Cada mañana el mismo ciclo. Esa inquietud interna que despierta antes de que suene la alarma, la primera frase que cae en la mente apenas abrimos los ojos: '¿Qué pasó hoy?'
¡Ya no nos despertamos para empezar el día, sino para recibir el desastre!
Todo se está quemando. Tanto en sentido literal como figurado. Nuestros bosques están en llamas. ¡Izmir se quema, Antakya se quema, Antalya se quema! Lugares que hace apenas unos años nos consolábamos diciendo que "volverían a reverdecer", ahora están prendidos fuego nuevamente. Los olivares de Gaziemir en Izmir, Germiyan y los bosques de Buca, donde filmamos nuestro documental titulado SULAR BULANMADAN (AGUAS SIN TURBIAR) el año pasado, se han convertido en cenizas. Los seres vivos en el bosque, los animales, se quemaron; la memoria de la tierra se hizo cenizas. Pero parece que esto pasa de largo en las agendas como si fuera algo a lo que uno se acostumbra.
El ser humano no solo respira con su naturaleza, sino también con su justicia. ¡La justicia es la garantía de la libertad! Pero ahora la justicia también se está quemando. El derecho ya no es una herramienta judicial, sino un mecanismo de intimidación. El derecho está siendo aplastado bajo una balanza inclinada a favor del poderoso.
Y luego está la economía, que también arde intensamente. Los precios en los estantes no cambian mensualmente, sino a diario. Vivir con el salario mínimo no es un milagro; ¡es literalmente una lucha por la supervivencia!
Todos tienen un incendio en sus bolsillos, pero ya no nos queda fuerza para llevar agua al fuego. Entre los alquileres y los salarios no hay un abismo, sino un volcán activo, al parecer. Erupciona cada mes.
Y como sociedad nos estamos agotando. Nuestra moral se quemó, nuestra psicología se calcinó. Todo lo que dijimos que "no llegaría a tanto" sucedió; incluso sucedió algo peor. Despertar cada día ante un nuevo desastre no dejó espacio para la felicidad. A veces no sabemos por qué entristecernos. ¿Deberíamos llorar por la naturaleza, enfurecernos por la justicia o lamentarnos por nuestros bolsillos?
La impotencia, la desesperanza y la resignación nos carcomen por dentro. La frase "de todos modos no cambiará nada" es el incendio más peligroso. Porque a medida que esta frase se extiende, nuestra resistencia se convierte en cenizas.
Pero este orden no es el destino. Y este incendio no es una obligación.
No olvidemos que: en este país los bosques también se queman, pero las semillas vuelven a brotar. Siempre y cuando no abandonemos la tierra. Siempre y cuando no nos dejemos solos los unos a los otros.
Porque a veces, lo que salva a un bosque no es el viento, sino el coraje de la hormiga.
Hablar, escribir, resistir... Estos no son solo actos; es llevar agua. Por eso; cuando incluso una sola persona dice "ya basta", la dirección del humo cambia.
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