Considero que para comprender correctamente la relación entre la tecnología y el cambio climático, es necesario tener en cuenta dos cuestiones. La primera es la cuestión del tiempo. El concepto de cambio climático no debería basarse en observaciones realizadas en escalas de tiempo que pueden considerarse muy cortas en la vida de la Tierra, como: “el año pasado nevó mucho y este año no ha nevado nada. Por lo tanto, podemos hablar de cambio climático”. Entre las recomendaciones de los expertos en la materia está observar el cambio climático analizando los cambios a lo largo de siglos, milenios o incluso periodos más largos. Sin embargo, si consideramos que la esperanza de vida humana es de unos 80 años, vemos que los cambios climáticos anuales y decenales tienen efectos importantes en las personas y que las políticas globales sobre el cambio climático se debaten en escalas de tiempo relativamente cortas. No obstante, debemos considerar el aumento anormal del calentamiento global, especialmente en el último siglo, como una advertencia.
Como sabemos, la relación entre la tecnología y el cambio climático es irregular. Como mencioné en mi artículo anterior, donde analicé la relación entre la tecnología y el capitalismo, después de la Ilustración se dio gran importancia a la ciencia y la tecnología, a la investigación y el desarrollo, y los niveles de bienestar de las sociedades y los individuos aumentaron como nunca antes en siglos anteriores. Por otro lado, esto también ha tenido sus costes. Este es precisamente el segundo tema al que debemos prestar atención. La emisión de carbono provocada por la industrialización y los problemas del efecto invernadero y el agujero de la capa de ozono que la acompañan han ocupado la agenda global durante mucho tiempo.
La humanidad ha intentado encontrar soluciones a los problemas del cambio climático causados por la tecnología con la ayuda de la tecnología y la ciencia, y se han logrado avances muy importantes, por ejemplo, en la evaluación de la reacción nuclear, el agua, el sol y el viento para producir energía en lugar del carbón y los combustibles fósiles. Pero hoy sabemos que las centrales nucleares pueden crear peligros mortales si no se operan con mucho cuidado. Las centrales hidroeléctricas dañan el medio ambiente al secar los ríos sobre los que se construyen, y los paneles solares y las turbinas eólicas o molinos de viento, que definimos como tecnologías verdes, aún no pueden funcionar con total eficiencia en todas las regiones. Además, su instalación requiere grandes extensiones de tierra y grandes inversiones.
Aunque hoy en día existe una fiebre por la transición a los coches eléctricos, las preguntas sobre cómo reducir los daños ambientales de las baterías utilizadas en ellos y cómo satisfacer la demanda de electricidad necesaria para cargarlos aún no tienen respuesta.
Tampoco vemos un consenso claro por parte de los países desarrollados sobre la creación de políticas globales relacionadas con el cambio climático. Hemos visto por experiencia que el impacto de las tecnologías del siglo XX en la contaminación ambiental es de dimensiones muy graves. En el siglo XXI, países con grandes poblaciones como China, India, Brasil y Rusia siguen obteniendo la energía que necesitan para su crecimiento principalmente de los combustibles fósiles. Además, estos países, entre los que también se encuentra Sudáfrica, intentan cooperar económica y políticamente bajo el nombre de BRICS. Además, con la reciente incorporación de Arabia Saudita, Irán, Egipto, Etiopía y los Emiratos Árabes Unidos a este grupo, se ha formado una unión que representa aproximadamente la mitad de la población mundial con 3.5 mil millones de personas, produce 45 millones de barriles de petróleo al día y tiene una participación del 28% en la economía global. No sería erróneo decir que la prioridad de esta unión no son las tecnologías verdes ni la energía sostenible. Además, tampoco vemos un consenso total entre Estados Unidos y la Unión Europea sobre las medidas que se deben tomar contra el problema del cambio climático.
A pesar de todas estas polarizaciones económicas y políticas y contradicciones históricas, creo que podemos evaluar lo que se puede hacer para encontrar soluciones a los problemas del cambio climático bajo tres epígrafes:
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Monitoreo y lucha contra el cambio climático con soluciones digitales: Dar importancia a proyectos destinados a aumentar el papel de las tecnologías digitales para recopilar, monitorear y analizar datos sobre el cambio climático. Destacar el uso de la inteligencia artificial y el análisis de grandes datos (big data) en la lucha contra el cambio climático.
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Comunicación sobre el cambio climático: Dar importancia a proyectos sobre cómo se puede utilizar la tecnología, especialmente a través de las herramientas de comunicación de las redes sociales, para crear conciencia sobre el cambio climático.
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Lucha contra los residuos electrónicos y sus impactos ambientales: Dar importancia a proyectos que investiguen los impactos ambientales de los residuos electrónicos y ofrezcan soluciones tecnológicas al respecto. Por ejemplo, dar importancia a proyectos que puedan ser una solución a las altas necesidades energéticas de las nuevas tecnologías como las oficinas digitales, los hogares inteligentes, la inteligencia artificial y Bitcoin.
Porque, como dice un proverbio nativo americano: “No heredamos la Tierra de nuestros antepasados, la tomamos prestada de nuestros hijos”. Tenemos la obligación de dejársela en condiciones habitables.
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