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Las dos caras de PISA: Éxito creciente, desigualdad persistente

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Turquía ha logrado un avance sólido en el estudio PISA 2025 de la OCDE, que mide la capacidad de los estudiantes de 15 años para aplicar sus conocimientos y habilidades a problemas de la vida real. El país mejoró sus puntuaciones en ciencias, lectura y matemáticas, escalando posiciones importantes en la clasificación internacional. Superó el promedio de la OCDE en ciencias y lectura, y alcanzó el promedio en matemáticas. Además, este éxito se produjo en un momento en que el rendimiento estudiantil ha disminuido en muchos países de la OCDE. 

Sería injusto menospreciar este panorama. Sin embargo, concluir que “hemos superado los problemas en la educación” basándose en el mismo cuadro sería un gran error.

Porque el aumento del promedio no significa que todos los niños hayan progresado. Mientras un país asciende en la clasificación, los estudiantes en desventaja pueden quedarse atrás; el éxito puede concentrarse en ciertos tipos de escuelas, regiones y grupos socioeconómicos. Por lo tanto, la verdadera cuestión no es solo en qué puesto estamos, sino quiénes se benefician de este éxito y quiénes siguen quedando rezagados.

Aquí es donde comienzan las preguntas fundamentales: ¿Qué ha cambiado? ¿Quiénes han progresado? ¿Quiénes se han quedado en el mismo lugar? ¿Quiénes siguen atrás? ¿En qué medida los ingresos familiares, el lugar de residencia y la escuela a la que asiste un niño siguen determinando su futuro educativo?

Para un economista, la pregunta es aún más amplia: ¿Qué nos dice este panorama educativo actual sobre la igualdad de oportunidades, el capital humano del mañana, la productividad, la distribución del ingreso y la capacidad de desarrollo de Turquía?

Porque el futuro de un país no lo determinan solo sus niños más exitosos, sino también aquellos a quienes deja atrás. Es precisamente aquí donde comienza el debate necesario sobre PISA 2025.

HEMOS ASCENDIDO; ¿PERO SEGÚN QUÉ? Hay que mirar la otra cara de la moneda

En primer lugar, reconozcamos el mérito: el ascenso de Turquía en PISA 2025 no es solo una ilusión estadística derivada del retroceso de otros países. Existe un progreso real y notable en nuestras propias puntuaciones.

Desde que Turquía participó por primera vez en PISA en 2003, el panorama ha cambiado significativamente. La puntuación media en ciencias aumentó de 434 a 494, en lectura de 441 a 472 y en matemáticas de 423 a 462. Así, en 22 años se logró un incremento de 60 puntos en ciencias, 39 en matemáticas y 31 en lectura.

Además, el progreso se ha acelerado recientemente. Entre 2022 y 2025, Turquía subió 18 puntos en ciencias, 16 en lectura y 8 en matemáticas, mientras que el promedio de la OCDE cayó 3, 14 y 9 puntos respectivamente en el mismo periodo. Por lo tanto, el rápido ascenso en la clasificación es el resultado de un movimiento en dos direcciones: Turquía avanza mientras el promedio de la OCDE retrocede.

Este cambio se reflejó fuertemente en las clasificaciones. Turquía ascendió al puesto 13 en lectura, 14 en ciencias y 23 en matemáticas entre los 38 países de la OCDE. En el conjunto de los 91 países y economías, se situó en el puesto 19 en ciencias, 18 en lectura y 28 en matemáticas.

En la comparación a largo plazo, la tendencia también es ascendente. Sin embargo, dado que el número de países y economías participantes en PISA aumentó de 41 en 2003 a 91 en 2025, mirar solo los números de posición puede ser engañoso. Según el cálculo realizado por el Ministerio de Educación Nacional (MEB) basado en la posición porcentual, la clasificación relativa de Turquía mejoró un 64% en ciencias, un 60% en lectura y un 52% en matemáticas durante el periodo 2003-2025.

En resumen, hay un éxito que no debe subestimarse: Turquía avanza tanto respecto a su propio pasado como en la clasificación internacional. En 2025, superó el promedio de la OCDE de 482 puntos con 494 en ciencias, el promedio de 461 con 472 en lectura, y casi alcanzó el promedio de la OCDE de 463 con 462 puntos en matemáticas.

Pero es precisamente aquí donde comienza la otra cara de la moneda.

Porque la clasificación es relativa, mientras que la calidad educativa es un concepto mucho más amplio. No podemos medir el éxito de un sistema educativo solo mirando su lugar entre otros países. La cuestión principal es cuántos estudiantes pueden comprender lo que leen, interpretar la información, razonar matemáticamente y aplicar lo aprendido a problemas de la vida real.

Es más, el aumento del promedio no significa que el éxito se haya extendido a todos. Detrás del mismo promedio pueden encontrarse panoramas muy diferentes: el éxito puede estar ampliamente distribuido entre los estudiantes o concentrarse en ciertos tipos de escuelas, regiones o grupos socioeconómicos.

Por esta razón, ya no debemos mirar PISA 2025 solo con la pregunta “¿En qué puesto quedó Turquía?”, sino con una pregunta más difícil: ¿Hasta qué punto este ascenso se ha extendido a toda Turquía?

Porque el verdadero éxito en la educación no es solo elevar el promedio; es extender el éxito a la base, reducir la desigualdad de oportunidades y disminuir tanto como sea posible la dependencia del futuro de un niño respecto a la familia en la que nació, el lugar donde vive o el tipo de escuela a la que asiste.

Es precisamente aquí donde comienza el debate necesario sobre PISA 2025 para Turquía.

SI EL PROMEDIO AUMENTA MIENTRAS LA DESIGUALDAD CRECE…

La economía nos enseña una verdad importante: el promedio puede ocultar la distribución.

Mientras el ingreso per cápita aumenta, el bienestar de una parte importante de la sociedad puede estancarse; mientras la economía crece, la distribución del ingreso puede deteriorarse; mientras la riqueza total aumenta, la pobreza puede profundizarse.

La situación no es diferente en la educación.

El aumento del promedio de PISA no significa que todos los niños hayan progresado en la misma medida. En Turquía, la brecha de rendimiento entre los estudiantes socioeconómicamente aventajados y los desaventajados sigue siendo alta. Además, algunos indicadores señalan que esta distancia se ha ampliado en los últimos años. Por ello, el hecho de que la diferencia entre los estudiantes con mayor y menor rendimiento haya crecido, especialmente en matemáticas y ciencias, debe leerse con atención.

Es precisamente en este punto donde el asunto deja de ser solo de éxito educativo y se convierte en un problema de igualdad de oportunidades.

Porque si los ingresos de la familia, el barrio donde vive, la escuela a la que asiste o el nivel educativo de los padres siguen determinando el futuro académico de un niño, el aumento de la puntuación media es valioso, pero no suficiente.

Una de las funciones básicas de la educación pública no es reproducir las desigualdades sociales, sino reducirlas. La educación debe ser una de las herramientas más poderosas para que un niño pueda superar los límites de las condiciones en las que nació y para la movilidad social.

Si ni siquiera todos pueden acceder al primer escalón de la escalera educativa con las mismas oportunidades, el aumento en el número de quienes suben no puede considerarse un éxito por sí solo.

Porque la verdadera cuestión en la educación no es solo llevar a los que están en la cima más arriba, sino reducir la distancia entre las líneas de salida.

A QUÉ ESCUELA VAS NO DEBERÍA SER TU DESTINO

Uno de los resultados de PISA 2025 sobre el que más se debe reflexionar son las grandes diferencias de rendimiento entre los tipos de escuelas.

Que las diferencias de puntuación entre las escuelas secundarias de ciencias (Fen Liseleri) y las escuelas vocacionales y técnicas se expresen en cientos de puntos no es solo una estadística educativa. Este panorama muestra que niños de la misma edad y ciudadanos del mismo país se preparan para el futuro desde puntos de partida muy diferentes.

Por un lado, estudiantes capaces de resolver problemas complejos, analizar y aplicar el conocimiento científico a la vida cotidiana; por otro, jóvenes que luchan por alcanzar las competencias básicas…

Sin embargo, dentro de unos años, todos estos niños entrarán al mismo mercado laboral, darán forma a la capacidad productiva de la misma economía y al futuro de la misma sociedad juntos.

Aquí es donde la desigualdad en la educación se convierte directamente en un problema de capital humano.

Porque el capital humano de un país no consiste solo en el 5% o 10% más exitoso. El técnico que trabaja en la industria, el maestro, el ingeniero, el trabajador de la salud, el emprendedor, el funcionario público y el joven que produce en la agricultura son todos parte del mismo stock de capital humano.

Por lo tanto, la deficiencia de un estudiante de educación vocacional en matemáticas básicas, lectura y habilidades de resolución de problemas no es solo un problema del sistema educativo. Es también un problema de política industrial, política de empleo, distribución del ingreso y, finalmente, de política de desarrollo.

Porque la brecha de calidad que se forma hoy en los pupitres escolares se traduce mañana en baja productividad, bajos salarios, bajo valor añadido y capacidad de crecimiento limitada para la economía.

Por eso, a qué escuela vas no debería ser un destino que determine qué futuro tendrás.

LA EDUCACIÓN NO ES UN GASTO, ES CAPITAL

En las finanzas públicas, a menudo vemos la educación a través de una partida presupuestaria:

¿Cuántos maestros fueron nombrados? ¿Cuántas escuelas y aulas se construyeron? ¿Cuántos recursos se asignaron a la educación desde el presupuesto?

Por supuesto, todo esto es importante. Pero la pregunta real es otra:

¿Qué resultado produjo el recurso gastado?

Porque el éxito del gasto público no debe medirse solo por su magnitud, sino por el valor social y económico que crea. Por eso, la educación no es una partida de gasto ordinaria, sino una inversión a largo plazo en el capital humano del futuro.

La inversión realizada hoy en la capacidad de un niño para comprender lo que lee, pensar matemáticamente, tener curiosidad científica y resolver problemas se traduce mañana en mayor productividad, empleo más cualificado, empresas más innovadoras, mayores ingresos y una estructura económica más fuerte.

Es más, una educación de calidad no solo aumenta los ingresos del individuo. Al fortalecer la capacidad de la economía para producir valor añadido, la calidad de las instituciones y la base impositiva pública, también reduce los costos sociales del desempleo, la pobreza y la exclusión social.

Por lo tanto, evaluar la educación solo dentro de los límites de la política educativa es insuficiente. La educación es también política de crecimiento, productividad, distribución del ingreso y desarrollo.

Es necesario mirar PISA con esta perspectiva. Porque PISA no solo muestra lo que saben los estudiantes de hoy, sino también, en cierta medida, sobre qué capital humano se elevará la economía del mañana.

Un problema que no se resuelve hoy en el aula puede aparecer mañana como baja productividad en la producción, dependencia externa en tecnología, brecha de calidad en el mercado laboral y desigualdad en la distribución del ingreso.

Por eso, la verdadera contrapartida de los recursos asignados a la educación no debe buscarse en cuánto gastamos en el presupuesto, sino en qué tipo de ser humano estamos formando.

DIGITALIZARSE ES UNA COSA, LA COMPETENCIA DIGITAL ES OTRA

Uno de los resultados menos comentados de PISA 2025, pero crítico para el futuro, son las habilidades de aprendizaje y resolución de problemas en el mundo digital.

Mientras Turquía logra un progreso significativo en las áreas básicas, no muestra el mismo rendimiento en la resolución de problemas digitales y las habilidades de nueva generación. Este panorama nos recuerda una distinción importante: digitalizarse es una cosa, la competencia digital es otra.

Poner computadoras en la escuela, instalar pizarras inteligentes en el aula o dar una tableta al estudiante son herramientas de digitalización; pero no son, por sí solas, transformación digital. Porque hay una gran diferencia entre acceder a la tecnología y poder usarla comprendiéndola, cuestionándola y de manera productiva.

El capital humano de hoy ya no consiste solo en mano de obra que sabe leer, escribir y realizar operaciones matemáticas básicas. Se necesita capital humano capaz de cuestionar la información, comparar diferentes fuentes, pensar algorítmicamente, resolver problemas complejos; y que, al usar la inteligencia artificial, también pueda cuestionar la información que esta produce.

En la era digital, la verdadera competencia ocurre aquí. Comprar tecnología es fácil; la verdadera cuestión es formar a la persona que la desarrollará, la producirá y la convertirá en valor añadido.

Porque la tecnología puede importarse, la infraestructura puede comprarse; pero el capital humano no puede importarse. Hay que construirlo a lo largo de los años con educación, ciencia, investigación e instituciones cualificadas.

El camino hacia el desarrollo sostenible pasa por aquí. De lo contrario, podemos ser una economía que compra y usa tecnología; pero seguiremos quedando atrás de las economías que diseñan, producen y venden tecnología al mundo.

CONCLUSIÓN: El verdadero éxito es reducir la distancia entre las oportunidades

PISA 2025 nos mostró que Turquía puede ascender en educación. No sería correcto ignorar el esfuerzo de los estudiantes, el trabajo de los maestros, la contribución de las familias y el progreso logrado a lo largo de los años. Ahora debemos lograr lo más difícil: hacer llegar este ascenso a cada niño.

Porque el aumento de los promedios y el ascenso en la clasificación no significan que las desigualdades estructurales en la educación hayan desaparecido. El éxito real y sostenible no es solo llevar a los estudiantes más exitosos más arriba; es extender el éxito a la base y reducir la diferencia entre las condiciones de partida de los niños.

Si aspiramos a un crecimiento inclusivo en la economía, justicia en la distribución del ingreso y producción de alto valor añadido, estamos obligados a poner el éxito inclusivo y la igualdad de oportunidades en el centro de la educación. La educación de calidad no debe ser un privilegio de unas pocas escuelas de élite o de los hijos de familias aventajadas. Si los ingresos de la familia, la región donde vive o la escuela a la que asiste determinan el futuro de un niño, la educación comienza a reproducir las desigualdades sociales en lugar de reducirlas.

Además, la desigualdad educativa de hoy no es solo un problema de hoy; también determina la distribución del ingreso, la productividad, la capacidad de producir valor añadido y la movilidad social del mañana. Por esta razón, la igualdad de oportunidades en la educación no es solo una cuestión de justicia social, sino también una cuestión de capital humano y desarrollo de Turquía.

Por eso, nuestra pregunta principal en los próximos resultados de PISA no debería ser “¿En qué puesto quedamos?”, sino “¿Cuánto hemos podido extender el éxito a la base?”.

Porque el verdadero éxito de un país no se mide solo por cuántos niños lleva a la cima, sino por hasta qué punto ofrece a cada niño la oportunidad de llegar a esa cima.

El verdadero desarrollo es, antes que elevar los promedios, poder reducir la distancia entre las oportunidades. Porque el futuro de un país no se forma con las condiciones en las que nacen sus hijos, sino con las oportunidades que les ofrece.