El fútbol y otras disciplinas deportivas están experimentando una evolución económica.
Especialmente aquellos que se postulan a la presidencia de clubes de fútbol han comenzado a hablar en un lenguaje que no entendemos.
Que si van a crear una sociedad de inversión inmobiliaria (GYO).
Que si luego saldrán a bolsa.
Que si las acciones se aparcarán en una nueva empresa.
Que si después se guardarán a un lado como herencia.
Que si casarán al equipo de baloncesto con una asociación empresarial.
Que si cerrarán los déficits creando un ecosistema más grande.
Que si con este juego de manos recaudarán quinientos millones de dólares.
Puro cuento.
Es el típico lenguaje de los yanquis que hacen másteres en universidades de pacotilla en Estados Unidos.
No escuché el resto, lo apagué.
Por cierto, recordé la historia de por qué los japoneses no se vieron afectados en absoluto por la crisis económica mundial de 2008.
Como los japoneses no tenían un nivel de inglés suficiente, no entendieron los modelos económicos absurdos y las teorías de transferencia de fondos que explicaban los estadounidenses.
De este modo, se mantuvieron fieles a sus modelos tradicionales y se salvaron de la quiebra.
En cambio, las empresas coloniales dirigidas por directivos formados en Estados Unidos fueron golpeadas por todas las olas de la crisis y se estrellaron contra el muro.
Estos también se estrellarán.
El Trabzonspor ganó treinta y cinco millones con el traspaso de un portero gracias a su modelo tradicional.
Si formara y vendiera a diez futbolistas, serían trescientos cincuenta millones.
Sin casar a sus empresas ni meterse en aventuras de incierto resultado, seguiría su camino sin complicaciones.
Ustedes, por si acaso, no se dejen engañar por los rostros afeitados y aniñados que estudiaron administración de empresas en escuelas de países extranjeros.
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