El terremoto en el sur de Japón planteó, como ocurre en cada gran catástrofe, las preguntas habituales: ¿Cuántas personas perdieron la vida? ¿Cuántos edificios se derrumbaron? ¿En qué fase se encuentran las labores de búsqueda y rescate?
Sin embargo, esta vez el terremoto hizo visible otra vulnerabilidad más allá de la corteza terrestre. No solo las ciudades esperaban la retirada de los escombros; el sistema de producción global también se enfrentaba a una nueva prueba de resistencia. Por ello, hoy en día, tras un gran terremoto, no solo se cuestiona si los edificios permanecerán en pie, sino también si las cadenas de suministro podrán resistir. El indicador más llamativo de este cambio se resume en una sola pregunta:
¿Podrá Toyota continuar con la producción?
A primera vista puede parecer extraño. ¿Por qué, tras un desastre natural, se habla de las fábricas de uno de los mayores fabricantes de automóviles del mundo? La respuesta es sencilla: los terremotos ya no solo sacuden las ciudades, sino también los puntos neurálgicos de la economía.
Según informa Reuters, tras el terremoto, Toyota detuvo temporalmente la producción en sus tres fábricas de Kyushu. Se iniciaron controles de seguridad en las instalaciones donde se producen modelos Lexus, motores híbridos y diversos sistemas de propulsión. Mientras Nissan y Mitsubishi ralentizaron algunas actividades de producción, Honda también comenzó con los trabajos de evaluación de daños, especialmente en sus plantas de fabricación de motocicletas. Estos pasos podrían interpretarse simplemente como controles de seguridad rutinarios. Sin embargo, la verdadera historia no comienza en el momento en que se detiene la producción, sino en el punto en el que vemos cómo se preparan las empresas para esta interrupción.
Hace quince años, un terremoto de magnitud similar podría haber cruzado las fronteras de Japón y paralizado la producción automotriz mundial durante semanas. El terremoto de Tohoku de 2011 y el posterior tsunami dieron al sector una lección costosa. Los fabricantes de chips se detuvieron, proveedores vitales quedaron fuera de servicio y las líneas de montaje en diferentes países tuvieron que esperar por piezas. El terremoto de Kumamoto de 2016 demostró que esos mismos puntos débiles seguían existiendo. La parada de una sola fábrica en Japón podía afectar a muchos fabricantes, desde Europa hasta América.
Los terremotos fueron una de las primeras grandes advertencias que hicieron visibles estos puntos débiles. Sin embargo, la verdadera ruptura del mundo automotriz no provino de las fallas geológicas, sino de otro choque global.
La pandemia que comenzó en 2020 mostró al mundo entero cuán frágiles son los equilibrios sobre los que se asienta el sistema de producción global. Las fábricas cerraron, los puertos quedaron inoperativos y el transporte de contenedores se vio interrumpido. Uno de los mayores problemas fue la crisis de los semiconductores. Con la creciente digitalización de los automóviles, un chip electrónico que parecía sencillo se volvió tan crítico que podía detener la producción de un vehículo de millones de liras. Al no poder encontrar chips de unos pocos dólares, no se pudieron fabricar millones de automóviles. Las entregas se retrasaron durante meses, los precios de los vehículos de segunda mano alcanzaron niveles récord y el sector automotriz comenzó a cuestionar el orden de producción al que estaba acostumbrado desde hace décadas. Tras la pandemia, el cierre del Canal de Suez durante días, los ataques a buques comerciales en el Mar Rojo, las crecientes tensiones geopolíticas y los desastres naturales recordaron la misma realidad una y otra vez.
El mayor riesgo de la industria automotriz moderna ya no es solo la competencia; la resistencia del sistema también se ha vuelto determinante. Porque hoy en día, un automóvil no se fabrica en un solo país.
Hoy, la unidad de control electrónico de un vehículo puede provenir de Japón, la celda de la batería de China, el sensor de la cámara nuevamente de Japón, el software de EE. UU., el mazo de cables de Turquía y algunas piezas mecánicas de Europa del Este. El montaje final se realiza en un país completamente distinto. Un automóvil moderno, compuesto por unas treinta mil piezas, es en realidad el producto de una gigantesca red de producción extendida por decenas de países. Por esta razón, una fábrica que se detiene en Japón conlleva el riesgo de ralentizar también las líneas de producción en otros países.
El detalle que llama la atención en las noticias de Reuters es el nivel de preparación de las empresas automotrices frente a los terremotos. Toyota, Nissan y otros grandes fabricantes ya no se limitan a proteger los edificios de las fábricas, la maquinaria y la seguridad de los empleados, sino que también están rediseñando las redes de suministro que alimentan estas instalaciones para adaptarse a las crisis.
Se están activando segundos y terceros proveedores para piezas críticas, se están diversificando las redes de producción y, gracias a los mapas digitales, se puede monitorear al instante de qué fábrica proviene cada componente. Mientras se aumentan las existencias de seguridad en algunos componentes sensibles, la producción se extiende a diferentes regiones y los escenarios de desastre se convierten en una parte integral de la planificación.
Además, el riesgo no es solo para los fabricantes de automóviles. Una parte importante de los semiconductores, sensores y componentes electrónicos, que constituyen una parte cada vez mayor del valor de un vehículo, también es desarrollada por empresas con sede en Japón. Por lo tanto, la verdadera vulnerabilidad a menudo no aparece en las líneas de montaje, sino en las capas invisibles de suministro.
Durante muchos años, el concepto sagrado de la industria fue la eficiencia. El modelo de "producción justo a tiempo" redujo los inventarios, disminuyó los costos y formó la base de la globalización. Sin embargo, las crisis de los últimos años han demostrado que el sistema más eficiente no siempre es el más resistente. Hoy, las mismas empresas están haciendo un cálculo diferente. No solo se preguntan "¿cómo produzco de la manera más eficiente?", sino también "¿en cuánto tiempo puedo reiniciar la producción si ocurre una crisis inesperada?".
En el mundo automotriz se está produciendo un cambio de paradigma silencioso pero profundo. Antiguamente, en las tablas de rendimiento destacaban el costo, la calidad y la eficiencia. Hoy, se ha añadido un nuevo indicador a estos: la resiliencia. Tanto como cuántos automóviles produce una fábrica al año, el tiempo que tarda en volver a alcanzar su plena capacidad después de una crisis inesperada se ha convertido en una ventaja competitiva.
Esta transformación no se limita a Japón y a los grandes fabricantes globales; también tiene consecuencias importantes para países que se encuentran en el centro de las redes de producción, como Turquía.
Turquía, más allá de ser un gran mercado interno y una base de producción regional, es uno de los centros de producción automotriz más importantes de Europa y se encuentra entre los eslabones estratégicos de la red de suministro internacional. Para los fabricantes japoneses, coreanos y europeos, las piezas producidas en Turquía, los componentes desarrollados y los procesos de producción llevados a cabo son ahora parte de un sistema mucho más amplio. Por eso, que una pieza producida en Bursa llegue a la línea de montaje en España, o que un componente desarrollado en Kocaeli llegue a la fábrica en Inglaterra, se ha convertido en un flujo de producción habitual.
Por lo tanto, un terremoto en Japón no solo concierne a la economía japonesa. Del mismo modo, una gran interrupción de la producción en Turquía puede afectar directamente a las fábricas de automóviles en Europa. La industria automotriz global ya no funciona como la suma de fábricas interconectadas; opera como un organismo gigante que debe hacer funcionar simultáneamente a proveedores, puertos, equipos de software, infraestructura energética y corredores logísticos.
El último terremoto en Japón nos ha demostrado esto: las fallas geológicas ya no solo atraviesan la corteza terrestre. También atraviesan las redes de producción global. Quizás las estructuras más sólidas ya no sean solo los edificios de hormigón armado; son las cadenas de suministro que pueden prever las crisis, ser flexibles y levantarse de nuevo tras cada sacudida.
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