Al observar la Fórmula 1 actual, surge una pregunta: ¿podría un piloto como Ayrton Senna generar el mismo impacto en esta era? ¿O acaso el sistema habría suavizado su talento crudo y sin filtros?
Lo que convirtió a Senna en una leyenda no fue solo su velocidad. Fue su capacidad para redefinir el concepto del límite. La vuelta de clasificación de Mónaco en 1988 todavía se recuerda; porque allí no solo se estaba forzando un coche, sino los límites de un ser humano. En la F1 actual, centrada en la gestión de energía, marcar una vuelta así se consideraría a menudo un "error estratégico". Porque el objetivo ya no es marcar la vuelta más rápida, sino mantener el óptimo durante toda la carrera.
Además, está el aspecto de la conducción pura. Los pilotos de antaño realmente tenían que "conducir" el coche. El agarre mecánico, los cambios de marcha, las revoluciones del motor... Todo dependía de los pies y las manos del piloto. Aquí es donde entra en juego un arte olvidado: el punta-tacón (heelandtoe).
El punta-tacón, es decir, la técnica de reducir marchas mientras se acelera simultáneamente durante la frenada... Esto no era solo una técnica, era un ritmo. Mientras acelerabas con el talón, pisabas el freno con la punta y sincronizabas las revoluciones del motor con la marcha. Si cometías un error, la parte trasera se soltaba y el coche hacía un trompo. Es decir, cada reducción de marcha era un riesgo; pero al mismo tiempo, una muestra de maestría.
Hoy en día, gracias a las levas en el volante, los diferenciales electrónicos y los softwares impecables, este riesgo casi ha desaparecido. La mayor parte de los movimientos que realiza el piloto son ahora "suavizados" por el sistema. Esto hace que la conducción sea más estable, pero con menos carácter.
Aunque los niveles en los que yo competí eran más bajos, viví luchas inolvidables. Hacer un trompo a 190 km/h y recuperar el control, explorar los límites con un coche que no conocía en absoluto... Esa es la esencia de un piloto de carreras. Porque un piloto de carreras no teme al accidente; teme a su propio error. Si el error es suyo. Porque nosotros determinamos los límites. Nosotros ponemos las referencias. El punto de frenada, el ángulo del vértice, el momento de acelerar... Todo esto comienza primero con la sensación.
Ahora, esta sensación es relegada cada vez más a un segundo plano. La Fórmula 1 actual, como dice Max Verstappen, es casi una "Fórmula E con esteroides". Es un término duro, pero demasiado real. Porque la Fórmula 1 es la cima del automovilismo. Y que allí, más que un piloto de carreras, uno tenga que "trabajar" como un ingeniero informático, daña el espíritu de este deporte.
Miremos a los pilotos de la vieja escuela. Michael Schumacher, por ejemplo. Era un piloto que desafiaba las reglas, que no dudaba en cometer errores, e incluso vivía con el error. Al verlo, te preguntabas "¿qué pasará?". Porque en cada vuelta podía ocurrir algo. Hoy, en cambio, la mayoría de las veces todo transcurre según lo planeado.
Del mismo modo, Niki Lauda... Además de entender la máquina, luchaba con ella. Había una guerra constante al volante. Hoy, esa guerra ha sido reemplazada por un juego de equilibrio: máximo rendimiento, mínimo riesgo.
Es precisamente en este punto donde se entiende más claramente por qué ha disminuido la agresividad. Porque en la antigua Fórmula 1, ser agresivo era parte de ser rápido. Ahora, la mayoría de las veces, es un obstáculo para la velocidad.
Quizás la mayor diferencia sea esta: antes, los pilotos "vencían" al coche. Ahora, el sistema limita al piloto.
Y uno no puede evitar pensar: ¿Las famosas conducciones bajo la lluvia de Senna, sus ataques locos... serían vistos hoy en la Fórmula 1 como un "riesgo innecesario"?
Si es así, la F1 ya ha perdido su alma; nuestras condolencias.
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