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El pueblo aplastado por las semillas es desplumado en las hamburguesas

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En los últimos días, un video ha estado circulando constantemente en las redes sociales…

Una mujer que venía de vacaciones desde Inglaterra se quedó en shock al ver el precio de la hamburguesa que comió en el Aeropuerto de Antalya y compartió este impacto en su cuenta de redes sociales…

¿Cuánto costaba la hamburguesa? ¡Había pagado nada menos que 20 euros por un menú Big Mac normal! Es decir, ¡casi 1000 liras turcas al tipo de cambio actual! Junto con una hamburguesa con queso triple, una Coca-Cola y una Fanta, ¡la cuenta total se acercaba a las 2.000 liras turcas!

El periódico británico The Mirror, al ver este video, publicó un titular con asombro:

“¿Por qué los precios han subido tanto en Turquía?”

Y debajo, recopilaron los comentarios de los turistas:

“Nosotros pagamos 85 euros por tres personas”, “Yo desembolsé 94 libras”, y quienes calificaron los precios como “repugnantes”…

Y tienen razón.

Porque estos precios no existen en los aeropuertos de Europa, ni tienen lugar dentro de la lógica.

Tanto en Ámsterdam como en el aeropuerto de Londres-Heathrow, los precios son los mismos que en la ciudad.

Porque allí, el “pasajero que vuela” no es un cliente al que hay que desplumar.

Pero aquí, un menú de hamburguesa cuesta 1000 liras, porque se piensa que “si está volando, es que tiene dinero”.

Esa misma semana, los ciudadanos se aplastaron unos a otros por los plantones de tomate distribuidos gratuitamente por el municipio de Afyonkarahisar.

Cientos de personas acudieron en masa al recinto ferial solo para conseguir un plantón, se produjo un altercado y el alcalde tuvo que ser sacado de entre la multitud escoltado por agentes municipales.

Un plantón, sí. ¡Solo un plantón!

Es decir, un pueblo que quiere cultivar sus propios tomates se aplastó al encontrar semillas gratuitas.

He aquí el resumen de Turquía:

Por un lado, el precio de una hamburguesa es de 1000 liras…

Por el otro, personas aplastadas para conseguir un plantón gratis.

Por un lado, una mentalidad que dispara los precios al espacio diciendo “el turista ya pagará”…

Por el otro, un pueblo que se aplasta incluso por un plantón gratuito.

Hablemos claro:

Si la distribución de plantones se convierte en una estampida, significa que el final del camino en la economía ya se ha hecho visible.

Pero el verdadero peligro son quienes todavía llaman “normal” a este panorama.

El oportunismo ya no es una profesión entre nosotros, se ha convertido en un estilo de vida.

El punto en común entre la nación que ataca las semillas y el turista desplumado con la hamburguesa es este:

Ninguno de los dos puede saciarse.

Uno por hambre, el otro por codicia.