterno. La censura, el administrador judicial, la presión judicial, todo es temporal. Todo apagón se disipa algún día. Cuando llegue ese día, el nombre de este periodo se escribirá una vez más, de nuevo, como "los años en que se intentó tomar la verdad por los administradores judiciales".