Tiene un cigarrillo en la mano. Ni siquiera ha desayunado, pero sus pulmones ya están llenos de humo. Su cuerpo ha sido bañado en humo de tabaco. Cada hebra de su cabello se ha impregnado del cigarrillo. Usted dice: “Es mi elección, ¡nadie puede interferir!”. Tiene razón, es libre: no hay prohibiciones, no hay obstáculos, puede hacer lo que quiera. Pero, ¿por qué ese cigarrillo llegó a su mano? ¿Fue realmente su elección o es un movimiento automático arrastrado por un hábito que vio en el camino a la escuela hace años, pulido en los anuncios y mostrado como algo genial en las redes sociales? “Nadie se despierta por la mañana y decide: ‘mi cuerpo quiere nicotina, qué lógico es esto’”.
Si se fija bien, dije que usted es “libre” (en el sentido de tener libertad de acción), no que es “autónomo”. Siento la necesidad de hacer una distinción. Por un lado está el libertinaje y por el otro la “verdadera libertad”. Esto no significa solo “poder hacer”, sino también “poder elegir no hacer”. Que un adicto tome un cigarrillo es una acción, sí; pero si detrás de esa acción no hay una voluntad libre, ¿podemos llamarlo realmente libertad?
EL PAPEL DEL ESTADO: ¿PROHIBICIONISTA O FACILITADOR?
En este punto, volvamos al Estado. La tarea de un Estado social no es solo recaudar impuestos y construir carreteras; también tiene la responsabilidad de liberar el potencial de sus ciudadanos. No debe limitarse a imponer prohibiciones, sino que debe abrir el camino a la verdadera libertad. ¿Cómo?
• Haciendo que el tabaco sea costoso: Sí, los precios deben ser disuasorios. Una adicción que consume su presupuesto se convierte en el producto de una necesidad económica, no de una elección individual. Alguien que está inmerso en el pensamiento de “debo comprar cigarrillos a toda costa” eventualmente entenderá que se enfrenta a una adicción más que a un hábito.
• Dificultando su venta: Que no haya venta de cigarrillos frente a las escuelas, justo en la puerta de las cafeterías o a la altura de la vista de los niños. ¿Solo los niños? Por supuesto que no. Es realmente difícil que el libre albedrío funcione en los niños. Pero las fluctuaciones del azúcar en sangre, diversas enfermedades metabólicas y las debilidades en la gestión emocional también paralizan el libre albedrío de los adultos.
• Multiplicando y fortaleciendo los centros de deshabituación: Es fácil decirle a la gente “déjalo, libérate”; lo importante es estar a su lado y facilitar el proceso. Con mejores médicos, centros más accesibles y líneas de apoyo más sólidas...
• Movilizando a la sociedad civil: Deben generalizarse las campañas que promueven una vida sin tabaco y las iniciativas que recuerdan a los jóvenes el valor de respirar. Para equipar a la sociedad contra la adicción al tabaco, se debe facilitar el acceso al deporte y a una vida saludable.
• Fortaleciendo la psicología social: Se deben formar ciudadanos más fuertes cumpliendo con el derecho de la persona a vivir en un entorno saludable y facilitando el acceso a apoyo psicológico.
¿PROHIBICIÓN O PROTECCIÓN?
En este punto, podemos escuchar una voz que dice: “¡La libertad se está perdiendo!”. Pero la libertad de la que hablamos aquí no es interferir con el adulto que fuma solo en su balcón. De lo que hablamos es de evitar que la vida de las personas, que son arrastradas a la adicción desde la infancia y que lucharán durante años para dejarla en el futuro, se vea ensombrecida desde el principio. No olvidemos que el resultado de la adicción al tabaco son enfermedades irreversibles, una baja calidad de vida, la disminución de la productividad de la persona... Todo esto tiene consecuencias públicas. La necesidad de cuidar incluso a un solo ciudadano nos obliga, y debe obligarnos, a luchar contra el tabaco.
El libertinaje significa que un acto no se impide; la verdadera libertad es que la persona tenga la oportunidad de realizar su potencial. La adicción al tabaco erosiona la capacidad de elección del individuo; encarcela su voluntad junto con su cuerpo. Por lo tanto, el deber del Estado es transformar el libertinaje en verdadera libertad: es decir, construir una sociedad donde la gente realmente tenga la oportunidad de elegir y no esté condenada a la esclavitud de la adicción.
UN FUTURO MÁS LIBRE
Un futuro sin tabaco no solo es más saludable, sino también más igualitario, más productivo y más esperanzador. Porque la verdadera libertad comienza con respirar. Que el Estado aumente los precios del tabaco, dificulte su venta, extienda el apoyo para dejar de fumar y movilice a la sociedad civil en esta dirección no es prohibicionismo, es una lucha por la libertad.
Una sociedad sin tabaco es una sociedad que respira, produce y realiza su potencial.
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